Cultura //// 14.04.2019
Rappi: ficción sobre la precarización de nuestros días

"Pedaleo hasta una tienda de hamburguesas donde normalmente esperan varios de mi especie. Es primera vez que voy, en un intento desesperado de socialización. Sentados en la cuneta, hay más repartidores que nunca".

Por Carlos Guillermo Fuentealba 

 

Al mediodía, la calle es una suave exhalación de tibieza otoñal.

Pero tras la puerta del McDonalds, todo es parte de la blanquecina histeria del neón. Una veintena de repartidores se agolpa frente al mostrador exhibiendo sus pantallas de teléfono. Del otro lado del mesón, una chica pecosa espera, colapsada, a que funcione el único Tablet dispuesto para procesar los pedidos. La escena se asemeja a la llegada de algún deportista famoso al aeropuerto entre un mar de periodistas que intentan primerearse para obtener una conversación imposible.

“¿El pedido de Atahualpa?” gritan desde el otro lado del mostrador y un pequeño mulato desaparece resbaladizamente entre los codos que empinan celulares y las voluminosas mochilas cuadradas. Cuando aparece de nuevo tiene una bolsa de papel con comida en una mano y unacoca cola en la otra. Se sienta en una mesa y les toma una fotografía.

-¿Te llamas Atahualpa?- le pregunta un tipo con acento venezolano.
-Así es- responde el mulato sin siquiera levantar la mirada.
-¿Ese es el de Perú, no? ¿El que descuartizaron?
-Sí, pero yo soy de Colombia- responde el mulato- ¡Buena suerte!- y sale raudo a coger su bicicleta.
El venezolano se da vuelta y me mira con una expresión resignada.
-¡Cuánto se demoran ¿no?- se ve que quiere conversar.
-Una brutalidad- suspiro.
-¿Tú si eres de Perú?
-No, de Chile.
-Ahh… Chile ¿Y qué haces por acá?

Lo miro con cierto filo.

De pronto se escucha un gran ruido. A la vendedora colapsada se le cayó una bandeja y se derramó toda la coca cola sobre el Mc Combo. Ella lo recoge todo de inmediato y esboza una sonrisa muy tensa. Parece a punto de quebrarse, así que es mejor no mirarla.

-Dicen que la economía en Chile está muy bien. Quizás yo me vaya el próximo mes para allá.
-Buena suerte con eso, amigo.
-El PBI va para arriba ¿No es así?
-Así dicen.
-¿Cómo? ¿No es así?
-No sé. Son xenofóbicos por allá.
-Ah, sí. Me han dicho eso, pero no me importa. Si hay trabajo allá hay que ir.
-Es una manera de verlo. No creo que consigas algo muy distinto a esto.
-Unos amigos me dijeron que sí, que abrieron su propia empresa.
-Bueno, suerte con eso entonces.
-¿Y tú por qué te viniste acá?
Lo miro con un rechazo evidente.
-Creo que ya me está mi pedido- le digo y me escabullo por donde antes lo hizo Atahualpa.

Junto al mostrador, cuatro tipos llaman a los gritos a otra muchacha que reemplazó a la pecosa, pero que tampoco logra hacer funcionar el Tablet. “Bueno, hazlo manual”, le dice una compañera al paso. La mujer, entonces, rompe su timidez y levanta la voz para pedir orden. Después de unos segundos, estamos todos callados y formamos una fila. Ella anota los nombres de cada uno y nuestros números de identificación. Adelante mío en la fila, queda una pequeña adolescente que no levanta la cabeza y mira su teléfono pasmada. “La ciencia revela la primera foto de un agujero negro en la historia”, logro husmear.

Media hora después estoy tocando el timbre de un edificio, a dos cuadras de allí. Nadie contesta. En el chat del pedido me aparece el nombre de Ernesto Lafuente. “Buenas tardes, Ernesto, soy Guillermo de Rappi. Estoy abajo con tu pedido”, le escribo. Nada. Vuelvo a tocar el timbre. Pasan diez minutos y me decido a llamarlo. Puede que me salga más cara la llamada que la ganancia por la entrega, pero bueno, estoy aburrido de esperar. Qué miseria. “Oh, disculpa, ahora bajo”, me contesta. “Ih, diskilpi, ihiri biji” pienso. De pronto, se asoma por la escalera un inmenso tipo gordo, rubio y barbudo, aún en pijama. “Disculpa, viejo”, me dice mientras le paso la comida. Sus ojos no mienten: está fumadísimo. No me deja propina.

“¿Vale todo esto la pena?” me pregunto mientras pedaleo y de inmediato, como si del otro pedal, guiado por una cadena de bicicleta, se me aparece la idea siguiente. “Más vale no pensar. Aquí y ahora, Guillermo, aquí y ahora”. Freno en seco y desde un auto me insultan. “No, no vale la pena”, pienso y desconecto la aplicación del celular.

Decido ir a acostarme un rato a un parque y disfrutar algo del sol. Allí, un viejo que da de comer a las palomas se ríe cuando me ve abrir la mochila gigante para sacar de adentro un pequeño librito. 

Leo tres estrofas del Tao y llego a una que dice:
El universo no tiene sentimientos;
todas las cosas son para él como perros de paja.
El sabio no tiene sentimientos;
el pueblo es para él como un perro de paja.
El universo es como un fuelle,
vacío, pero nunca agotado.
Cuanto más se mueve,
más produce.
Quien más habla
menos le comprende.
Es mejor incluirse en él.

Me quedo pensando e intento mirar el parque con un aire oriental. La caída de las hojas… no sé. Del otro lado, el viejo aún alimenta a las palomas y sigue riéndose. Me acuerdo de Owen Wilson en Viaje a Darjeeling y suelto una carcajada. Miro al viejo, que ahora me mira serio. Media hora después estoy entrando a una Farmacity de Recoleta. Cuando le doy click al botón de “Ya estoy en la tienda”, la interfaz me informa que debo comprar un test de embarazo. No especifica nada. Llego hasta la góndola donde hay cuatro tipos distintos, de precios muy diferentes también. Voy al chat y le escribo: “Hola Marisol, me podrías decir qué marca de test necesitas”.

Pasa un minuto y responde: “El más barato”. Me fijo bien y el más barato es efectivamente muy barato. Yo cobraré el doble de ese precio por hacer ese despacho y es primera vez que se me da esa relación. Compro el test y la aplicación me informa que debo ir a dejarlo a Barracas, o sea, cruzar media ciudad y en horario punto. Con razón estaba “bien” pagado, pienso, pero por lo menos oficiaré de cigüeña, lo que siempre ha sido una noble misión. O quizás de Heraldo Negro: “Hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé”. Me río solo esquivando autos por Pueyrredón, imaginando la historia de Marisol. Me propongo ser lo más diligente e inexpresivo posible.

Media hora después mi bicicleta va sacudiéndose por una calle de adoquines y yo canto para que se me corte la voz con cada salto. Encuentro la dirección y es una casa colonial enclavada en un viejo barrio industrial. Esta vez no hay espera, me abre de inmediato una joven de unos veinte años, con dos chicos que se le abrazan y esconden tras las piernas. No parece drogada, como mi morbo de caricaturas cinematográficas esperaba, pero sí tiene unas ojeras importantes. No intercambiamos mensajes, sólo una mirada que me entristece un poco.

Mientras cruzo la línea del tren me doy cuenta de que se ha nublado bastante y puede que pronto llueva. Pero no: media hora más tarde ya volví a Recoleta, donde hay más pedidos, y no cae ni una gota. Tampoco cae ningún pedido y ya empieza a doler la espalda. Pedaleo hasta una tienda de hamburguesas donde normalmente esperan varios de mi especie. Es primera vez que voy, en un intento desesperado de socialización. Sentados en la cuneta, hay más repartidores que nunca.

Estaciono la bicicleta y rápidamente un venezolano me dirige la palabra.
-¿Viste que prohibieron Rappi, Glovo y Pedidos Ya?
-¿Qué?
-Eso. No están cayendo pedidos al parecer.
-¿Quién las prohibió?
-El Gobierno de la Ciudad, por reclamo del sindicato.
-¿Hay sindicato?
-Así dicen
-¿Y qué piden?
-Que nos den cascos y que nos reemplacen estas mochilas por cajas para la bicicleta.
-Seguro nos la van a cobrar a nosotros.

-Seguros, sí, también que nos pongan seguros de vida y de accidente.
-Bueno, parece bien.
-Sí… vaya a saber uno.
La desesperanza de su mirada es brutal.
-Habrá que irse a Chile- le suelto- dicen que la economía allá va bien.
-No joda- me responde y ambos miramos al piso.