Cultura //// 10.02.2018
Los melones se acomodan solos

"Con el paso del tiempo Mónica se enteró por el diario que el principal responsable de la negación del aborto de su hija, el juez Castro, fue víctima de un juri por mal desempeño en una causa de lesa, ya que el principal imputado por torturas fue cercano al juez en aquellos años del mundial en Argentina." Cuento de Boris Katunaric.

Por Boris Katunaric

-Qué le pasa a esta mogólica de mierda.  Gritó la enfermera, harta de los alaridos y de los movimientos espásticos de la parturienta. Decidieron atarle las manos y los pies, taparle la boca para que las enfermeras pudieran trabajar, seguir con la cesárea hasta que salga, por fin, el engendro. 

El resto de la intervención fue normal, simplemente tuvo a su nena, una más en la larga lista de mujeres de la familia. Seis hermanas, ella era la quinta. Ana, así se llamaba. La mogólica, la parturienta. 
Su hija heredaría su nombre, más por no haber tenido tiempo para pensar, que por falta de originalidad, lo decidió su madre, Mónica, quien había estado tramitando el aborto no punible en el juzgado de la provincia.

 “…Que interrumpiere un embarazo fruto de una violación o de un atentado contra el pudor cometido sobre una mujer idiota o demente” reza el código penal de la nación. Mónica no logró más que caer en agujeros legales, formularios y declaraciones juradas que fueron rechazadas ipso facto por los jueces conservadores de la provincia. 

Corría 1995, había algunas tensiones en la familia luego de lo que ellos llamaron “el accidente”. El mismo consistió en la capacidad antológica del primo de Ana para llevarla hasta el garaje en muchas oportunidades, sobre todo los domingos, durante las horas de siesta veraniega. En esas tardes calurosas levantaba la pollera de su prima, tapaba la boca de esa púber, ignorante de los sucesos de la sexualidad propia de su edad, le hacía respirar por la nariz mientras sentía el goce desconocido de sus órganos hasta ese algo espeso. Le pertenecía una confusión deliciosa que terminaba por marearlo. Luego la obligaba a lavarse con la manguera que estaba en el mismo garaje, si le preguntaban por qué estaba húmeda él decía que se había hecho pis otra vez. Los demás dudaban pero accedían a esa versión. 

El descubrimiento del accidente no se condujo por los caminos del buen policial deductivo, no se tuvieron que atar muchos cabos y el culpable accedió enseguida a la confesión, no se necesitó tortura, aunque sí fue aplicada por el padre de Ana, no dudó treinta segundos en hacerle saber que este jueguito de púber inocente le valdría un par de costillas rotas y una cicatriz, de por vida, en la ceja al mocoso irrespetuoso. 

Mónica sabía que su nieta sería su séptima hija. La mitad del barrio la compadecía, la otra mitad le quitó el saludo. Al tiempo que crecía el vientre de su hija también la perplejidad de los rostros testigos. Una vez fue objeto de burlas de sus compañeras docentes, se tragó el orgullo y salió sin lágrimas por el pasillo hacia el patio de la escuela, sacó un alfajor del bolsillo del guardapolvo, le sacó el envoltorio y, sin dudar, lo estroló contra el paredón, nadie vio ese ejercicio de descarga, nadie vio que en el patio el alfajor cayó sobre una planta de Aloe, el chocolate quedaría derritiéndose durante la tarde, atacado por hormigas negras que se llevarían un buen trozo de la golosina.

Anita, la hija de la mogólica, no fue bautizada, ni se le agujerearon las orejas para los aritos, tampoco se le compraron cuna ni ropa nueva. Se repetía la historia de su madre a la que tampoco se le fueron adjudicados los rituales de este tipo de acontecimientos familiares.

Durante el embarazo todo fue melancolía e impotencia, el primo pasó una semana en el hospital y se dio a la fuga en su Zanella. Mónica siguió el embarazo como propio y cuando nació Anita el “milagro del amor” cambió este horizonte genético del desgano y la frustración. Anita funcionó como palanca hacia la alegría y fue una hija más de Mónica, si bien su madre la amaría también como hija, las vueltas de la vida le dieron dos madres y un abuelo.

Con el paso del tiempo Mónica se enteró por el diario que el principal responsable de la negación del aborto de su hija, el juez Castro, fue víctima de un juri por mal desempeño en una causa de lesa, ya que el principal imputado por torturas fue cercano al juez en aquellos años del mundial en Argentina. Lo vincularon como colaboracionista de la triple A y fue uno de los pocos responsables de la dictadura cívico-militar encarcelado hasta ese momento. 

La enfermera que trató a su hija de “mogólica de mierda” y llevó a cabo el plan de amordazamiento fue enjuiciada por mala praxis por una paciente que la denunció, una militante de género que decidió tener un hijo con su pareja por inseminación artificial. 
En cuanto al autor del “accidente”, se supo tiempo después que un día la Zanellita le falló y fue a parar debajo de un camión, la muerte instantánea (o la borrachera) no le permitió percibir el detalle de la patente, ni del modelo del vehículo.
Mónica recibió esas tres noticias en tiempos distintos de la adolescencia de su nieta. Con cada una sintió un alivio particular, en el cual cada una era un descargo que había necesitado. Tanto su hija como su nieta fueron privilegiadas con una vida sencilla bajo la sombra de los árboles casi sin turbulencias cotidianas. 

Las personas del barrio, sobre todo las compañeras de Mónica, no necesitaron más que un par de años para darse cuenta que la crianza de la hija y de la nieta no fueron un problema ni, sobre todo, una vergüenza para nadie. 

Cuando fueron a ver el cadáver del primo al velatorio Mónica agarró uno de los vestiditos de su nieta, fue al baño, lo mojó, se lo puso en la frente al fiambre y así cerraron el cajón.