fbpx La crisis del euro y la fábula del escorpión y la rana, por Mario Rapoport
Economía //// 28.05.2010
La crisis del euro y la fábula del escorpión y la rana, por Mario Rapoport

Capital Federal (Agencia Paco Urondo, publicado en BAE)  La crisis de los años ’70 fue una divisoria de aguas en la historia económica mundial. La ruptura del dólar en su relación con el oro y su posterior flotación, más el abandono del sistema de cambios fijos implementados en la posguerra por los acuerdos de Bretton Woods, hizo que los países europeos, en el proceso de construcción de un espacio regional propio, quisieran establecer entre ellos un sistema de cambios fijos para facilitar el intercambio y las inversiones mutuas. De allí surge la serpiente monetaria (relación  de tipos de cambio entre los países de la región) y luego el Sistema Monetario Europeo (SME), en 1979. Pero el Acta Única de 1986, que liberaliza los movimientos de capitales comenzó a generar tensiones y a acelerar la idea de la creación de una moneda única.
De acuerdo al SME, entonces vigente, los miembros de la Comunidad Económica Europea (CEE) utilizaban como patrón de referencia  para fijar sus paridades cambiarias reciprocas al ECU (european currency unit). Todas las monedas nacionales establecían su paridad en términos del ECU y sólo podían devaluar o revaluar sin consultas -con algunas excepciones- en +/- 2,25%. El sistema se encontraba sometido a periódicos conflictos por la evolución divergente de algunos indicadores tales como la inflación, la productividad o las tasas de interés internas.
Con el Tratado de Maastricht, en febrero de 1992, que crea la Unión Europea (UE) se inició también el camino hacia una unión monetaria, cuyo objetivo explícitamente antiinflacionario impuso duras condiciones a quienes se incorporasen a él.
Varios países -Suecia, Gran Bretaña y Dinamarca- se habían ya excluido de esa unión, mientras que para los otros comenzó una dura etapa de ajuste pues la “calificación” para ingresar como miembros los obligaba a alinear tasas de inflación e interés, lograr un déficit fiscal inferior al 3% del PIB, y tener una deuda pública no mayor al 60% del PIB. El curso de la integración y los condicionamientos para las políticas económicas y sociales de los miembros de la UE se reforzaron y saltaron a una nueva etapa entre 1997 y 1999, con la firma y puesta en vigor del Tratado de Ámsterdam, que en resumidas cuentas profundizaba los ejes de Maastricht, fijaba el avance de la integración monetaria, reforzaba el poder de la Comisión Europea y abría la puerta a la negociación con los países del Este para su paulatina entrada en la Unión.
En 2004, la UE incorporó así 10 nuevos miembros, llevando el total a 25 países y 450 millones de habitantes, aunque aumentando también las distancias sociales, políticas y culturales entre los socios, ahora más difíciles de cubrir por mecanismos de compensación como en el pasado. No cabe duda que a través de la aceleración de este proceso de integración, las grandes potencias europeas aspiraban a recuperar el papel preeminente que tuvieron históricamente en la política y la economía internacional.
Pero la crisis que se inicia en 2007 puso al descubierto la principal falencia del proyecto más ambicioso: el euro. Su poder adquisitivo no era el mismo en todos los países que integran la eurozona y ninguno de ellos cumplía las reglas de Maastricht. La divergencia del rumbo de sus economías resultaba notoria, empezando por las tasas de inflación y siguiendo por otros indicadores económicos. En los últimos diez años esa inflación fue, por ejemplo, el doble o más del doble en Grecia, Irlanda y España, que en Alemania o Francia. Hay países altamente deficitarios en el terreno fiscal (caso Grecia o Irlanda para poner los más notorios), con niveles de desocupación alarmantes (como España), o con un endeudamiento público cercano o mayor del l00% (como Bélgica e Italia). Aún las potencias de la eurozona, Alemania y Francia, tampoco cumplen con las pautas establecidas. En Alemania el déficit fiscal supera el 3% del PIB (es del 5%) y su deuda pública es mayor del 60% en relación al PIB (llega casi al 80%).
Y cuando se registra este tipo de situación la moneda única se transforma en una trampa. Para cualquier país que intente salir de la zona monetaria la situación en lo inmediato empeoraría, ya que deberían financiarse a tasas de interés superiores, sin posibilidad de evitar el ajuste y sin recibir ayuda de los socios mayores de la UE. Pero también, para los más afectados por la crisis que quieren permanecer en ella, como Grecia, la “ayuda” conlleva planes de ajuste tan drásticos que pueden conducir a una depresión de su economía por largos años y a crear, como esta sucediendo, una reacción popular de consecuencias insospechadas.
En todo caso, (aunque no sea estrictamente el ejemplo de Grecia) es interesante notar un fenómeno que algunos economistas europeos denominan la “revancha de los mercados”. Los estados, que frente a la crisis de 2008 trataron de salvar al sistema financiero y a los bancos, se encuentran acusados de mala gestión por las mismas agencias de calificación antes desacreditadas debido a sus pronósticos errados. En un primer momento se decía que los títulos públicos, desprovistos de riesgo, contrariamente a los títulos privados, no eran sospechados de insolvencia. Tampoco se ponía en tela de juicio el gasto público cuando lo esencial del endeudamiento estatal tenía por causa el intento de frenar la depresión ayudando a los agentes financieros que la engendraron. Ahora, los estados vuelven a ser el problema principal.
Sucede algo parecido a la fábula del escorpión y la rana. El escorpión, que tiene que cruzar un curso de agua, le pide a la rana que lo lleve. Pero, no pudiendo ir contra su naturaleza, el escorpión pica mortalmente a la rana y se hunden los dos en medio de la travesía. La principal incógnita es saber si los mercados apuestan a doblegar a los estados, que contribuyeron a sostenerlos, tratando de achicar su presencia y de restaurar los supuestos neoliberales. Pero con estados mínimos una nueva crisis financiera sería como el final de la fábula.
Esta crisis ha puesto en evidencia, de todos modos, la fragilidad de una unión monetaria atada con alfileres. Con base en la fortaleza económica de algunos países, en el creciente endeudamiento externo y déficit fiscal de otros y, sobre todo, en la disparidad de las tasas de inflación, productividad y crecimiento. Sin duda el euro no desaparecerá. El problema es saber cuántos países permanecerán en esa zona monetaria. El esfuerzo para mantenerla no es sólo económico, sino también estratégico y político. Responde al fundamento mismo de la UE, un poder que ha querido al menos equipararse al norteamericano.
En caso de que el euro se reduzca, también lo harán las fronteras monetarias y comerciales de Europa. Y los países que salgan de la eurozona tendrán una menor relación con los que sigan en ella, pues estarán sujetos a la competencia internacional. Paradójicamente, un euro de menos países, aunque más fuertes, puede aumentar su valor y su estabilidad, pero a costa de la pérdida de mercados y de influencia económica. Se dice que “un fantasma recorre Europa”, el de una nueva fragmentación.

El autor es Economista e historiador. Investigador superior del Conicet (Agencia Paco Urondo)