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Cultura //// 17.06.2018
Paco lector, duende y titiritero

Unas pinceladas sobre la infancia y adolescencia de Paco Urondo. Fragmentos del libro de su hermana Beatriz y recuerdos de Graciela “Chela” Murúa.

Por Analía Ávila

 

Francisco Reynaldo Urondo Invernizzi, tal era el nombre completo de Paco, nació el 10 de enero de 1930 en Santa Fe. Hizo la escuela primaria en el colegio de las Adoratrices al que también iba su hermana Beatriz. “A Paquito lo único que le gustaba era dibujar”, relata en el libro Hermano, Paco Urondo (2007) que escribió junto a Germán Amato.

En una entrevista que le hicieron a Paco en el diario La Razón en 1962 contaba sobre su infancia: “Tuve un perro y me encantaba jugar con espadas. Iba ’armado’ con alfileres a las fiestas de chicos para pinchar globos. Leía a Alejandro Dumas y la Historia de Cantú. A los quince años me tuvieron que operar de una pierna y al tener que permanecer en cama me entretuve con La Comedia Humana. Los resultados están a la vista: soy un paranoico. Pero sí con su moraleja: siempre conviene enfermarse de un pie para leer a Balzac”.

Beatriz narra que Paquito también leía los clásicos de la biblioteca de su padre que era docente universitario. Amaba treparse a los árboles, nadar y navegar en piragua por el río, en medio de las tormentas de verano. Creció en una casa donde se escuchaba música clásica, muy a pesar de Paco: “Yo tenía 12 años y en mi casa se escuchaba ópera. La detestaba porque me convertía en algo pasivo, a Stravinsky lo llegué a odiar”, confesaba el escritor.

El héroe del poeta era el actor Humphrey Bogart y admiraba a las actrices Bette Davis y Judy Garland. Paco y su hermana amaban ir juntos al cine, su poema “Del otro lado” nació de la evocación de una de esas tardes:

“…Nos apretamos las manos en la sala impenetrable, temblamos ante la cólera que aún no se había manifestado, que nunca llegaría a marcarnos como sospechábamos, sino de otra manera. Nuestras manos procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico; y todo porque Humphrey Bogart había resucitado.
Estábamos perdidos en aquel
cine y él no era como el redentor; su cruz
no era un mandato, era 
la inteligencia del hombre, era la resurrección
de la ciencia y de nuestros queridos finados...”

 

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Durante su adolescencia en el Colegio Nacional “Simón de Iriondo”, Urondo conoció a Fernando Birri que provenía de una familia de artistas de la provincia. Su amistad con este personaje fue muy enriquecedora. Birri tenía las virtudes de un hombre renacentista: poeta, dibujante, pintor, escultor y titiritero. Años después sería un cineasta con gran formación, iniciador de la escuela documentalista de crítica social y fundador del Nuevo Cine Latinoamericano. Juntos conformaron un colectivo de artistas llamado “El Retablo de Maese Pedro”, propuesta multidisciplinaria de cine, música, títeres, teatro y artes plásticas que recorrió Santa Fe con funciones en las escuelas primarias, en el Círculo Italiano y en el Centro Español.

En 1950 Birri partió a Roma, Italia, para estudiar cine. Paco decidió seguir con esa vida de artista transhumante. Creía firmemente en el arte como instrumento para transformar la realidad social y tenía ese espíritu lorquiano alegre, jocoso, que le daba un aire popular y al mismo tiempo culto a las representaciones. La experiencia en “El Retablo” lo había puesto en contacto con distintos lenguajes artísticos y escuelas estéticas; esto se reflejó en toda su obra posterior.

En una charla que Agencia Paco Urondo tuvo en 2016 con Graciela “Chela” Murúa, primera esposa de Paco y madre de sus hijos mayores, Claudia -desaparecida por la dictadura militar en 1976-  y Javier, ella recordaba la vida de titiriteros que abrazaron desde que eran novios: “Un amigo italiano, artista plástico y profesor de Letras en la Universidad de Cuyo, nos dio ideas para perfeccionar los títeres. Nosotros mismos los hacíamos: teníamos marionetas manejadas desde arriba con crucetas e hilos y también títeres de mano, tipo guante, hechos con un mate, papel maché y luego pintados. Las obras eran clásicas, como “Amor de don Perlimpín con Belisa en su jardín” de Federico García Lorca y otras eran invenciones nuestras. Me acuerdo que a Paco le gustaba improvisar, también había hecho una obra con música de Wagner, con una marioneta que se llamaba Sigfrido”.

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Chela y Paco se casaron en 1952 y se lanzaron a la aventura de viajar por el interior del país y ganarse la vida con los títeres. Formaron el grupo “El Retablo de Bartolo” con un grupo de amigos: el fotógrafo Carlos Ragone, y un matrimonio de egresados de Filosofía, Hugo Mandón y Nidia Ferrari.

“Le pedimos a un carpintero amigo de la familia que nos haga un teatro de títeres transportable. Nos fuimos a Mendoza pero la recepción fue hostil, no conseguíamos auspiciantes. Meses después viajamos a Tucumán y ahí sí fue un éxito. Escribíamos obras para chicos. Nos apoyó la Secretaría de Cultura de Tucumán, hicimos funciones en el Teatro Municipal y también en los ingenios azucareros. Salieron notas muy buenas en el diario La Gaceta", contaba Graciela. “Teníamos un plan de contratos para llegar hasta Salta pero debido a la muerte de Eva Perón se cancelaron todas las actividades. Recuerdo que en Tucumán las manifestaciones por el duelo fueron impresionantes. Después volvimos a Santa Fe”.  

En “García Lorca”, texto periodístico publicado en 1956, Paco definió así al poeta y dramaturgo español que leyó desde su adolescencia: “Fue un hombre con capacidad de tentación: le tentaron los frutos prohibidos, le tentó el riesgo, le tentó la poesía”. Se puede decir lo mismo sobre Urondo, fue tentado por ese duende que ardió en su juventud y que lo acompañó durante toda su vida de poeta, escritor y militante. En palabras de Lorca: “Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Sólo se sabe que quema la sangre como un trópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos, que se apoya en el dolor humano que no tiene consuelo”.