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Debates //// 15.10.2019
¡Neoliberalismo nunca más! Claves, desafíos y deseos para compartir

¿Por qué fracasó el modelo macrista? Resistencia popular e incapacidad de las elites para proponer un proyecto propio. Pasaron cosas... ¿Y ahora? Por Sebastián Artola

Por Sebastián Artola (*) 

1)

Si el próximo 27 de octubre se ratifica el resultado de las PASO Argentina habrá derrotado el tercer ciclo neoliberal de su historia.

El dato no es menor, ni para el país, ni para afuera. Mientras buena parte del mundo reafirma la hegemonía del proyecto neoliberal y el dominio del capitalismo financiero, acá habremos echado por tierra su versión del siglo XXI, en uno de los laboratorios pioneros y de exportación.

La llegada a la presidencia de Macri en el 2015 había sido festejada con globos y platillos por el poder económico local e internacional. Sus exponentes eran recibidos con alfombra roja y daban cátedra a cuanto auditorio visitaban.

Argentina hacía punta en la restauración conservadora de la región, seguida por Ecuador en 2017 y Brasil en 2018. De este modo, América Latina parecía normalizarse, cerrando el ciclo de desafío a la uniformidad neoliberal del planeta.

Por fin, se creía, llegaba para quedarse el nuevo modelo de dominación política que Estados Unidos había puesto en práctica tras los atentados a las Torres Gemelas, con la actualizada doctrina de seguridad nacional del “estado de excepción permanente” (tal como definió Giorgio Agamben), marcando el puntapié del giro autoritario y neofascista, bajo el cual se formateaban las derechas de todo el mundo.

2)

Si durante el primer ciclo neoliberal (1976-1983), a manos la última dictadura cívico-militar y el terrorismo de estado, el objetivo había sido disciplinar, desorganizar y fragmentar social y culturalmente por abajo, a una sociedad movilizada, participativa, con fuertes compromisos políticos y una conciencia colectiva profunda.

La segunda ola neoliberal (1989-2001) sería posible por una sociedad desmovilizada y diezmada en su capacidad de resistencia, en parte, por las huellas que había dejado la dictadura, a lo que se sumaban la frustración por la claudicación de Alfonsín en la Semana Santa de 1987 y el efecto disciplinario de la hiperinflación en los últimos años de su gobierno.

De este modo, encontraba lugar en el país la puesta en práctica del “Consenso de Washington”, con el saldo de privatizaciones, extranjerización, desindustrialización, primarización de la economía, endeudamiento externo, concentración de la riqueza, desmantelamiento del Estado de Bienestar, exclusión, desocupación, empobrecimiento y una desigualdad social, sin antecedentes en nuestra historia.

La tercera ola neoliberal (2015-2019), a tono con los nuevos rasgos que incorpora en el siglo XXI, significará el intento de institucionalizar un nuevo régimen político y cultural, bajo un signo profundamente autoritario y antidemocrático, donde ya no sólo se rompe filas con la tradición democrática como en los años noventa, sino que ahora también se desprende del liberalismo político, avanzando sobre ese mínimo de libertades individuales, el pluralismo y la división de poderes (que hasta nos desafía a buscar un mejor palabra para nombrarlo porque de liberalismo político ya no tiene nada).

Comodoro Py como ariete de la judicialización de la política, la estrategia de  lawfare (o “guerra jurídica”), la llamada “doctrina Chocobar” o los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, a manos de la Gendarmería y la Prefectura, respectivamente, son claros ejemplos de la vuelta de tuerca autoritaria al modelo de dominación política.

Nostálgico del Estado oligárquico que gobernó el país durante la segunda mitad del siglo XIX, por parte de un neoliberalismo que ya no duda en mostrar de manera desembozada e impune su naturaleza represiva, violenta, clasista y racista, se buscó llevar adelante una profunda reforma cultural de la sociedad argentina, establecer un nuevo orden político, a partir de la captura del Estado y las instituciones por el poder financiero, vaciar la democracia, formalizar la soberanía popular, quebrar el Estado de Derecho, como medio para controlar, disciplinar, poner de rodillas a la sociedad y evitar cualquier posibilidad de recomposición de una alternativa popular en el país.

Tan importante era el éxito del “modelo” Macri en Argentina para la geopolítica del continente y los intereses del poder mundial, que el FMI aprobó en 2018 (¡ni más ni menos que un 20 de junio!) un crédito de 57 mil millones de dólares, el más grande que alguna vez haya otorgado en su historia.

Pero pasaron cosas…

3)

Desde el vamos, la movilización social y la calle fueron marcando el ritmo, las posibilidades y límites de lo que el neoliberalismo podía hacer, y desde esos mismos actos se fue tejiendo, enhebrando, reinventando y cimentando la base social para un nuevo proyecto popular en Argentina.

Cuando buena parte de la política desde arriba de oposición era fragmentación, repliegue, fuga y especulación, la política desde abajo no dudó, algo que ya había despuntado durante la campaña por el ballotage en el 2015.

Desde fines de diciembre mismo, la calle decía presente. Recuerdo esos calurosos días de verano, de múltiples convocatorias a marchas y concentraciones, en defensa de la Ley de Medios en las vísperas de navidad, en apoyo a Víctor Hugo Morales, por la libertad de Milagro Sala.

El masivo acompañamiento a Cristina a Comodoro Py en abril de 2016, poniendo en jaque la variante de su encarcelamiento tal como fue posible con Lula en Brasil.

El disruptivo y potente movimiento de mujeres. Los “ruidazos” contra los tarifazos de los pequeños y medianos empresarios, comerciantes y organizaciones de defensa de usuarios y los derechos ciudadanos. Los trabajadores estatales contra los despidos y el vaciamiento del Estado. Lxs científicxs autoconvocadxs. Lxs maestrxs y docentes en defensa de la educación pública y el salario.

Las calles de todo el país desbordadas contra el 2x1 de la Corte Suprema, en mayo de 2017, que pretendía dejar en libertad a los genocidas.

La resistencia callejera contra la reforma previsional, en diciembre de 2017, que conjugó la protesta organizada durante el día de los gremios y movimientos sociales, con el masivo, sorpresivo y espontáneo reclamo nocturno, marcando la primera gran inflexión y traspié para un gobierno que hasta esos días se creía imbatible (creencia, por cierto, compartida por muchos opositores y analistas progresistas) y venía envalentonado por el triunfo en las elecciones legislativas de medio término.

Más allá de la aprobación en el Congreso, a la fuerza y con un parlamento sitiado, dejaba sabor a derrota en el gobierno, que lo llevaría a cajonear la reforma laboral, y una lección de profundísimas consecuencias para la oposición: la movilización social y el reclamo popular desde afuera empujaba a una buena parte de la fragmentada oposición a tomar una posición común y de frontal rechazo al proyecto oficial. A la vez, esa voz común desde adentro fortalecía y potenciaba el reclamo callejero.

Desde entonces, fue creciendo el diagnóstico compartido - no sin debates, contradicciones y miradas de las más disímiles sobre las formas y límites – respecto al desafío de la unidad política y electoral del movimiento popular, en su diversidad, heterogeneidad y variados rostros, a modo de un mandato imperativo, desde abajo  y cada vez más fuerte.

Ahora bien, la pregunta que seguía abierta y sin respuesta era el cómo.

Lo que en la calle era potencia, en base a una unidad amplia y multicolor, con sus altibajos y desgastes, en la superestructura política era impotencia y fragmentación, en parte por la inercia divisionista de los años previos, más allá de los gestos, tironeos y puentes que se habían empezado a tejer por los más lúcidos.

Las elecciones del 2017 habían refutado las dos tácticas opositoras y dejado un escenario político nuevo por armar. Si por un lado, Cristina había sido por lejos la opositora más votada, haciendo fracasar la variante de deskirchnerizar al peronismo (y a la política argentina toda), en función de una variante opositora que parecía más oficialista que otra cosa y no terminaba siendo ni chicha ni limonada.

Por el otro, no menos cierto era que la lógica de desperonizar al kirchnerismo sólo alcanzaba para ser primera minoría opositora, pero no para construir una nueva mayoría y ganar (y con esto no me refiero sólo a la ruptura con sectores del PJ o antiguos aliados, sino fundamentalmente a la idea de peronismo como una ontología política que conjuga lo heterogéneo, articula lo múltiplicidad y sabe contener adentro la tensión, contradicción y diferencia).

No por casualidad, a inicios del 2018, sería Alberto Fernández el que haya lanzado y propuesto trabajar sobre el axioma “Con Cristina no alcanza y sin ella no se puede”, para incomodidad de unos y otros, tras reencontrarse con la ex presidenta después de 10 años sin hablar.

Finalmente, la decisión de Cristina de ser candidata a vicepresidenta y lanzar la candidatura presidencial de Alberto Fernández, a modo de resolución del acertijo planteado, será el sisma que sacuda el tablero político todo, permitiendo barajar, dar de nuevo y encontrar salida al laberinto en el que se estaba.

Como pocas veces, la política desde arriba se dejaba habitar por la política desde abajo, no como mero reflejo, pasivamente o bajo un vínculo lineal, sino como un acto de conjunción que transforma a dos bandas, produciendo desplazamientos y torsiones en ambas partes, pariendo algo absolutamente novedoso y singular.

Si por un lado, surgió el Frente de Todos, una articulación política difícil de imaginar pocos días antes, donde terminaría confluyendo casi toda la oposición, salvo poquísimas excepciones. Abarcando, incluso, sectores que durante los 12 años de kirchnerismo habían estado siempre en su oposición, como Pino Solanas o las agrupaciones que dieron forma al Frente Patria Grande, por dar algunos ejemplos.

Por el otro, los movimientos sociales y el descontento ciudadano encontrarán en la fórmula de les Fernández una alternativa de unidad al macrismo hasta entonces ausente, que otorgó representación electoral y política a ese conjunto de demandas populares, plurales y heterogéneas (a la que activamente habían contribuido), amalgamando las luchas sociales bajo una inscripción política-electoral común.

4)

Las derrotas sirven para pensar, recalcular y mejorar. Desde las vísperas mismas del triunfo neoliberal del 2015 fue brotando, entre el dolor y la convicción militante, un intenso aprendizaje colectivo que nos permitió recrear, más temprano que tarde, un proyecto popular en el país.

Ensayemos, ahora, una pasada en limpio de algunas de las claves y lecciones que nos deja la victoria sobre el neoliberalismo, a modo de balance y guía de acción, para un futuro inmediato y mediato cargado de desafíos:

Primera lección: La fuerza y el motor principal de la derrota del neoliberalismo estuvo en la movilización social y la política desde abajo.

  • La reacción defensiva de la sociedad y el impulso multicolor y policlasista desde la calle fueron, para decirlo a lo Gramsci, la principal trinchera y dique de contención contra la ofensiva neoliberal.
  • A su vez, la unidad en la diversidad en las calles fue forjando un mandato imperativo desde abajo que empujó una unidad política y electoral por arriba, también diversa y plural.

Segunda lección: En la dialéctica virtuosa y conjunción entre política desde arriba y demandas del movimiento popular se encuentra la segunda clave del triunfo popular.

  • Cuando la política desde arriba se dejó habitar por la política desde abajo, fue posible del laberinto, encerrona y parálisis en la que se estaba.
  • La heterogeneidad, inclusión y la apertura fue la forma política (como autocrítica en la práctica, como se hace en política) que hizo posible la reconstrucción de una nueva mayoría social, frente al proceso negativo de homogeneización, exclusión y cierre que había caracterizado al kirchnerismo en sus últimos años de gobierno.
  • En la existencia de una agenda política y forma de construcción siempre abierta, formulada sobre la virtuosa ida y vuelta, el diálogo y la interlocución con la sociedad, en su complejidad y dinámica, y en la capacidad de leer e incorporar las nuevas realidades, problemas, aspiraciones y demandas, se juega parte no menor de las posibilidades futuras.
  • Lo que nos desafía hacia una nueva sabiduría política que logre conjugar dualidades muchas veces planteadas como opuestas y dicotómicas: participación-representación; horizontalidad-verticalidad; deliberación-decisión; convicción-responsabilidad; gestión-transformación.

Tercera lección: La alianza social entre los sectores populares y las más amplias clases medias es la base imprescindible de todo proyecto popular.

  • El desafío de toda política popular es siempre construir mayorías. Si la estrategia de las clases dominantes siempre tiene por objetivo fragmentar, dividir y marginar políticamente al movimiento popular, saber sortear ese intento de fractura y acorralamiento, enhebrando con inteligencia y audacia voluntades e intereses plurales y diversos, es condición para ser mayoría y no quedar sólo en una política testimonial o defensiva.
  • Una vez más, la realidad nos enseña que alrededor de los encuentros y desencuentros entre los sectores populares y las clases medias se juegan las posibilidades, victorias, avances como las frustraciones, repliegues y derrotas de los movimientos populares en nuestra historia.
  • El movimientismo frentista es el formato político de la heterogeneidad y pluralidad popular, como momento de unidad y totalización (siempre parcial, contingente y en permanente tensión), frente a las estrategias políticas fragmentarias y la primacía de la parte sobre el todo.

Cuarta lección: La delimitación ideológica del campo político entre neoliberalismo/endeudamiento externo/bancos y pueblo/nación, fue la dicotomía que mejor representó el descontento social mayoritario, permitiendo amalgamar y articular una nueva mayoría popular.

  • Lo que muchos “analistas” “periodistas” y “encuestólogos” describen superficialmente como polarización, en realidad, es la decisión de una parte significativa de nuestra sociedad de decir basta al neoliberalismo y la comprensión de que esa posibilidad va de la mano con la más amplia unidad social y política.
  • Por eso, el mandato desde abajo por la unidad no fue por cualquier unidad política y electoral o para cualquier cosa. Las elecciones legislativas del 2017 ya habían castigado a los opositores que se habían parado desde posiciones aparentemente “neutras”, “intermedias” o “terceras vías”, a modo de variantes del modelo neoliberal pero bajo otro ropaje político. Las PASO de este año ratificaron con contundencia el mismo rumbo.
  • Como escribió Pablo Semán en un posteo en las redes sociales, cuando Alberto Fernández encaro en la campaña el tema las Leliqs asumió el papel de un tribuno del pueblo, de líder democrático y popular, organizando la dicotomía oficialismo/oposición en paralelo a los de abajo y los de arriba.

Si en las próximas elecciones termina sucediendo lo que parece inevitable, daremos por finalizado, felizmente, el tercer ciclo neoliberal de nuestra historia. De manera más rápida y breve de lo que muchos auguraban, no por ello menos dañino que los anteriores y con consecuencias tan dramáticas para las grandes mayorías y el país.

La de Macri fue la primera gran victoria y será la primera gran derrota del neoliberalismo en la región, lo que abre también un horizonte de esperanzas para todos los pueblos del continente.

Ahora bien, lo que pueda pasar hacia adelante (y no volver a pasar) depende, en definitiva, de las luchas que sigamos dando, los horizontes que podamos imaginar y la realidad que entre todxs seamos capaces de conquistar.

(*) Doctor en Ciencia Política, docente de la Universidad Nacional de Rosario y profesor titular de la cátedra “Proyectos Políticos Argentinos y Latinoamericanos” de la carrera de Ciencia Política de la UNR. Publicado en El Eslabón.