Economía //// 06.12.2017
¿Lo prometido era deuda (externa)?

Ahora, ¿no hay un límite de colapso? Claro que sí. Esa burbuja tarde o temprano estalla por los aires. Y no es necesario recurrir a los libros de historia para encontrar ejemplos de ello. Por Iván Di Sabato. 

Por Iván Di Sabato

La célebre canción del brasilero Cazuza repetía: “O tempo não pára” (El tiempo no para). En la Argentina de Macri podríamos decir, sin embargo, que lo que no para es el endeudamiento.

Desde el 10 de diciembre del 2015, el gobierno argentino ha endeudado al país en más de u$s 100.000 millones; lo que marca que dos años de gestión el endeudamiento es superior al doble de la deuda contraída durante los siete años de la última dictadura cívico-militar.

¿Qué significa esto traducido al español? Que se profundiza la bicicleta financiera (que no es precisamente la que Carlos Vives usó para pasear a Shakira).

¿Cómo funciona?

En primer lugar, el gobierno nacional emite títulos de deuda ya sea desde el Banco Central (Lebacs) o la Tesorería General (Letes) a tasas de ganancias muy elevadas y con riesgos de pérdidas muy bajos. Inmediatamente, “inversores” privados compran esos títulos e ingresan dólares al país. A continuación, los especuladores financieros vuelven a dolarizar los montos “invertidos” a valores mucho más elevados y fugan esos dólares al exterior gracias a la desregulación del mercado por parte del Estado. 

Pero la timba no termina ahí. Por el contrario, se repite el mismo procedimiento una, otra, y otra vez. Par dar cuenta de ello, basta solo con ver cómo día a día el Boletín Oficial da a conocer la emisión de nuevos bonos de deuda. Como el emitido con un plazo de vencimiento a 100 años. Lo que convierte a la Argentina en una especie de Macondo, con cien años de deuda. 

El desafío que se impone al llegar a este punto es el de decodificar los beneficios que recibe un gobierno por aportar esas condiciones; porque si algo está claro, es que en el sistema neoliberal toda oportunidad representa un negocio para los poderes concentrados. 

Este caso no es la excepción. Al colocar títulos y poner en movimiento los engranajes del endeudamiento se genera un marco conocido como “carry trade”, que consiste básicamente en una burbuja financiera de la que una minoría selecta saca tajada. Ya sea haciendo la diferencia con las tasas de compra y venta, o desde compañías encargadas de mover sumas de un lugar a otro donde los especuladores no tengan que declarar o pagar impuestos (paraísos fiscales), o desde aseguradoras que saben que los riesgos son casi inexistentes, o desde un tribunal cuyo juez recibe generosos “obsequios” por mirar hacia otro lado, o desde medios de comunicación que, además de ser especuladores, utilizan sus letras de molde para distraer y dividir la resistencia. 

El principal negociado reside en que a ambos lados del mostrador están ellos.  

Ahora, ¿no hay un límite de colapso? Claro que sí. Esa burbuja tarde o temprano estalla por los aires. Y no es necesario recurrir a los libros de historia para encontrar ejemplos de ello. 

Pero incluso dentro de ese desmoronado contexto los núcleos concentrados de la economía muestran sus dientes. O mejor dicho, sus alas. Es el momento en el que los fondos buitres entran en escena, comprando los títulos de deuda que ya no valen nada para exigir años más tarde el valor total de esos bonos. En otras palabras, mientras la mayoría del país se ahoga en sus propias cenizas, ellos se hacen de papeles de colores que el día de mañana les servirán para que algún juez adicto baje el martillo en su favor.    

Entonces, ¿qué hacemos para evitar llegar a ese extremo? Organizarnos.

Pero no en base a objetivos individuales y meramente contingentes, sino en torno a ejes programáticos capaces de representar a todos aquellos sectores que son expulsados en un modelo de exclusión. Porque mediante estafas electorales, la casta busca la conformación de gobiernos sumisos y de dirigentes opositores con miopía política, que encorseten la discusión a pujas endogámicas signadas por las apetencias personales. Nuestra obligación frente a ello es la de articular acciones concretas que le permitan al pueblo construir una barricada por la que la oligarquía no pueda avanzar para seguir estrangulando derechos. Eso se hace con proyectos, convicción en las ideas que levantamos y mucha humildad para llevarlas a la práctica. Tenemos que ser nosotros los que avancemos en el terreno. 

Su estrategia es evidente: desmoralizar para atomizar fuerzas. No están dispuestos a soportar que el Presidente de un país emergente vuelva a decirles en sus propias narices que “los muertos no pagan”. 
En ese sentido, cualquier vestigio de las conquistas alcanzadas durante los doce años y medio de kirchnerismo en el gobierno se convierte en testimonio de lo que ellos se empeñan en definir como “fantasía”. Quienes no están a la altura del momento histórico, optan por tributar a ese relato regateando favores a cambio de impunidad. De modo que es responsabilidad de todas y todos los que abreven en las causas del movimiento nacional y popular, defender los testimonios de ese proyecto político inclusivo que siempre decidió en pos de la mayoría popular. Hacerlo es escribir el presente pensando en el futuro.    

Si tomamos dimensión de nuestros propios valores y somos conscientes de lo que somos capaces de lograr cuando nos lo proponemos, demostraremos que la canción de Cazuza no se equivoca al decir: “Si pensas que estoy derrotado, quiero que sepas que los dados siguen rodando. Porque el tiempo no para”.

Y como decía Perón, solo la organización vence al tiempo.