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Cultura //// 16.06.2019
Una crítica sincera al libro de Cristina

"Constituye un hecho político en sí mismo que la dirigenta con mayor reflexión y mirada integral de los grandes temas nacionales sea capaz también de revisar su accionar. Contra quienes sólo le endilgan soberbia y cerrazón, Cristina ejercita la autocrítica en varios pasajes del libro". Sinceramente, por Horacio Bustingorry.

Por Horacio Bustingorry

 

El libro Sinceramente probablemente sea el acontecimiento intelectual del año. Sin embargo, tamaño esfuerzo no recibió el tratamiento merecido, sobre todo del variopinto conglomerado adverso a la figura de la expresidenta. Abundaron las “críticas” perezosas e infantiles, calcadas unas de otras, de que su libro “destila odio por todos lados”. Tamaña frivolidad para un producto cultural y político tan rico en matices y reflexiones se explica menos por incapacidad cognitiva que por hipocresía analítica o, como dice Cristina, porque a sus detractores les falta sincerarse. En todos los análisis y conceptualizaciones expuestos en el libro lo que se nota es la mirada de una estadista con una visión integral de lo que pasa en el mundo y en el país y con una claridad enorme sobre qué tipo de proyecto defender e impulsar. Con esta obra, Cristina demuestra una vez más su gran capacidad intelectual.

¿Cuál es el contenido de su escrito? Podría sospecharse que sólo consiste en un compendio de los numerosísimos logros de su gobierno y de señalamientos sobre el carácter antipopular de Cambiemos y los desatinos cometidos durante esta gestión. Todo eso está presente y muy bien narrado. Pero hay mucho más. El libro aborda una enormidad de temas y además desarrolla la tan reclamada autocrítica.

Constituye un hecho político en sí mismo que la dirigenta con mayor reflexión y mirada integral de los grandes temas nacionales sea capaz también de revisar su accionar. Contra quienes solo le endilgan soberbia y cerrazón, Cristina ejercita la autocrítica en varios pasajes del libro, una rareza que muchos reclaman pero que pocos realizan. Así, Cristina admite no haber previsto la persistencia de castas en el poder judicial, grupos que finalmente impedirían la reforma proyectada en 2013, o no considerar los intereses geopolíticos en juego cuando impulsó el Memorándum de entendimiento con la República Islámica de Irán. También es capaz de reconocer que para desconcentrar los medios no bastaba con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual sino que hubiera sido necesario aplicar también una ley antitrust. Incluso hace un balance autocrítico a nivel regional cuando plantea que la integración del sector automotriz del Mercosur quedó supeditada a las decisiones de las terminales extranjeras, sin instrumentarse una política común entre Argentina y Brasil para que los contratos con las autopartistas de ambos países fuesen más largos y permitiesen desarrollar innovación y tecnología.

Con todo, las autocríticas más profundas las enmarca en cuestiones de construcción política. Cristina confirma la caracterización que circuló luego del deceso de Néstor de que a ella le faltaba cierto análisis que él le aportaba y que su ausencia dejó un vacío imposible de suplir. Cristina admite que después de la muerte de su compañero alguien debió ejercer el rol de mediador con el peronismo, con el PJ, con los dirigentes. No es casual que en el mismo párrafo reconozca que debió haber evitado que Hugo Moyano se enojara. Este rol atribuido a Néstor es un reconocimiento público de una idea para nada novedosa y que, en gran medida, refuerza la tesis sobre las diferencias entre ambos integrantes de la pareja. A tal punto lleva el razonamiento que se pregunta si la muerte de Néstor pudo haber truncado un proceso histórico.

 El sindicalismo ocupa un lugar destacado entre los actores que Cristina entiende que debió articular mejor. Si bien no esquiva la crítica cuando enumera los cinco paros en contra de su gobierno, reducidos en su interpretación a un reclamo por Ganancias producto del bombardeo mediático, reivindica al actor desde cierta perspectiva histórica. Cristina es explícita en destacar que el feroz ajuste que en 1975 significaba el plan impulsado por Celestino Rodrigo con el apoyo de José López Rega fue enfrentado por la dirección de la CGT con el resultado de la expulsión del “brujo” del gobierno y resalta la aparente paradoja de que eso ocurriese gracias al accionar de lo que se había anatematizado como burocracia sindical. Y, además, al relatar el desencuentro entre Isabel y la CGT durante esa crisis, resalta la importancia de que un gobierno popular cuente siempre con el apoyo de los trabajadores. Reconoce así, medio entre líneas, medio explícitamente, que la falta de apoyo sindical debilitó a su segundo mandato.

 

Sinceramente

Cristina es capaz de esta revisión autocrítica sin necesidad de ubicarse en lo políticamente conveniente. Si algo llama la atención de cada una de las páginas de su libro es la franqueza con que discute todos los temas. Al revés de lo que se le achaca, no hay en ellas una pizca de demagogia o de afán de congraciarse con tal o cual sector. Su mensaje es franco, lejos del frenesí de las encuestas y escrito sinceramente, sin pretensiones de agradar. El libro hace honor a su título. Y así como exhibe autocríticas sobre diversos temas y reconoce la dificultad que tuvo en la construcción política también expone argumentos polémicos, como la crítica a Daniel Scioli por no expresarse públicamente en contra del reclamo de los Fondos Buitre durante 2015 o el cuestionamiento al arraigado machismo de la dirigencia sindical.

Un caso notorio de ausencia de demagogia es el abordaje crítico que hace sobre la sociedad. Cristina no intenta hablar en su nombre, sino que lo hace desde la interpelación. Su planteo no tiene un atisbo de populismo, entendido como decir lo que el pueblo quiere escuchar, sino que invita a la autocrítica y a la reflexión. Cristina se permite revisar las creencias y las ilusiones de la sociedad, los sentidos comunes y la receptividad al discurso neoliberal. Cuestiona, por ejemplo, la creencia de que el Estado siempre ayuda al otro y que lo que uno obtiene es por esfuerzo individual. También realiza críticas más coyunturales como el apoyo electoral a un candidato como Francisco de Narváez, quien en las legislativas del 2009 triunfó con la consigna “alica alicate”. Y se indigna ante la repetición de eslóganes carentes de sentido como el desopilante planteo de que su gobierno se robó un PBI.

Quien suscribe no es afecto a responsabilizar al votante por sus malas decisiones, pero que una dirigente realice este tipo de planteos en un proceso pre- electoral es realmente digno de elogio. Reflexiones de este tenor son en sí mismas un acto de sinceridad, independientemente de que se esté de acuerdo o no con su contenido. Además, es cierto que en esta época de redes sociales, donde circulan por Facebook los planteos más absurdos e irracionales, este reclamo a que la sociedad ejercite su responsabilidad es pertinente y necesario. Cristina acierta al plantear una pedagogía que explica cómo se produce el ascenso social y que descarta la falsa idea de la meritocracia. También tiene razón cuando sostiene que detrás de todos esos sentidos comunes está el accionar de los medios de comunicación y que esos discursos tuvieron una influencia no menor en el triunfo de Mauricio Macri en 2015. El tema es si ese machaque mediático es suficiente para explicar la derrota electoral de ese año. O si es necesaria profundizar la autocrítica realizada por Cristina para dilucidar con mayor claridad lo ocurrido.

 

Un debate sincero

El alcance de la autocrítica realizada por Cristina tiene límites, no por su extensión, sino por su contenido. No es la predisposición al balance lo que puede objetarse sino los términos en que fue realizado. Porque si bien las revisiones de lo actuado son abundantes, no están dirigidas a intentar explicar la derrota frente a Cambiemos. Y los elementos autocríticos presentados tampoco alcanzarían para hacerlo.

Cristina se pregunta qué se hizo mal para que gane Cambiemos. La explicación la ubica en el gran poder de los medios de comunicación y la receptividad social a dicha prédica. Incluso se pregunta si en la actual etapa civilizatoria el control de los medios a la sociedad es tan grande que es imposible reaccionar y romper con la sumisión. Tan al extremo lleva el argumento que según ella el poder de Macri lo construyó Héctor Magneto y no Durán Barba. No extraña entonces que una de las conclusiones del libro sea que el principal problema a resolver de la Argentina es el enorme poder del Grupo Clarín.

Circunscribir toda la explicación del triunfo de Cambiemos a la prédica de los medios es insuficiente. Desde el primer día del gobierno de Néstor existieron embates mediáticos contra el kirchnerismo. Podrá objetarse que no fue el caso de Clarín. Pero ya desde 2006 este multimedio fue construyendo un discurso opositor que, sin embargo, no impidió que Cristina triunfase en las dos elecciones presidenciales en las que participó. Es más, en el momento de mayor virulencia en su contra ella alcanzó el notable triunfo del 54%. La oposición mediática no era más fuerte en 2015 o 2017 que en 2011 y sin embargo los resultados no fueron los mismos. Un accionar de larga data que solo tiene efectos en coyunturas determinadas amerita un análisis más preciso. La pregunta entonces es por qué los discursos mediáticos opositores contribuyeron al triunfo de Macri en 2015.

No es posible explicar la derrota de ese año sin referirse a los indicadores socioeconómicos del segundo gobierno de Cristina. Independientemente de la evaluación que pueda hacerse de las medidas tomadas, los resultados no fueron los mejores. Dentro de la década ganada fueron cuatro años de estancamiento. Cristina reconoce que había problemas, pero a reglón seguido plantea que “solo los muertos no tienen problemas”. El tema es no reconocer que esos problemas bastaban para desear algún tipo de cambio de rumbo. Que con Macri la cosa iba a empeorar lo sabíamos la militancia y un sector de la población pero no el conjunto de nuestro pueblo. La operación mediática residió en ese factor de ocultamiento pero no en la invención de un malestar que existía y que tenía razones objetivas.

En este sentido sería erróneo considerar que los medios legitimaron un retroceso socioeconómico. Puede ser que se convenza a algún sector de la población de la necesidad del ajuste como insinúa Cristina en la página 570. Pero el malestar de la mayoría de nuestro pueblo estriba en no poder mejorar su situación. Fue eso lo que llevó al triunfo de Macri y es esa misma cuestión la que hace peligrar su reelección. Equivoca Cristina cuando comparte con el periodista Jorge Halperín que los ejes de Cambiemos fueron solo la denuncia contra la corrupción, el sinceramiento de tarifas y la meritocracia. Ese repaso omite que Macri también ganó las elecciones con la promesa de “pobreza cero”, brindando un mensaje de esperanza. En ese sentido, el voto a Cambiemos no avaló estar peor, sino que se hizo desde la aspiración de estar mejor.

Lo que sí hicieron los medios fue proveer explicaciones al malestar y un lenguaje reaccionario acorde. Ante situaciones que causan frustración como laburar todo el día y no mejorar el poder adquisitivo, el “planero” es la excusa de tales dificultades. Ante problemas estructurales como la inflación y la precarización laboral, “los vagos mantenidos” son una burda pero efectiva explicación a esos males. Son problemas reales los que llevaron a que parte de la población esté receptiva a las mentiras y a las ilusiones de la derecha. Los cantos de sirena mediáticos solo fueron efectivos cuando hubo condiciones para ello.

En el mismo sentido, parece poco plausible explicar los paros generales por una cuestión de género. Este factor que Cristina pone sobre sobre la mesa seguramente influyó en las formas que adoptaron las protestas con críticas machistas a su figura. Pero de ninguna manera fueron la causa de las medidas de fuerza. Cuando Cristina analiza el primer paro general contra un gobierno peronista no pone el eje en que fue realizado contra una mujer, sino que analiza el programa económico impulsado por Isabel. ¿No cabría buscar una explicación de esa índole en su caso también? Nuevamente, son los resultados socioeconómicos del segundo gobierno de Cristina los que deben considerarse. ¿O acaso la dirigencia sindical no era igual de machista durante su primer mandato? Y, sin embargo, en ese lapso ningún paro general fue organizado en su contra.

 

Un proyecto sincero y popular

Cristina tiene razón cuando plantea al final del libro la necesidad de un nuevo contrato social. Según su concepción debería abarcar “no solo lo económico y social, sino también lo político e institucional” y ser cumplido por todos los actores que lo suscriban. Es importante que remarque la importancia del cumplimiento de un acuerdo de este tipo. Pero más importante son los alcances de ese compromiso. Si involucrará, por ejemplo, reformas estructurales al estilo del Pacto Social de Gelbard −reivindicado por Cristina en la presentación en la Feria del Libro−, o se reducirá a un acuerdo dentro de un modelo no tan alejado de lo realizado en los últimos 12 años.

El principal problema del país no es la mentira. Lo que urge resolver son los grados de desigualdad que genera el esquema socioeconómico más profundo en que Argentina está inserta desde la última dictadura. Solo así podrá evitarse que la derecha triunfe con la complicidad mediática y judicial. No basta entonces con un contrato social. Es necesario construir otro tipo de capitalismo.