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Entretenimiento //// 28.03.2020
La belleza de lo cotidiano: a 15 años del estreno de The Office

El 24 de marzo pasado se cumplieron 15 años del estreno de la remake de la serie The Office que, para un consenso amplísimo de espectadores, superó a su original. En los zappings frenéticos en la televisión, fue la sitcom que siempre nos recibió en I-Sat y nos sacó un gesto de confusión con su humor tan particular, o una sonrisa de oreja a oreja.

Por Nicólas Adet Larcher

The Office nació como una serie británica en 2001, a través de la cadena BBC. Tuvo dos temporadas de 12 episodios cada una y contó con la participación de figuras como Ricky Gervais y Martin Freeman. Parecía que todo quedaba ahí, pero en 2005 la cadena NBC decidió llevar adelante una remake de la sitcom británica y eligió a Steve Carrell para protagonizarla. The Office en su versión norteamericana fue un éxito absoluto. Luego de su segunda temporada, se extendió por otras nueve hasta el 2013. 

The Office sigue el día a día de las personas que trabajan en una empresa llamada Dunder Mifflin, dedicada a fabricar papel en la ciudad de Scranton. El formato de la serie es el de una docuficción, un género cinematográfico que tiene exponentes desde 1926. En el primer capítulo se establece la complicidad con el espectador y queda claro que todo lo que veremos será parte de un “documental” que están grabando en la oficina, para la empresa. Esa premisa desatará todo un universo de personajes y situaciones de comedia, rompiendo la cuarta pared de manera frecuente o dejándonos entrar a esa intimidad, construida temporada tras temporada, entre los personajes.

El éxito de The Office en su versión norteamericana se da por un motivo muy particular: las enormes diferencias entre una y otra. Es común que las remakes fracasen por intentar parecerse a su marca original; pasa mucho más seguido de lo que creemos y son pocas las series que logran salir del pantano de sus primeros capítulos. En la primera temporada, gran parte de los esfuerzos estuvieron puestos en intentar replicar el clima y las actuaciones de la versión británica, y ese fue un gran error que casi les cuesta muy caro. Incluso se podía ver a Steve Carrell encarnando al jefe, Michael Scott, con un peinado y una actitud muy similar a la de Ricky Gervais. 

Esa primera temporada no fue muy buena, hay que decirlo. Personalmente, tomando una licencia de recomendación directa, siempre recomiendo ver los primeros tres capítulos de esa primera temporada, como para entrar en la historia, e inmediatamente pasar a la segunda. A partir de ahí la serie empieza a crear su propia personalidad y a tomar vuelo.

Con la caída estrepitosa de su audiencia en pocos capítulos, la serie estuvo a punto de ser cancelada. Sin embargo, todo el equipo de guionistas y de producción decidió que la forma de salvar la serie era desprenderse de su progenitora. Si en la serie británica el personaje de Michael Scott podía ser insoportable y soberbio en 12 capítulos, en la versión norteamericana no podían permitirse eso. Había que generar ciertos códigos con la audiencia en más de 24 episodios que tenían en mente. Tenían que convertir al personaje en alguien con empatía y alegría para los espectadores. Y debían sumarle una actitud infantil y mucho más noble, para transformar su voz en la voz de sus empleados. A esa idea le sumaron la posibilidad de trabajar en las historias de otros personajes de la oficina, que en la versión británica casi no tenían protagonismo. Esas historias no sólo enriquecieron la historia principal, sino que también aportaron matices dentro de su humor irreverente y, a veces, políticamente incorrecto. 

Durante años, cada temporada reforzaba el balance perfecto entre las distintas personalidades que habían logrado. El odio de Michael por Toby, la relación entre Jim y Pam, las bromas de Jim a Dwight, las actitudes insólitas de Kevin, el narcisismo de Ryan, los momentos bizarros de Creed. Cada una de esas personas que veíamos, día a día, en ese “documental” funcionaba como un engranaje imprescindible de esa gran máquina que movía la serie. Eso siguió así hasta que Steve Carrell decidió alejarse. Las siguientes dos temporadas siguieron sin él, pero con una calidad que ya no estaba a la altura del producto que nos habían ofrecido los años anteriores. Eso no manchó a la serie, claro. Solamente la obligó a competir contra sí misma, ya habiéndose desprendido de cualquier referencia a la serie original.

Así, The Office se convirtió en la serie que narra - como dijo Pam en uno de los capítulos - “la belleza de las cosas cotidianas”. ¿Qué hacían esos empleados y empleadas de oficina con sus corbatas aburridas que nos parecía tan atractivo? ¿Por qué hasta el día de hoy existen personas que no conocen la serie pero reproducen gifs y memes de Michael Scott gritando y exagerando sus gestos? En realidad, lo importante no era lo que hacía la empresa. Lo que verdaderamente importaba era el grupo humano que día a día se sentaba detrás de un escritorio para convivir en un mismo espacio físico hasta la hora de volver a casa. Ahí estaba la belleza de lo cotidiano. La serie, sin dudas, dejó todo un legado cultural que está a la altura de cualquier otra de esas series que se analizan filosóficamente y se incluyen en listas de las mejores de la del año, de la década o del siglo. 

Si quieren verla pueden encontrarla en Prime Video, el servicio de streaming de Amazon.