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Cultura //// 16.02.2020
Las personas vienen y van, la tierra permanece

Hace más de 70 años, un ignoto novelista estadounidense escribe sobre la casi extinción de la humanidad a través de un virus que se propaga rápidamente gracias a la tecnología y su novela se convierte en un ícono de la literatura apocalíptica de la cual, hasta Stephen King, reconoce haberse inspirado. Por Norman Petrich.

Por Norman Petrich

 

 

1949. En el mismo año en que Orwell nos regalaba su distopía del gran ojo vigilante en el que creyó ver la mirada de Coda pero fue la del capitalismo, en el inicio de la guerra fría donde todos empezaron a sentir que era posible la destrucción de nuestro planeta a través de las bombas nucleares, otro George lanzaba su única novela del género ciencia ficción que será acreedora del premio Fantasy y aún hoy día es considerada como el gran clásico de la novela catástrofe de los Estados Unidos: La tierra permanece.

Un virus desconocido, que por los síntomas se parece al sarampión, se propaga rápidamente por el ir y venir de los aviones, haciendo aparecer la enfermedad en forma simultánea en los centros de vida más importantes, convirtiendo en tarea vana el tratar de poner en cuarentena las zonas afectadas. En semanas, la especie humana queda casi al borde de la extinción.

Cuando Isherwood Williams regresa de sus accidentadas vacaciones donde, al escalar una montaña, es picado por una víbora y pasa días en una cabaña entre el delirio y la fiebre, se encuentra con algo que sólo había hallado hasta ahora en las grandes alturas: un completo silencio. El ruido no era más que una invención humana.

Rápidamente se anoticia a través de un diario de lo sucedido y pone su lógica de universitario a andar. La raza humana, al igual que otras inferiores, no pudo escapar a la lógica del flujo y reflujo. Durante diez mil años aumentó su número constantemente a pesar de guerras, epidemias y cuanto más elevado es el número de una especie mayor es el peligro. Y la humanidad, biológicamente, había tenido una longevidad prolongada.

“Durante varios miles de años el hombre a desarrollado su estupidez. No derramaré una lágrima sobre su tumba” le hace decir George Stewart a un personaje al principio de la novela.

Pero, a pesar de tentarse con las posibilidades destructivas, el camino de Ish correrá hacia el otro lado. Su mirada no deja de ser antropológica, filosófica. No se le escapa que algunas especies vuelven a recorrer la tierra sin la presión que significa escapar del depredador mayor: el hombre. Sopesa todo el tiempo cómo cada uno de los animales sobrevivirá o se extinguirá tras los cambios producidos con la caída del rey de la selva, que no era justamente el león.

Ish sale en búsqueda de sobrevivientes y los primeros encuentros son decepcionantes: un borracho y una pareja al borde de la locura. Hasta que se encuentra con Em y algo nuevo, un nuevo ciclo se genera. Alrededor de esta pareja otros sobrevivientes se suman formando lo que denominan “la tribu”.

La esperanza de que los sobrevivientes hagan renacer la civilización se choca con la realidad que hace de espejo y muestra que ese renacer no es más que un sueño: los sobrevivientes no son más que carroñeros de algo que supieron usar pero que no saben cómo hacerlo funcionar. Viven de los despojos del pasado. Y eso, como bien vemos hoy con aquello que llamamos recursos no renovables, tiene escrito de antemano un certificado de caducidad.

Igualmente, “La Tribu” se multiplica y en ella, la humanidad, tiene un retorno a la vida.

No por ello Ish cejará en su intento de resucitar la civilización. Y he aquí uno de los grandes logros de esta novela ¿Es el fin de todo lo que conocemos necesariamente malo?

En la novela, tras intentar que los más jóvenes aprendan a leer y escribir, a que se interesen por los libros que rescata de las bibliotecas, descubre que los chicos se aburren y que sólo su hijo Joey logra hacerlo más allá de las expectativas. Ish pone en él la esperanza de que sea “el elegido”, el puente entre la generación que conoció la civilización y la que no. Pero una cadena de trágicos sucesos derrumba esa esperanza para siempre.

Y a pesar de su dolor, perseguido por la visión de un futuro donde, en algún momento, los restos de la civilización que los alimenta, provee de movilidad y de ciertos servicios que todavía persisten, dejará de hacerlo. Ish se da cuenta que ha perdido mucho tiempo tratando de evitar lo inevitable e intenta remediarlo ya entrado en años (básicamente, la novela se divide en tres etapas que acompañan la juventud, adultez y madurez del personaje) dándole a las nuevas generaciones las herramientas que puedan no sólo ayudarlos a sobrevivir, como el arco y la flecha, sino a construir su propia historia.

Es decir, si una catástrofe de tal magnitud sucediera, la pérdida de nuestro patrimonio sería inevitable, más si tenemos en cuenta que esto ya ha sucedido con civilizaciones antiguas.

Con una narrativa liberada de los clichés de las novelas apocalípticas, en La tierra permanece no hay superhombres y si bien Ish muestra una inteligencia superior, los sobrevivientes no se alejan del común de “la gente normal y corriente”, lo que hace imposible la supervivencia de la civilización hasta entonces conocida.

Eso hace que la novela no pierda actualidad, y que aquellos que aman la ciencia ficción apocalíptica la tengan presente cuando noticias como la del coronavirus dejan latente la posibilidad de una epidemia a escala mundial.

En la novela, el resurgimiento de los mitos a través de la simbología (el martillo que acompaña a nuestro personaje hasta el final de la novela es una gran muestra) marcan el nacimiento de una nueva etapa, en la que Ish, es sólo el puente.

Si es que la humanidad tendrá esa oportunidad.

Después de todo, las personas vienen y van, la tierra permanece.