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Cultura //// 29.07.2018
Solari-Baker: el swing que nunca descansa

"Un tipo que supo ser padre de ciento de miles de pibes y pibas en medio de ausencias parentales y estatales, trae consigo ese bagayo vivencial que lo catapulta a ser un pilar fundamental de la cultura popular argentina. ¿Pero dónde ubicamos a Chet Baker en el lado solariano de la vida?" Por Javier Tucci.

Ilustración: Leo Sudaka

Por Javier Tucci

 

Allá por el año 2004, con la salida del Tesoro de los Inocentes, los que en 2001 nos habíamos quedado casi huérfanos con la desaparición de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, entendimos que Carlos Alberto Solari - hoy camuflado en las pieles de Protoplasman o simplemente el Míster - no tenía ninguna intención de retirarse de los escenarios, ni de las vidas de aquellxs que habían sabido agruparse como guetto identitario en los recitales de los Redondos durante los años noventa.

Juntarse, peregrinar y hasta adorar a aquellos antihéroes, era la resultante de una necesidad de hacerle frente a la globalización de la economía de la larga noche neoliberal que había elevado la exclusión social, formando una homogenización cultural y un individualismo en las relaciones sociales. Pero aquí no venimos a rememorar nuestras vidas ricoteras sino a pincelar, desde el atrevimiento total, las influencias del Indio en este pedacito de tiempo donde El Ruiseñor, el Amor y la Muerte, cobijan el pasado, el presente y el futuro de uno de los artistas más inquietantes e interesantes de nuestra cultura.

Es por eso que en el intento de rastrear sus influencias artísticas, podemos imaginarlo recién llegado a la ciudad de La Plata charlando con Guillermo Beilinson, el hermano de Skay, sobre los viajes que Jack Kerouac protagonizó en la década del ’40 por el Estados Unidos profundo post depresión económica, al compás del jazz Bebop, o bien junto a Ricky Rodrigo en los ensayos que se realizaban en los primeros años setenta en el Pasaje Rodrigo, ubicado en 51 e/ 4 y 5, tratando de descifrar mensajes encriptados del libro escrito en 1964 por Timothy Leary sobre la experiencia psicodélica, basado en el libro tibetano de los muertos.

Ahora bien, cuando entre tantos escritores, músicos y artistas que este suplemento de cultura nos dio a elegir para homenajear el camino introspectivo a lo largo de su vida, no dudé en Chet Baker. Fue así que en una habitación nocturna de Monte Hermoso (ando en un  viaje corto y he olvidado la notebook, así que todo lo apuntado proviene de tachones provocados por una lapicera extinta que quedaron en un cuaderno), linkié inmediatamente este paralelo fantástico. Volviendo a la dualidad Solari-Baker, hay algo en el Míster que te lleva a las composiciones jazzeras, a ciertos artistas como Baker, ese diablillo blanco que supo trompetear junto a Charlie Parker y Stan Getz y que en su fecha de muerte se arrojó por la ventana de un piso en Holanda, producto de un chutazo de heroína. Hay algo en la voz y la sutileza filosófica de Baker que te transporta a Solari, quien tranquilamente podría encontrarse en el Nigth Club de Los Ángeles rodeado de negros y negras con un vaso de whisky en la mano, donde nadie puede dejar de observar a ese mitad ángel mitad demonio que improvisa y de a ratos emprolija su jopo.

El arte aventurado y permeable del Indio, proviene del accionar de corredores chamánicos donde el swing es el segundo a segundo para balancearse y crear un movimiento armónico, que va desde las entrañas hasta lo más afuera de sí, para convertirse en aura, porque el Indio primero es Indio y luego Carlos Alberto. Hijo pródigo de una contracultura mitad hippie, mitad anarco performática autogestiva, mezclado con lo mejor del cuentista y filósofo que no duda en hacer catarsis constantemente, ha nombrado al mundo respirando el mismo hollín que respiró Javier Martínez para su prosa porteña, en un intento por ponerle voz a los acontecimientos de una generación.

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Pocxs artistas han sabido utilizar las herramientas socioculturales y políticas que la propia historia de los últimos cincuenta años ha vomitado por estas latitudes y más allá también.

Un tipo que supo ser padre de ciento de miles de pibes y pibas en medio de ausencias parentales y estatales, trae consigo ese bagayo vivencial que lo catapulta a ser un pilar fundamental de la cultura popular argentina. ¿Pero dónde ubicamos a Chet Baker en el lado solariano de la vida? Quizá podamos rastrearlo en su devenir nómada, en las performances platenses del Teatro Lozano tratando de sacar alguito de aquella puesta de Monona Blues, inspirada en coreografías afrojazzeras o quizá en la ‘Piba de Blockbuster’, donde los caños se entremezclan con la voz negra de la costarricense Débora Dixon, posibilitando viajar de Ituzaingó a California en solo un segundo.

Es inevitable jugar y aventurar lugares y secuencias que unan a Solari y a Baker. Situémoslo al Míster en su nido de Parque Leloir acompañado por ese cristal cargado de whisky del mejor, dejando caer todo el peso de su hermético ser en almohadones que devuelven un tempo beatnik, no sólo a través del aullido de Allen Ginsberg que asoma desde su biblioteca, sino desde la experiencia de pinchar vinilos de Dizzy Gillespie, John Coltrane, Miles Davis o Thelonious Monk. Eso sí, el disco con las mejores canciones del cool jazz de finales de los ’50 donde asoma esa primera versión de ‘My Funny Valentine´ por Baker-regalo de Leopoldo Marechal de cuando se lo encontraba en la playa de Valeria del Mar- lo tiene reservado para el encuentro con Enrique Symns, que seguro podrá concretarse luego de tres largas décadas en el taller de Constitución donde el viejo monologuista de los Redondos brinda su curso de escritura. Allí lo espera con whisky del peor y un winco mono stereo del ’68, lo único que el autor de El señor de los venenos traslada de aquí para allá, entre pensiones y hospicios de mala muerte que lo cobijan.

A Baker le rompieron la nariz, tuvo un trauma severo en el cuello y perdió casi todos los dientes, luego de recibir una golpiza por sus deudas contraídas con líderes dealers sin freno. Así y todo, casi sin poder apoyar los labios en el instrumento de viento, Baker insistió y volvió años más tarde a los escenarios luego de luchar contra algunos demonios. Por su parte, el señor Parkinson golpeó la puerta de Carlos Alberto el Indio Solari, sin degenerar ni una célula en su devenir artístico. La música puede más que ninguna otra medicina.

Sin importar el maldito paso del tiempo, las miserias y los vicios mundanos, está más que claro que el sonido y el movimiento te atraviesan de por vida para continuar dándole forma a esas pinturas que están por venir, donde siempre encontraremos martinis y tafiroles, el desgarro de los desangelados y el mejor jazz improvisado para tomar envión.