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Debates //// 22.01.2020
Burocracia, tecnocracia, democracia, por Enrique Martínez

Una reflexión sobre cómo debe gestionar un gobierno popular. La tensión entre el voluntarismo político y las capacidades burocráticas de un Estado. 

Por Enrique M. Martínez | Instituto para la Producción Popular 

Entre 2007y 2011 me tocó conducir el trabajo de transferencia tecnológica desde el INTI de Argentina hacia el gobierno de Venezuela. Fue un período de trabajo muy intenso y aprendizaje colectivo muy relevante, sobre el cual quedan pendientes los análisis y experiencias de casi 50 protagonistas argentinos distintos, que hicieron sus primeras armas en responsabilidades tan trascendentes.

De tantas y tantas cosas nuevas, me crucé con un concepto que no había debido enfrentar y que recién hace poco tiempo entendí cabalmente. 

Muchos cuadros medios del joven gobierno dirigido por el Comandante Chávez tenían rechazo a la injerencia de la “tecnocracia”. Así nos encuadraban. En su gran mayoría se trataba de cuadros en proceso de transformación, desde la administración de un Estado en que se cuidaba la renta de los poderosos y usualmente se recibía sus migajas, hacia un Estado transformador, consciente de su función, buscando agregar desarrollo y justicia social a la comunidad. El cambio necesario era monumental y Hugo Chávez eligió formar políticamente a esos nuevos protagonistas en Cuba, donde más de medio siglo de historia aseguraba una cohesión ideológica que en su país no estaba garantizada.

El resultado estaba claro para observadores con compromiso y experiencia política, como éramos algunos de nosotros. El discurso antiimperialista, además del resumen de los valores positivos a defender, era homogéneo, abarcando desde la oficialidad militar joven y no tan joven, hasta los funcionarios de cualquier rol. En los casos de vínculo intenso que nos tocó tratar, sin embargo, la traducción del decir al hacer, era precaria y reflejaba debilidades hasta groseras, que asigno al menos a dos causas centrales:

a) El Estado venezolano no tenía tradición burocrática alguna que pudiera trasladarse al nuevo tiempo. Por el contrario, la pasividad, el no hacer, características del período anterior, permeaban con facilidad el momento presente y planteaban el desafío de redefinir una burocracia útil, para la cual no había modelo a copiar.

b) La formación política cubana no era suficiente ni para trasladar una gestión administrativa distinta ni para pensar su complemento ineludible: una gestión técnica eficaz. Los cubanos habían crecido defendiéndose de la agresión y el bloqueo, sin la posibilidad de generar espacios creativos; más bien, fortaleciendo la idea del control y el manejo burocrático subordinado a la lealtad política al vértice.

Esa hegemonía de la mirada política, adelante del rigor administrativo y mucho más adelante de la capacidad técnica, impedía interactuar y en realidad el problema se agudizaba al tener que trabajar con asesores brasileños, iraníes, rusos, chinos o argentinos, a los cuales se veía como meros transmisores técnicos, sin identificación ideológica profunda con sus necesidades. Éramos los tecnócratas.

Esta larga introducción trataré de usarla para caracterizar el problema de gestión pública que creo tiene un gobierno popular en la Argentina.

Cómo se llega

La política argentina ha ido acentuando sin pausa su carácter delegativo, descartando sistemáticamente las instancias participativas, incluso las pautadas en normas constitucionales, como sucede con las Comunas en la Ciudad de Buenos Aires. Un conjunto de compatriotas con desempeño previo en la gestión pública se reúne frente a cada evento electoral, define los candidatos, las alianzas, las propuestas. Y los demás votamos, eligiendo dentro del menú que ellos han configurado. 

Así funciona.

Cómo se gestiona

La gestión, a cargo de los elegidos y quienes ellos eligen para acompañarlos, tiene tres componentes: 

1. Las metas sociales, los resultados que se espera obtener.
2. Los conceptos e instrumentos técnicos propios de la disciplina central asociada a la función.
3. Los elementos administrativos y legales que permiten plasmar las decisiones en normas que trasciendan y que tienen senderos concretos para ejecutarse.

Quien ocupa el vértice decisorio de cada estructura, llega con una definición política del primer punto. Está bien que así sea y sería negativo lo contrario. Su posibilidad de éxito, sin embargo, está íntimamente asociada a la posibilidad de conducir en el segundo y el tercer plano. Si no lo hace, porque no puede o porque no lo cree necesario, aparecen la tecnocracia y/o la burocracia, primero configurándose como entidades autónomas y luego, gobernando. 

No son pocos los Ministros que han pasado por la función y han fracasado, porque se entregaron de pies y manos a un gerente administrativo o de legales heredados, que se encargaron de bloquear toda iniciativa transformadora, con el tradicional “no se puede”.

Tampoco son pocos los Presidentes que entendieron que la economía era cuestión de técnicos, los que a su vez se abroquelaron en supuestas normas intangibles, que definen caminos rígidos hacia adelante. Lástima que de tal forma siempre se chocó con la pared. 

Hay una sola forma convincente de superar el desafío. Quien conduce cada ámbito, desde la máxima responsabilidad nacional hasta cualquier espacio ejecutivo de influencia en la comunidad, debe tener una meta social clara, pero es condición necesaria que la acompañe con el conocimiento de los ámbitos administrativos, legales y técnicos que le competan, con profundidad suficiente para convertirse en interlocutor de los funcionarios de esas áreas. No se trata de saber ni lo mismo o más que el contador, abogado o ingeniero con el cual se trabaja cotidianamente. Se trata de familiarizarse con la tarea cotidiana de cada uno de ellos y ser capaz de interpelarlos desde una lógica que cruce el compromiso político con los instrumentos a utilizar y que haga compatible los dos planos, teniendo presente siempre que el primero –el compromiso político - es inclaudicable.

Los noveles funcionarios venezolanos que hablaban en bloque de “tecnocracia”, lo hacían porque no estaban esforzándose para separar la paja del trigo y entender quienes estaban allí para hacer un negocio, diferenciándolos de aquellos que hacían un doble esfuerzo; transferir técnicas y a la vez entender la construcción de los puentes culturales y políticos que eran necesarios.

Los políticos argentinos que llamaron a Domingo Cavallo como salvador de la Alianza en el año 2001; aquellos que nos explicaron durante toda la primera década del siglo que no se podía mejorar la estabilidad de los empleados públicos, cuando en realidad los burócratas heredados del menemismo les tenían maniatadas sus mentes; los que piensan que los manuales de economía son eternos y deben ser aplicados solo por economistas, de una manera tan rígida que ni un plomero aplica a su mecánica profesión; los que se ubican en el extremo opuesto y creen que hoy pueden dirigir un hospital y mañana un cuartel de bomberos; todos ellos por acción o por omisión, por subordinarse a la burocracia y la tecnocracia o por ignorar que esos colectivos existen; tienen conductas que dañan la democracia, dañan su gestión y particularmente dañan la credibilidad en la política como ámbito superior de concepción y de ejecución de las transformaciones sociales más justas.

Saquémonos las telarañas y las armaduras de encima. 

Ocupémonos.