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Cultura //// 15.12.2019
Liliana Heker y el oficio de narrar

En La trastienda de la escritura, Liliana Heker desmenuza los invariables que aparecen a la hora de crear con las palabras y brinda una serie de consejos. "Las ganas de escribir vienen escribiendo", dice la autora. Por Gito Minore.

Por Gito Minore

 

¿Es posible enseñarle a otro a escribir? Tal parece ser la pregunta rectora que atraviesa este libro. Cuestión a la que la misma autora responde en clave confesional: “Creo que nadie le puede enseñar a otro a escribir. Más ceñidamente, creo que nadie le puede enseñar a otro como ser escritor. Pero también creo que todo escritor, por caminos complejos y diversos, aprende su oficio”. La trastienda de la escritura, compacta en sus casi trescientas páginas, muchos de esos trayectos y recorridos que, tal como la propia Liliana Heker menciona, llevan a una persona con inquietudes literarias a desarrollar su pasión.

La inspiración, los temores, la elección del tema, los estilos, la corrección como acto creativo, los objetos rituales que conforman el ambiente a la hora de escribir, y hasta lo que muchos llaman prestigio, se convierten en motivo de reflexión. Reflexión que, dicho sea de paso, más que encontrar una respuesta abre unos cuantos interrogantes.

Es que la autora, además de haber construido una sólida carrera como cuentista (a partir de la publicación de su primer libro Los que vieron la zarza en 1966) trabaja coordinando talleres literarios desde el año 1978. Mucha de esa experiencia se encuentra reflejada en este volumen que, de manera amena, ofrece un amplio abanico de anécdotas, consejos, sugerencias y temas caros a quien guste enfrentarse ante una hoja de papel o una pantalla para contar una historia. En tal caso, este libro se constituye en una herramienta útil y necesaria.

A modo de epílogo, una perlita: Heker propone un decálogo al que denomina “Mi credo”, en el que está comprimida gran parte de su sabiduría. Esa que comienza diciendo: “Las ganas de escribir vienen escribiendo. Es inútil esperar el instante perfecto, aquel en que todos los problemas del mundo exterior han desaparecido y sólo existe el deseo compulsivo de sentarse y escribir: ese instante de perfección es altamente improbable”.