Cultura //// 12.03.2019
La voluntad de no desaparecer

El cine BAMA (Buenos Aires Mon Amour) exhibe en estos días la multipremiada película peruana Wiñaypacha, de Óscar Catacora. Es la primera película del mundo completamente hablada en Aymara. Por Elías Fernández.

Por Elías Alejandro Fernández

 

Wiñaypacha (en castellano “Eternidad”), ópera prima del joven director peruano Óscar Catacora, es la primera película del mundo completamente hablada en Aymara. Está compuesta mayoritariamente por planos fijos, protagonizada por dos octageniarios (Vicente Catacora y Rosa Nina, quien nunca antes había visto una película) y por el increíble cerro Allincapac, a más de cinco mil metros sobre el nivel del mar.

Willka y Phaxsi (cuyos nombres significan respectivamente “Sol” y “Luna”, son dos ancianos que viven en una granjita con su ganado de ovejas, su perro y su llama, conectados intensamente a la Pachamama, con quien tienen una relación personal. Esperan día a día a su hijo Antuku (“Estrella que ya no brilla”), leen sueños y presagios que son esperanzados cuando resultan falsos y que son reales cuando anuncian la tragedia.

Wiñaypacha es una película que parte el corazón. La analogía de  una cultura que se va apagando tras siglos de devastación sobre una comunidad de la que sobreviven apenas dos ancianos, felices pero solitarios, que anhelan cada día el regreso de su hijo, quien hizo una vida diferente en “las grandes ciudades. Pero, sobre todo, es un filme que muestra la vivencia humana de quienes se destierran sin poder evitarlo hacia ése olvido con tantas emociones ancestrales como les son posibles.

Las tradiciones puras (no las mitologías publicitarias que nos llegan idealizadas de coca y puna) permanecen, sí, pero se viven en el desierto. Las celebraciones son un juego de cantos desafinados, una alegría que persiste porque la vida continúa y siempre va a continuar de la misma manera. Lo que Wiñaypacha denuncia es que la tradición no muere en el silencio. Se lleva con ella a quienes no conocen otra vida. Lo hace de a poquito, cuesta abajo, entre angustias cada vez más profundas que son el reflejo de las esperanzas desencantadas. Perú es el hijo que los abandona y los deja morir bajo sufrimientos progresivos y veloces. Sus hijos son fagocitados por las grandes ciudades y los olvidan. Son sus herramientas básicas, pero sobre todo son sus íconos los que desaparecen. Íconos que solo encuentran una respuesta dejándose morir para transformarse en la “Wiñaypacha” (eternidad).

El campesino abandonado no sólo ve morir sus ovejas, su fuego y su hogar. Sino que se ve obligado, en algún momento, a ser partícipe de su propia destrucción. Sobrevive a fuerza de vejaciones, a sabiendas de que la muerte se va a expandir en ellos y en todo lo que sienten propio. El tono del final se conoce desde el primer momento. La antigua civilización, llena de cantos, de comunión con el ganado, de amor por la Tierra, se pierde en las montañas con la esperanza de alcanzar el moderno pueblo contemporáneo.

Willka y Phaxsi se aferran a sus animales, a su coca, a su poder para espantar los malos agüeros. Van hacia la muerte de la mano de milenios de tradición heredada. Cuanto más se deshagan estos personajes silenciosos que les hacen compañía, más ladrillos se sumarán a su debacle. La naturaleza jamás les fue hostil, ya que toda su pertenencia cultural estuvo siempre en comunión con ella. Es la falta de nexos comunitarios lo que deshace sus posibilidades de supervivencia. Willka y Phaxsi tuvieron durante sus más de ochenta años todo lo que necesitaron para ser quienes fueron. El abandono de la sociedad moderna no los ataca particularmente a ellos, sino a su cultura. Y con las fuerzas deshechas, son sus telares, su ganado, sus huacas lo que se deshace lentamente en el olvido. Y suelta la mano a los seres humanos que viven de ellos.

Ficha técnica

Año: 2018

Nacionalidad: Perú

Director: Óscar Quispe Catacora

Reparto: Rosa Nina, Vicente Catacora

Duración: 88 minutos

Clasificación: Apta para mayores de 13 años