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Cultura //// 02.06.2019
Sylvia Plath, Medea y la maldición de ser mujer

"Las mujeres –esos seres insensatos, presas de la pasión y de la locura, feroces y destructivas– en Grecia estaban destinadas a la reproducción, a la reclusión en el hogar y a la servidumbre". La poeta María Magdalena comparte un texto sobre Sylvia Plath y Medea que forma parte de su libro en construcción sobre Plath y el amor patriarcal.

Por María Magdalena

 

Acto I.

Medea, gran hechicera, hija del rey Etes de Colchis y de la ninfa marina Idia, se enamora de Jasón, con quien se casa y tiene dos hijos en Grecia. Jasón la abandona para casarse con la joven hija del Rey de Corinto, Glauce. Medea es así traicionada por el hombre por quien abandonó su tierra, su hogar y su familia, y lleva a cabo su venganza impulsada por la deshonra y el destierro: ¿qué ganancia para mí es vivir? No tengo ni patria / ni refugio de los males. Prepara una pócima mortal y la impregna en un vestido y en una corona que luego enviará como dones a la prometida de Jasón. Glauce muere, y también su padre al abrazarla. Luego acuchilla a sus hijos y huye de Corinto en un carro tirado por caballos alados. Eurípides convierte a Medea en filicida, en las versiones anteriores de la tragedia los niños morían pero no a manos de ella.

De todas las cosas que están vivas y tienen entendimiento, / las mujeres somos la especie más despreciable. / En primer lugar, es necesario que ellas compren un marido, / mediante una gran cantidad de riquezas y que tomen / a un amo del cuerpo. Pues es un mal todavía más doloroso que cualquier otro (…) Y para nosotras es necesario dirigir la mirada a uno solo. / Y nos dicen que vivimos una vida sin peligros / en las casas y que ellos combaten con la lanza / Necios, que querría estar con el escudo /tres veces antes que dar a luz una vez[1].

Las mujeres –esos seres insensatos, presas de la pasión y de la locura, feroces y destructivas– en Grecia estaban destinadas a la reproducción, a la reclusión en el hogar y a la servidumbre. Quizás como intento de domeñar ese espíritu demoníaco que se le ha adjudicado desde tiempos inmemoriales. ¿No es por la pecaminosa Eva que los hombres han perdido el paraíso? ¿Y no es Pandora la culpable de haber desatado todos los males sobre la tierra, el origen de la maldita raza de las mujeres, una plaga que los hombres tienen que sobrellevar[2]? Jasón añora un mundo sin “linaje femenino”, una fantasía frecuente de la época. Según él, Medea no es mujer sino leona feroz, infanticida. Medea no es mujer porque no es madre. Una madre no mata a sus hijos. Pero un padre puede abandonarlos y ninguna maldición caerá sobre él. El patriarcado tiene a Dios de su parte, escribe Kate Millet.

Acto II.

«Haber nacido mujer es mi gran tragedia», escribió Plath en su diario, a los 21 años. El lunes 11 de febrero de 1963 preparó el desayuno para sus hijos, puso toallas debajo de las puertas, se encerró en la cocina, metió la cabeza en el horno y abrió el gas. Un modo de morir holocáustico. Creo que podría ser un poco judía, dice en el poema “Daddy”. George Steiner sugiere que allí Sylvia se vuelve “una mujer transportada a Auschwitz en los trenes letales”[3], aun sin ninguna ascendencia judía en sus antepasados. Pero unos años antes, fue también el modo de morir que Ted eligió para un pájaro que habían rescatado y cuidado durante varios días: el gas de la muerte fluyó a través de un tubo desde la cocina hacia la caja de cartón donde estaba resguardado. Luego, Ted se lo entregó “intacto, perfecto, hermoso en su muerte”. Lo enterraron en un parque, bajo una piedra, en una especie de ritual sagrado. A ella, Ted la enterró en el borrascoso pueblo de Heptonstall, Inglaterra. El sufrimiento es tiránico, escribió en su diario. Lo es.

¿Acaso no se debe esto, como siempre, al hecho de que el mundo es de los hombres? Porque incluso cuando un hombre decide ser promiscuo puede seguir tapándose la nariz ante la promiscuidad para mantener las formas, puede seguir pidiéndole a la mujer que le sea fiel, que lo salve de su propia lujuria. Pero las mujeres también desean. ¿Por qué tienen que quedar relegadas a la posición de quien controla las emociones, cuida de los hijos, alimenta el espíritu, el cuerpo y el amor propio de los hombres? Haber nacido mujer es mi gran tragedia. Desde el momento en que fui concebida quedé condenada a tener pechos y ovarios en lugar de pene y testículos, a que la esfera entera de mis actos, mis pensamientos y mis sentimientos quedara estrictamente limitada por mi femineidad inexorable. Sí, mi deseo ferviente de alternar con obreros, marineros y soldados, con los parroquianos de los bares –de ser un personaje anónimo de la obra para escuchar y observar– resulta imposible porque soy una chica, una mujer, siempre expuesta al peligro de una agresión. El irreprimible interés que me inspiran los hombres y su vida a menudo se confunde con el deseo de seducirlos, o se interpreta como una invitación a la intimidad. Pero, por Dios, yo solo quiero hablar con todas las personas que sea posible y profundizar todo lo que sea capaz. Me gustaría poder dormir a cielo abierto, viajar al oeste, pasear libremente por las noches[4].

Epílogo

La tragedia puede aludir a un desenlace funesto provocado por una fatalidad. En el intrincado pasaje de la niñez a la pubertad, solemos intuir que lo femenino está atravesado por algo de la maldición, de la fatalidad, de la mala suerte. Estamos más cómodas en la indeterminación corporal de la infancia, que todavía no limita nuestros actos, pensamientos y sentimientos, al decir de Plath. Pero de a poco comienza a gestarse la construcción de la desgracia. Marcela Lagarde, basándose en Franca Basaglia, afirma que las mujeres hemos sido definidas ontológicamente como “seres para otros”: cuerpo erótico para el placer de otros, cuerpo estético para el goce de los otros, cuerpo nutricio para la vida de otros, cuerpo procreador para la vida de los otros[5]. La maldición no es anatómica (¡la culpa es de los úteros migrantes!, decían antaño), ni psíquica (¡estamos castradas! ¡Hijo o pene!), tampoco metafísica (¡estamos poseídas por el demonio y somos insaciables y pecadoras!, dicen todavía ahora), sino política. La maldición de nacer mujer es política.

¿Qué hacer con la deshonra y el exilio en un mundo en el que ser mujer es una tragedia? Si decimos que no somos histéricas sino históricas, es porque apostamos a la subversión y a la revuelta: aquello que nos fue dado como condena ineludible lo estamos transformando en nuestra mayor fuente de resistencia para cambiar el mundo. Todas somos un poco judías. Y todas somos un poco Medeas, también.

 

[1] Eurípides, Medea, Buenos Aires, Losada, 2015, p. 50.

[2] Citado por Millet, K. en Política sexual, Madrid, Cátedra, 1995, p. 114.

[3] Steiner, G., Lenguaje y silencio, Barcelona, Gedisa, 2003, p. 341.

[4] Plath, S., Diarios completos, Barcelona, Alba, 2016, p. 93.

[5] Lagarde, M., Claves feministas para mis socias de la vida, Buenos Aires, Batalla de ideas, 2015, p. 181.