Dossier //// 11.08.2017
La resindicalización del kirchnerismo: un reencuentro histórico

El autor reflexiona sobre la relación entre sindicalismo y política en el contexto de las primarias abiertas simultáneas y obligatorias. La ruptura Moyano-Cristina. El rol de la Corriente Federal de Trabajadores y Trabajadoras. Y el rol de los sindicatos al interior de Unidad Ciudadana.

Por Rodrigo Lugones

El problema

La relación sindicalismo y política nunca estuvo libre de tensiones. La más obvia: ambos sectores desconfían de su contrario. Lxs políticxs ven en lxs sindicalistas comprometidxs con la realidad social enemigos electorales con ventaja de clase. Lxs sindicalistas, por su parte, tropiezan en más de una oportunidad a la hora de poder resolver el tan revisitado “salto a la política”.

No dominan con claridad la compleja trama de la polis. Cabe destacar la imposibilidad actual del sindicalismo no kirchnerista para construir una apuesta político-electoral con perspectivas reales de poder.

Si lo que se pretende es representar a los sectores populares, pensar la política excluyendo la representación que lxs trabajadorxs eligen darse es un error. Al mismo tiempo, el desencuentro histórico de una alianza programática como la que configuran las organizaciones políticas del campo popular y el movimiento obrero organizado siempre tiene una víctima indiscutible: el Pueblo.

Éste desencuentro que horada esta alianza programática del campo popular, en cada época, ha asumido diversos nombres propios: Augusto Timoteo Vandor, Hugo Moyano (también sus hijos Pablo y Facundo), sólo por nombrar algunos.

La perspectiva de clase es de carácter irrenunciable

Pero, ¿por qué es central la perspectiva de clase? En primer lugar, porque la mayoría de los sectores objetivamente beneficiados por un modelo progresivo de distribución del ingreso y reparto equitativo de la riqueza son lxs trabajadorxs. En segunda instancia por la centralidad que tiene la clase trabajadora en el sistema productivo internacional. Su rol, aún hoy, sigue siendo protagónico (aunque no único). Se vuelve necesario, entonces, que lxs trabajadorxs nos preocupemos por la política y no se la dejemos a “los profesionales”.

Cabe preguntarse, por lo tanto, ¿qué puede aportarle a la política el sindicalismo? Nada menos que la perspectiva de clase. En la lucha sindical, la disputa es sin las mediaciones que la institucionalidad convencional de la política propone en el juego democrático. La lucha gremial es clase contra clase. La política (si bien oculta la misma disputa) es mucho más compleja.

Por otra parte, ¿qué puede aportarle al sindicalismo “la política”? Pensar que ejercer un rol sindical es no ejercer un rol político es un error. Es por eso que utilizamos el entre comillado. Cuando escribimos “la política” nos referimos a lenguajes, formas, prácticas y herramientas para pensar instancias de representación que no abandonen la perspectiva de clase y el horizonte de toda representación popular (defender a los más desprotegidos) en virtud de la compleja trama de alianzas que el campo político pre-supone.

En síntesis: no resignar principios es pos de ganar lugares de poder. Podríamos decir que “la perspectiva de clase es de carácter irrenunciable”. El desafío es, entonces, dotar de herramientas que no se den de bruces con la forma que adquiere la disputa política institucional.

Hermenéutica de una ruptura

Es cierto que el kirchnerismo construyó el primer tramo de su relato peronista abrevando en una caracterización (aunque inconsciente y nunca teorizada) positiva de ciertos referentes que han sido marcados por la polémica. Desde alianzas con sectores sindicales empresarios, hasta la reivindicación -sin mucha claridad- de sindicalistas burócratas, han contribuido a solidificar un imaginario que legitimaba la ortodoxia peronista como norma para la construcción de vínculos políticos con el movimiento obrero y sus “actores tradicionales”.

Con la ruptura con Moyano esa matriz imaginaria de razonamiento político estalló por los aires. Lo que terminó por poner en crisis a muchxs que adscribían a la versión ideológica más ortodoxa del kirchnerismo, la que proponía ese tipo de alianzas.

La primera factura de esa ruptura fue la imposibilidad de construir un diálogo activo con sectores sindicales que no expresaban el personalismo narcisista de los Moyano, ni su sindicalismo combativo y representativo intra-gremial y ortodoxo-negociador en la arena política.

Así, muchxs militantes construyeron un furibundo anti-sindicalismo (en muchos casos con razón, cuestionando el personalismo y el machismo anti-kirchnerista que mostraban los gordos y el moyanismo post muerte de Néstor Kirchner) que mutó, en muchas oportunidades, en cierto rechazo gorila (y filo-progresista) a las organizaciones del movimiento obrero.

En éste contexto el reclamo (legítimo) por el impuesto a las ganancias (en un país donde la mayoría de los sectores asalariados no llegaban a pagarlo) alejaba aún más a la opinión pública “compañera” del sindicalismo. Algunos sindicatos, al decir de Walter Correa, dejaban de ser “los sindicatos que organizaban al pueblo” para ser “los sindicatos ricos del pueblo”.

La autocrítica en acto

La dirigente sindical y pre candidata a diputada por Unidad Ciudadana, Vanesa Siley (quién conoce muy de cerca los límites del moyanismo, y los ha enfrentado) supo transmitir con claridad de qué manera Cristina Fernández fue capaz de realizar la tan demandada “autocrítica” en lo que al sindicalismo respecta. “La autocrítica la hace en los actos”, sostuvo.

Es claro que Cristina ha identificado un error en su ruptura con el movimiento obrero. Ya no con tal o cual dirigente, sino, con el movimiento obrero en general. Error que ha corregido no en un discurso, sino en un recorrido que tiene puntos clave. El velorio de Raimundo Ongaro. Sus reiteradas reuniones con la Corriente Federal de Trabajadores y los sectores más combativos de la CTA. Su visita a ATE Capital. Su charla en SADOP, exclusiva para dirigentes obreros. Y, por último, en la confección de las listas de Unidad Ciudadana (único espacio que respetó el histórico 33% para los sindicatos).

Ahora bien, este replanteo de su relación no es análogo al tipo de vínculo previo que el kirchnerismo, en el poder, estableció con ciertos sectores sindicales. Los actores con los que hoy Cristina elije construir alianzas son aquellos que reivindican los programas más progresivos del movimiento obrero (hablo de La Falda y Huerta Grande, por ejemplo), así como agresivos proyectos de redistribución del ingreso.

Organizaciones vinculadas a la tradición de la CGT de los Argentinos, o experiencias como el Cordobazo. Un sindicalismo clasista, combativo, y que expresó la “lealtad a un proyecto político” más allá de las conveniencias circunstanciales. El sindicalismo que, en palabras de Ongaro, prefiere “honra sin sindicatos, antes que sindicatos sin honra”. 

Un sindicalismo que se da un programa para trascender la mera reivindicación sectorial, y pensar integralmente un proyecto de país. A tal punto penetra en Cristina la lógica programática que ella misma asume el desafío y construye el programa de Unidad Ciudadana con un ojo puesto en el programa de la Corriente Federal de los Trabajadores y Trabajadoras (el único espacio sindical que pudo construir 26 puntos, desde la perspectiva de lxs trabajadorxs, para la toma del Poder).

El neo-vandorismo es incapaz de ofrecer una apuesta política nacional-popular

Con el macrismo ya en el poder, el anti-kirchnerismo rabioso del sindicalismo clásico (expresado en su rechazo a la figura de CFK) volvió inconducente cualquier tipo de apuesta política que estas organizaciones pudieran llevar adelante.

Sus opciones fueron las siguientes: o boyar sin rumbo en la periferia massista, o coquetear con el macrismo, o acercarse al “neo-renovador” Randazzo. En todos los casos, en ninguna lista pudieron conseguir el histórico porcentaje peronista (a lo sumo, en el caso de los cercanos al presidente, alejaron los fantasmas del intervencionismo).

A la vez, su accionar sindical, extremadamente tiempista y falto de reacción, llevó a una crisis de legitimidad y credibilidad al triunvirato que hoy conduce la CGT. No sólo para afuera, sino al interior de sus propias organizaciones. Es esto lo que vimos en la marcha del 7 de marzo del 2017, cuando las bases reclamaron a la conducción un paro general realizando un copamiento del escenario central y corriendo a los referentes identificados con el modelo sindical menos combativo.

Estos referentes, combativos durante el kirchnerismo, y tiempistas e institucionales frente a un gobierno abiertamente anti-obrero, fueron perdiendo su capacidad de conducción, su legitimidad, y, a la vez, no fueron capaces de encontrar una salida político-electoral clara y unificada.

Todos coinciden (con sus bemoles) en rechazar la conducción de Cristina, mantener una actitud más contemplativa con el gobierno macrista y apostaron por un peronismo de menor conflictividad con el poder real. Lo que se choca directamente con la política de intervención a sindicatos, persecución gremial y encarcelamiento de dirigentes político-sindicales que despliega la alianza Cambiemos.

En éste contexto la resindicalización del kirchnerismo, tomando la posta de las viejas banderas del sindicalismo de liberación abren una nueva etapa en Unidad Ciudadana. Con la centralidad de la clase trabajadora, con una perspectiva de clase irrenunciable, con la participación activa de nuevos dirigentes (incluso de mujeres sindicalistas), y con muchos lugares en listas locales y nacionales. Sin duda, un reencuentro histórico para celebrar.