Cultura //// 15.04.2018
Patria

"Esperaste, hábilmente, ese hueco que se genera, indefectiblemente, cuando se disipan las carcajadas, justo tras uno de tus exitosos chistes. De pronto gritaste, desaforado, ¡Viva la patria!". Cuento de Demian Konfino.

Por Demian Konfino

No sé si se dieron cuenta lo que pasó recién. Brindamos por la piba del Tano que va a nacer en un mes; por la salud de tu vieja, Toni, Dios quiera que se mejore. Seguro que sí. El Negro dijo que este año se les da, Vamo Lobo que este año damo la vuelta… Así lo gritó el caradura, sin ponerse colorado. Claro, ¿qué pensabas, que no nos íbamos a cagar de risa, gil?

En eso estábamos, levantando la copa, una y otra vez, por las cosas que nos importan. Y en eso el boludo del Bebe pide silencio. Lo dijiste así, despacito, Cállense muertos. Esperaste, hábilmente, ese hueco que se genera, indefectiblemente, cuando se disipan las carcajadas, justo tras uno de tus exitosos chistes. De pronto gritaste, desaforado, ¡Viva la patria!

Les juro que me bloqueé. Corríjanme, creo que el vacío duró más de un minuto, hasta que el Chacho devolvió un tímido Viva.

Y por suerte saliste con otra cosa.

Bueno, fueron algunos segundos, no importa. A lo que voy es que en quince, veinte años de amistad que tenemos, desde que empezamos la secundaria ¿ustedes recuerdan que alguna vez hayamos hablado de la patria?

Bebe ¿de dónde sacaste eso? ¿Cómo mierda se te ocurrió? 

Por favor. Patria ¿Qué carajo es eso, guacho?

Les voy a decir algo.

Ustedes saben que, en casa, a duras penas llegábamos a fin de mes. Mi viejo hacía de todo para conseguir el pan. Casi ni lo veíamos en todo el día. La vieja se hizo cargo de todos nosotros. Saben lo que debe ser siete hijos varones y dos mujeres ¡Madre santa!

Todos tenemos alguna historia parecida. Sino, no nos hubiésemos conocido en la Nocturna. Tuvimos que laburar desde pibes. Algunos, gracias a Dios, pudimos recibirnos del bachillerato. Otros dejaron rápido, pero tienen su familia. Su ranchito. Casi todos tenemos nuestra motito. Incluso el cheto del Tano, que ahora anda de corbata cagando ahorristas, llegó a tener el auto.

No. No hagás así con la cabeza. No es que estoy melancólico.

Vos me contaste, Tano, cuando en la escuela te jodieron porque eras de River y un día apareciste con la de Boca. ¿Y qué les ibas a explicar, qué era la única que tenías, qué vino en una bolsa de donación de la parroquia, qué vos ni te animaste a protestar cuando tu vieja te la puso porque sabías como ella chivaba para que vos y tus hermanos pudieran ir a la escuela?

Bueno, a mí me pusieron una vez la de los mates, porque mi viejo laburaba en Tuqsa en ese momento. Sí, los camiones de basura que habían firmado con el Municipio. Y Tuqsa auspiciaba la camiseta del añejo y querido Argentinos de Quilmes. En ese entonces nosotros vivíamos en el Monte, a pocas cuadras de la cancha. Pero yo era, soy y seré enfermo de Quilmes.

El viejo, ustedes saben, había parado en la barra mucho tiempo, hasta que se pudrió todo con el Negro Thompson. Así y todo, un sábado a la mañana vino y me dijo Gustavito, mirá lo que tengo, hoy salís de mascota con el primer equipo, esta es un regalo del patrón. Juegan con Alem. Ya hablé con don Alcíbiades, para que te saque lindo en la foto.

¿Qué le iba a decir? Se la había regalado el patrón. Para mí, su pibe ¿Saben con qué orgullo había diagramado todo el plan?

Al día de hoy conservo la foto, con el once inicial de los mates. Estoy hincado, apoyándome en una Pinter preciosa, blanquísima, con sus estrellas cada vez más negras. ¿Se acuerdan de esa bola? Era un sueño. Y ¿de Martín Di Diego? ¿Se acuerdan?, el pechofrío que pintaba bárbaro, de las inferiores de Quilmes. Bueno, el tano Di Diego se apoya en mi espalda en la foto.

Desde ese día, no me lo van a creer, supe que quería ser basurero cuando fuera grande. Eso que mi viejo había hecho de todo. Tornero en una metalúrgica. Albañil para una constructora de Berazategui. De joven laburó muchos años en una fábrica textil. Más tarde se embarcó en la marina mercante.

Pobre el viejo, grande y todo, cuando fue la crisis, sí, en el 2000, se hizo cartonero el pobre. De todo hizo el Pedro. Y yo elegí ser lo que soy por ese gesto del Jefe, fijate vos. Todavía tengo guardado los pantalones de gabardina naranja de la Municipalidad, los del viejo.

Una vez el Bebe me cagó a pedos. Me dijo Sobrás para la categoría, hermano, ¿te acordás?, Estás recibido y tenés un laburo de mierda. Tenés que apuntar más alto, vos que podés.

Y yo le contesté, me acuerdo patente, Todos podemos apuntar más alto. Vos también Bebe. Solo nos lo tenemos que proponer y hacer. Pero a mí me gusta mucho mi laburo.

Tantísimo tiempo hice camión, ustedes saben. Eso me encantaba. Jugaba a embocar las bolsas. Me creía Jordan. Varias veces me engancharon relatando Pichi Campana para treees

Corría. Saltaba. Cuando me paraba en el estribo, estiraba el cogote, cerraba los ojos y escuchaba el viento. Empecé en la propia Tuqsa hasta que cerró. Hubo un negociado raro ahí. Decían que la firma era de un concejal que no sé cuánta guita se había llevado. Que sé yo. Lo único que supe es que, rápido, cuando todavía estaba en la nocturna, conocí la desocupación, ¿se acuerdan? Durísimo es eso. Realmente no se lo deseo a nadie. Ni siquiera al guacho ese que se cogía a la Andrea.

Sí. Cornudo. Ya fue. ¿Alguno cree que se va a salvar de los cuernos? Hay varios con los que ya compartimos el gremio, y los que no, les falta poco.

Bueno, después pasé por Ceamse, Cliba. Todas empresas del rubro.

En una época, cuando estaba la novela esa, Campeones, las minas se nos pegaban. Increíble. Cierto que rebalso de facha, pero creían que todos éramos Mariano Martínez.

Ahora trabajo para Urbasur, hago la zona de Boedo. Cada tanto mando un quiebre o un tarareo del tanguito ese San Juan y Boedo antiguo y más allá la inundación

Me estoy yendo por las ramas de nuevo. Vayamos a lo importante.

Una fría noche de junio pasaba por una Iglesia, la Santa Cruz, ahí en Boedo, como les dije. En eso estaba persignándome, cuando veo entrar a unas señoras, grandes, ancianas, con pañuelos blancos sobres sus cabellos, atados al mentón, en nudo de dos vueltas. Yo las había visto en la tele. Las Madres de la Plaza de Mayo. Las del golpe del 76. ¿Se acuerdan que lo estudiamos eso? Sí, con Aldo, el profe de Historia.

Para asegurarme, consulté con un Don, bien arreglado, que estaba parado justo en la esquina de Urquiza y Estados Unidos. No solo corroboró, sino que agregó Acá el hijo de puta de Astiz, marcó a las Madres, como Judas, para que se las chuparan en la dictadura.

Me quedé duro, pensando. Me comprometí, enseguida, a conseguir esa historia e informarme. La sensación de estar frente a la Historia me había paralizado. Nunca me había sucedido.

El camión me había dejado dos cuadras atrás. Pablo, el conductor no se había dado cuenta, porque mi otro compañero, Oscarcito, seguía con la recolección. Tuvieron que dar la vuelta para recogerme. Dale boludo, subí, me gritaron.

Creo que no tuvo nada que ver con este episodio. Sin embargo, unos días más tarde, me explicaron que las necesidades funcionales de la empresa necesitaban de mis servicios en otra área. Que me tenía que animar y que no podía decir que no. Es decir, me avisaron que no iba a hacer más camión.

Loco, se me cayó la estantería abajo, como quien dice. Ahora iba a pasar a la escoba. Barrendero, sí. El carro, el tacho, la bolsa, los guantes, las botas, la escoba y la pala. Todo eso más un hermoso uniforme nuevo con esas cintas que brillan en la noche, para que nadie te lleve puesto.

La cuestión es que –no me quiero desviar de lo que les quería contar– habiéndome acostumbrado a barrer los sumideros y las canaletas, nunca me había tocado salir durante un diluvio. No se imaginan lo que es eso. Una tremenda aventura.

Era una noche de agosto. El frío calaba los huesos. Había garuado un poco, durante la tarde. Cuando salía para el laburo, el cielo se había encapotado. Una manta espesa de algodón gris rata se había adueñado de toda la inmensidad. Un rayo, al oeste, fue el primero en quebrar la monotonía oscura del atardecer. Un trueno polifónico hizo trastabillar los cimientos de la ciudad.

Fiché en la empresa y metí un padrenuestro –en voz baja– para que todo estuviera bien. Me cambié y a los diez o quince minutos salí. Los sumideros, nos habían recomendado antes de cruzar la puerta.

Media cuadra nomás y se largó con todo. Eran piñas que caían del cielo, muchachos. Pispié, de reojo, para arriba y me pareció ver miles de viejas arrojando baldazos de agua fría. Era un aluvión, ni más ni menos. El traje empezó a pesarme toneladas, mientras el frío penetraba, humedeciendo, todo mi cuerpo. El caucho de las botas se hinchaba, batallando contra las corrientes y contracorrientes que recorrían las calles, abandonadas, de Buenos Aires. Los pelos de la escoba se escapaban. Se inundaba la bolsa. Y yo seguía. Barriendo, paleando y a la bolsa.

Llegó un momento, pasada media hora del torrente universal, que me empezó a gustar la joda. Era como una lucha contra la tempestad. Solito contra el hosco chaparrón.

Me creí importante en mi silenciosa y meticulosa cotidianeidad. Después me dije Sos un gil, qué te pensás que tu jefe te va a felicitar. Qué va… Yo me seguía sintiendo cómodo en la incomodidad de las tinieblas.

Botellas de Coca. Latitas. Tampones. Pañales. Yogures. La mierda de Buenos Aires. Todo adentro de la bolsa de polietileno, para que esta triste ciudad no se inunde.

Estaba disfrutando la ponencia del maligno, teniendo conciencia de que mi goce era anónimo y secreto. Había hecho siete cuadras y media. Me acuerdo perfecto. Estaba a la altura del supermercado chino de Carlos Calvo entre Colombres y Castro Barros.

¿Se dieron cuenta de que todos los chinos tienen las mismas rejas de rectángulos?

Si, una boludez. Ya sé, no tiene nada que ver. Bueno, el tema es que estaba ahí, en esa cuadra. Había metido diez bolsas completas, calculale. Siempre respetando el protocolo. Dejando las bolsas en zonas altas, en lo posible accesibles para los camiones.

No estaba cansado. Ni me acordaba del frío. Estaba contento como cuando el Pedro me trajo el primer Topolino.

En eso, miro al balcón de un primer piso por escalera de un edificio de cien años. Si no estaba tomado, andaba por ahí. Tenía toda la pinta. Apenas se veía el color ocre del frente. Alguna vez ya me había fijado en esa estructura de techos altos. Me llamaba la atención el esplendor de años ha. Las escaleras a la calle eran de mármol blanco. Imagínense lo que habrá sido. Ahora estaba derruido.

Parado, junto a la baranda desdeñosa, un señor entrado en años, bajo un paraguas negro, evidentemente, resistente. El viejo me miraba tras gruesos y mojados lentes de receta. Me permití observarlo por espacio de treinta segundos, antes de continuar. El viejo bien abrigado, con un camperón beige, miraba y pensaba.

Giré el cogote y empecé a caminar. A los dos metros me detuve para recoger unos envases. Estaba alejándome cuando escucho Pibe, Pibe. Volteé y lo miré. ¡Gracias! ¡Pibe, vos estás haciendo Patria! ¡Gracias, pibe! Se dio media vuelta y se perdió en el ventanal centenario.

Y ahora vos, Bebe. Venís a brindar por la Patria.

¿Se pusieron todos de acuerdo?

Bueno. Nada.

Esperen que agarro la copa. Servime algo de tinto, gil. Ahora sí.

¡Viva!