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Dossier //// 19.01.2018
Plantas maestras: la práctica de una medicina ancestral

Entrevista a Juan Acevedo Peinado, autor del libro “Plantas Sagradas: el linaje secreto del chamanismo sudamericano”, y parte de Comunitario/Comunidad Otorongo Wasi. “Nosotros  los originarios atestiguamos un horizonte doloroso, que es el final de una época, donde los ayahuasqueros verdaderos ya casi no existen, , donde las plantas han pasado a una especie de mitología urbana”.

Por Juan Manuel Ciucci

APU: ¿Cómo se puede pensar la idea de las drogas en el mundo originario?

Juan Acevedo Peinado: Existe una situación que para nosotros es compleja. El tema de adentrarnos en el mundo del pensamiento, la cosmovivencia, la filosofía originaria, en su contexto general y particular necesita una cosa que los viejos refieren al decir que “uno tiene que ser muy leído”. Hablan de cierta capacidad de las personas para alcanzar una capacidad de entendimiento, como una pericia particular en el manejo del conocimiento. Porque no es tanto la información en el mundo originario, sino que es lo que se conoce de forma sensible.

Y para poder llevar eso al mundo occidental, para hacer esa traducción en ambas vías, hacía falta un criterio muy amplio y un trabajo enorme para abarcar tanto la información como ese conocimiento. Lo que surgió de eso fue algo muy particular, que nos llevó a pensar de qué hablamos cuando hablamos de drogas. Porque el mundo originario no conoce esa palabra, no existe la palabra “droga”. En el mundo occidental, desde las denominaciones que suelen hacerse, cualquier sustancia biológicamente activa que altere mi metabolismo basal puede ser considerada una droga. Motivo por el cual entendemos que muchas de esas sustancias, casi un 90%, son de origen vegetal. Si lo pensamos como un proceso que ha sido utilizado sistemáticamente tanto en el mundo originario como en el mundo occidental a lo largo del desarrollo de la cultura, podemos decir que bien utilizada no habría una droga que sea mala, salvo que sea un veneno. Algo que es muy claro en el mundo originario, y que en el occidental comienza a ser muy poco claro. Esto incluye a una gran cantidad de sustancias y elementos: café, mate, azúcar, tabaco. ¿Cuándo empezamos a hablar de drogas realmente, cuándo hacen bien o mal, cuándo son mal utilizadas? En la actualidad podemos extender esos conceptos, una posibilidad que nos dio la posmodernidad. Hoy hay algunas cosas que no son químicas, ni biológicamente activas, pero que sí alteran nuestro metabolismo basal: la televisión, y fundamentalmente hoy la información. ¿Por qué? Se habla de drogas “psicoactivas”, que hacen que tu psiquismo sea alterado; la tecnología y la información generan mundos irreales que son sistemáticamente consumidos. Operan de la misma manera, generando en nosotros un cambio. Por eso, cuando hablamos de drogas creo que es importante plantarnos en un lugar muy abierto, para poder pensar de qué drogas estamos hablando. Porque después tenemos la culturización de esa palabra: una droga no hace ni más mal ni más bien que aquello en que la cultura envuelve esa circunstancia. La marihuana no hace ni mejor ni peor que aquello que culturalmente presuponemos que va a hacer. Ninguna de las sustancias que hoy tenemos en el mercado van a hacer más ni menos que lo que la cubierta cultural haga que provoquen. Por lo tanto tenemos una parte que es concreta, que es biológica y química, y otra que es total y absolutamente psicológica o psiquiátrica. Ya la sola palabra está connotada, nadie la ve bien, cuando decís “droga” la gente piensa en esas 5 o 10 que “están mal”. Pero, ¿están mal, o simplemente su utilización o uso tiene algo que está mal? Por ejemplo, la comercialización, o la serialización. Porque es como facebook: la gente sólo quiere repetir aquello que le gusta, que le hace bien, o que reconoce en ello algo que está bueno para sí mismos. Y esa serialización la podemos pensar como el consumo o el abuso, no como la utilización.

APU: ¿Cómo piensa eso en el marco de las plantas sagradas, cómo traer ese uso a este contexto de consumo?

JAP: Tenemos que hacer una distinción: no podemos hablar de drogas en el mundo originario. Pero, claro, hay consumo de drogas en ese mundo, la principal: el alcohol. Es posiblemente la que más daño le ha hecho desde la llegada del español, no porque no hubiera habido antes bebidas espirituosas, sino que después de la llegada del español el alcoholismo se convirtió en una pandemia. En la cosmovivencia originaria (“cosmovisión” es lo que el occidental habla, dice y cree conocer del originario sobre su construcción de idea del mundo, nosotros no tenemos esa lectura, tenemos la vivencia de ese mundo), no existe la palabra drogas en esa contextualización. Está la posibilidad de entender que hay cosas que hacen bien y ayudan, con lo que se comenzó a llamar del modo en que el español lo hace: medicinas. Una determinada cantidad de elementos vegetales, animales o minerales (y otras que no tienen sustancia física concreta) que son medicinas. Puede ser un viento, un amanecer, un baño, el vapor, el brebaje a partir de 15 plantas diferentes. Lo que da el marco a lo que conocemos en la actualidad como medicina tradicional. La mayoría de las plantas tienen principios activos, que algo nos van a hacer. Lo maravilloso de esa práctica radica en que esta gente aprendió a modo de ensayo y error cuáles hacían bien y cuáles no.

Cuando hablamos de plantas sagradas es porque instauran la posibilidad de la conexión con algo sacro. Algo que a los occidentales se les complica; en el mundo originario respirar es sagrado. Yo pertenezco a la etnia mbyá guaraní, y es desde ahí que vivencio también esto que digo. Otra denominación es plantas maestras, esto es porque enseñan. Le dan a la persona con la cual hacen una simbiosis o interactúan, la posibilidad de establecer una relación que en occidente no existe, de obtener una información concreta sobre un hecho que yo estoy necesitando. Si lo llevamos al punto de vista farmacológico, al día de la fecha hay cosas que son de una biotecnología elevadísima. Ejemplo: el caso del curare, los venenos utilizados en flechas para cazar. Se lo buscó porque al momento de matar al mono, se aferraba con la cola y al agarrarle el rigor mortis, quedaba en las alturas de los árboles. Estaba la necesidad de que caiga, para no tener que subir a buscarlo. El principio activo es la curarina, pero para obtenerlo hay que mezclar una gran cantidad de especies vegetales. Tal es así que el curarero tiene que gozar de un don en la tribu: tener una dentición perfecta, porque lo tiene que probar para saber cuándo está preparada, y si tuviera alguna lastimadura en la boca probablemente no viviría para contarlo. Algunos la preparan con 15, otros con 20 y hasta con 70 especies vegetales diferentes. ¿Cuánto tardaron? Ensayo/error, ensayo/error, ensayo/error… Vos les preguntás, y te dicen “no, le preguntamos a esta otra planta y ella nos dijo cuáles eran”. Eso a nosotros se nos escapa, ahí está encerrado el concepto de planta maestra, en esa sencilla situación de la cual el occidental abreva todos los días en cada quirófano del mundo cuando se utiliza la curarina. Solo que se la sacó, se la patentó y se la sintetizó.    

Hay otro compuesto de origen vegetal muy en boga hoy, Ayahuasca. Tiene marketing, tiene empresas, hay más ayahuasqueros que ayahuasca hoy. Dos plantas: una es la liana propiamente dicha, y la otra es un arbusto, la chacruna. Una sin la otra no funcionan, la ayahuasca sola marea nada más. La chacruna posee en sus hojas un compuesto que no es parecido ni similar a una substancia que nosotros tenemos en nuestro cuerpo que es dimetiltriptamina, por eso posiblemente sea de los derivados vegetales el que hace los efectos más poderosos. No es una molécula que “se parezca a”, sino que es una que nosotros sintetizamos todos los días para dormir, para el imaginario del sueño. ¿Cómo se enteró esta gente que esta molécula muy pesada sólo podía entrar por la primer parte del tracto intestinal del intestino delgado vía la atropina, para de esa manera subir muy rápidamente por el torrente sanguíneo, pasar la barrera hematoencefálica, llegar a tu cerebro, hacer lo que supuestamente hace, y eliminar el exceso a través del vómito? La respuesta es muy fácil: “le preguntamos a aquella planta”. Creo que occidente no  encontró aun la forma de realmente entenderesas preguntas y esas respuestas. Sigue siendo menester de los pueblos originarios. Y a partir de esas preguntas y respuestas el occidental goza del 80% de su medicación de origen vegetal, de ese contacto particular con algo que desconoce.
Ahora bien, ¿podemos denominar a eso drogas?  No estaría pasando por ahí. Y occidente no mantuvo el respeto por estos principios de los pueblos originarios, sino que los tomó como otro elemento más de consumo. Motivo por el cual estos saberes ancestrales están más en peligro que nunca. Porque los recursos utilizados para sus preparaciones, están totalmente en peligro.  Cuando a mis 20 años tomé ayahuasca, era de lianas de casi 800 años. Hoy no tienen más de diez años, porque son plantadas. Definitivamente estos cambios no son para bien.

APU: ¿Cómo analiza el uso hoy de la ayahuasca?

JAP: Se ha hecho un “tripping” de fin de semana, donde se junta un grupo de gente que “pegó” ayahuasca, “porque es un viaje, está buenísimo”. Doña Tola, una de las señoras de las que habrás leído en el libro, me dijo: “Mire, si el que toma es medio tonto y el que da es más tonto, no puede salir otra cosa que no sean tonteras. Si usted como persona crece, la planta va a reconocer su crecimiento y va a entablar una relación con usted diferente. Esto no es para niños, vemos ya muchos niños, andan buscando cosas que creen que conocen pero no, no tienen tiempo ni para escuchar ni para aprender”. Nosotros atestiguamos un horizonte doloroso, que es el final de una época. Donde los verdaderos ayahuasqueros ya casi no existen, donde las plantas han pasado a una especie de mitología urbana, especie de panacea donde todo cae a tu alrededor mientras vos con una sonrisa babeante aplaudes diciendo “qué lindo”. Hace poco vi una propaganda: “¿Estás cansado de despedir tu año como siempre? Ayahuasca, hongos, peyote, todo eso en medio de música etérea y mística, diez días de algo inenarrable”. Se llama “Ayahuasca Internacional”, claro, tenía que haber un argentino ahí (risas). Se fue de malos términos de argentino, parece que en España le encontró la vuelta y ahora vuelve con esto. Imaginate lo que sentimos los que hemos trabajado mucho. Yo hace ya 6 años que no trabajo con la planta, en función de ese respeto, no puedo, es una bolsa de gatos. Algunos nos dicen que es nuestra culpa porque nos retiramos. Pero no puedo, porque ya el que viene no quiere venir a pasar por una ceremonia de medicina, quiere un “flash”, un viaje, un “trip”.  

APU: En ese contexto, ¿qué puede contarnos del libro “Plantas Sagradas”?    

JAP: Escribí un libro sobre las plantas, y todo el mundo esperaba las experiencias sobre las plantas. Mi manera de presentar mi respeto a la gente con la que aprendí y aprendo, fue no hacerlo. Porque cuando todo está confundido, por más buena voluntad que yo le ponga sólo voy a terminar confundiendo. Porque si son realmente entidades que tienen que ver con lo sacro, que son capaces de transmitir y recibir información, esta información de lo que pasa también la reciben. Y como todo vegetal, se defienden. Y cómo se defienden: deformando el contenido de las experiencias. Creo yo que el mundo de las plantas sagradas se va guardando para los próximos 500 o 1000 años en el futuro, porque dejan sistemáticamente de hacer lo que hacían. Posiblemente ya no sólo no son medicinas, sino que son todo lo contrario.

APU: Algo que me interesó del libro, que es un desarrollo de esta cosmovivencia, es cómo se desarrollan estos caminos de las plantas maestras en nuestro país, cuando por lo general se lo tiende a conectar con otros países de nuestra América…

JAP: El mundo creía que estas cosas pasaban solamente en México, la Amazonía, Cuzco, Tíbet, India… Pero no, también pasan a 100 kilómetros de acá. Yo he aprendido con doñas de la feria, lo que pasa es que hay una situación terrible que tiene que ver con la invisibilización, que es nombrar para invisibilizar. Es como cuando en el norte las maestras disfrazan a los niños para el carnavalito para “recordar a nuestros pueblos originarios”, y en derredor está lleno de ellos, que jamás suben al escenario y que dicen que ya no bailan carnavalitos. Quizás ese sea el trabajo más grande que ha realizado el Comunitario/Comunidad Otorongo Wasi, seguir trabajando en el recuerdo del acto para mantener. Que es lo que hice con el libro, donde fui fiel de lo que me dijeron y aprendí. Saldo mi deuda con todos aquellos que permitieron que esté hablando por ejemplo con vos ahora. “Plantas Sagradas” son cuatro libros, este desarrolla mis primeros años de los 18 a los 26, cuando arranco con estos temas a partir de mi padre, un payé (curandero) guaraní. El segundo será de las plantas en Argentina; el tercero tiene que ver con el tema del mundo andino, fundamentalmente en el norte de Catamarca; y el cuarto será la noche, que tiene que ver con estos días que estamos atravesando, que tiene que ver con la salamanca santiagueña. No hace falta salir a buscar lugares extraños, son estos en los que estamos los que están plagados de una magia inconmensurable. Porque de lo que se trata no es de estar, sino del saber estar. De reconocer para ser reconocido, entender para que te entiendan.

APU: ¿Cómo analiza el uso de estas plantas para curar adicciones?

JAP: Mucha gente lo cree, seguramente tienen una parte que sí, pero no son una panacea. Las plantas no actúan solas, son una simbiosis, una parte vegetal y una humana. Tiene que darse esa simbiosis, para poder operar ese proceso. Pero estamos en un momento donde quizás no están sobrando plantas, pero nos están faltando muchísimas personas. Hemos visto en este tiempo gente que toma cualquiera de estas plantas, y a la semana está convidando. Y ni siquiera por dinero, sino por entretenimiento. Falta la confianza, la pericia, de haber atravesado años de experiencia, como para poder sentarte frente a un grupo de personas y poder dispensar esa medicina. No estamos enojados, pero sí doloridos, al ver la muerte de nuestras medicinas en medio de una rave. No nos peleamos con esa gente, pero sí los exponemos. Porque hay algo que sabemos desde siempre, no podemos batallar contra el tiempo. Los tiempos cambian, la gente hace cosas raras, tanto en el mundo originario como en nuestras sociedades. Me pregunto si en un momento tan particular como el que estamos viviendo en nuestro país y el mundo, si las plantas hubieran sido tan buenas no hubieran iluminado a cada una de esas personas que tienen el poder para cambiar las cosas. Y termino creyendo que si lo tuvieron fue solo para empeorarlo. Mi profecía para los próximos 100 años: va a ser todo peor. Eso tenemos los originarios, la capacidad de la profecía, porque masticamos vidrio pero no lo tragamos. En los próximos 100 años o 1000 años van a seguir habiendo originarios, porque estamos metidos en la lucha de mantener el recuerdo.