Cultura //// 11.11.2018
Mi túnica

"Vengo escribiendo en esta columna sobre cosas cotidianas, insignificantes -las chancletas, mi mate, etc.-, pero ahora me doy cuenta que no sólo trato de rendirles un tributo, sino más bien de indicar el tiempo que venimos acompañándonos". Por Daniel Mundo.

Por Daniel Mundo

Charlando el otro día con amigos/as/es muy formados me di cuenta de la cantidad de cosas que naturalizamos, incluso nosotros y nosotras, que nos caracterizamos por desnaturalizar todo. No puede vivirse en la desestabilidad estructural. La naturaleza es muy

potente pero la razón siempre encuentra mecanismos de defensa. No es que haya que destruir una idea y reemplazarla por otra, más bien tendríamos que preguntarnos por qué no nos gustan las cosas que no nos gustan.No sé.

Vengo escribiendo en esta columna sobre cosas cotidianas, insignificantes —las chancletas, mi mate, etc.—, pero ahora me doy cuenta que no sólo trato de rendirles un tributo, sino más bien de indicar el tiempo que venimos acompañándonos. Primero pienso que son mis cosas, pero rápidamente me doy cuenta que si nosotros hacemos cosas con las cosas, las cosas también hacen cosas con nosotros. No sería lo que soy si estas cosas no me hubieran acompañado. Son cosas hechas de tiempo. Evidentemente yo las necesito más de lo que ellas me necesitan a mí.

El grupo donde se daba esta conversación era de grado universitario y estaba compuesto por mujeres, hombres heterosexuales cis y también gays. ¿El tema? La ropa. Lo que nos llamaba la atención era que para los varones la ropa se había convertido en un problema. Fue como si recién nos diéramos cuenta de que antes la ropa no nos importaba, como si de eso se encargaran las mujeres o como si los varones nos pusiéramos lo primero que encontramos en el estante de las remeras. No recuerdo que mis parejas me hayan comprado la ropa alguna vez, pero tampoco recuerdo haber ido yo mismo a comprarme ropa a un shopping. Igual, el tema era otro. El tema era si había ropa propia de mujer que los hombres no usamos, ni usaríamos. ¿Cuál de los varones presentes usaría calzas para salir a la calle? ¿Quién pantalón con chupín? ¿Quién de nosotros usaría pollera? Ahí uno de los amigos mencionó como al pasar mi túnica.

Por un lado, diría que para mí la túnica no significa nada, la uso cotidianamente; pero, por otro lado, se ve que significa mucho: no iría a dar clase ni a una reunión social con ella. ¿Es porque supondría un afeminamiento o una transexualidad? No sé. Más bien diría que es para no convertirme en el payaso de la fiesta. De todos modos, sabemos que la tolerancia cool es una posición ideal para negar la realidad.

Es una túnica turca, creo. La compré hace más de veinticinco años en París, en una feria de ropa cerca del Sacre Croeur. La túnica es mi atuendo de entrecasa en verano. A mis hijas no les llama la atención. A mis amigos tampoco. Es amplia y cómoda. Nunca tuvo el tono dorado que promete, pero con el tiempo se fue asentando en una especie de oliva lavado o algo así. Algunas noches, cuando salgo a dar la vuelta al perro, salgo con la túnica. Es una túnica muy parecida a la que usa Klimt en una foto famosa en la que carga en brazos a un gato.

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Conclusión: si bien la violencia sigue omnipresente en muchísimas relaciones de género (en un punto, creo que es inevitable la violencia, mal que nos pese), hay cosas en la definición de los géneros que cambiaron. Es casi una tontería decir esto. En un punto, hay una feminización de la masculinidad, lo que no hay que traducir inmediatamente como una masculinización de la feminidad (aunque tampoco hay que dejar pasar, así como así, esta hipótesis). Los varones asumen nuevas tareas y maneras diferentes de realizarlas: actividades domésticas, amorosas, estéticas. Tolerancia. Por ahora las mujeres conservan el monopolio de pintarse el rostro, como si al hombre maquillarse lo identificase automáticamente con los indios salvajes y la guerra y el miedo.

La vestimenta podría considerarse una cuestión femenina que los varones estamos empezando a incorporar o a aceptar que hace rato nos importa. Los cortes de pelo, los peinados, las cremas para la piel, los aritos, los gels para después de afeitarse, la depilación de las cejas, etc. son rasgos de la masculinidad actual. Pero no son los rasgos centrales de esta masculinidad. ¿Cuáles serán los rasgos centrales en la definición de la masculinidad actual? Buena pregunta.

Miren lo que pasó con el ritual del vino. Uno diría inmediatamente que el vino es una cuestión de hombres, como el fútbol, el asado o el automóvil; y que en todo caso la mujer se arrimó y terminó compartiendo estas experiencias. En realidad, el ritual del vino es una práctica en la que los hombres descubren secretos que pertenecen al universo femenino. En la vestimenta también. Por eso tratamos de mecanizarlo lo antes posible: los hombres necesitamos certezas, monetarizamos el valor, competimos entre nosotros en pos de reafirmar nuestra masculinidad. No es que las mujeres no compitan entre sí; incluso son más malignas y descaradas; también son más inteligentes. Los hombres competimos de una manera idiota: siempre en el fondo se trata de dirimir quién la tiene más grande. Los placeres sensuales nos dan pánico.