fbpx La Torta y el Tabú | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Cultura //// 16.02.2020
La Torta y el Tabú

"Podemos arriesgar entonces que el cumpleaños, tal como lo conocemos, es un tipo de celebración moderna, privatizada e individualista cuya forma es heredera de una larga tradición simbólica. Es precisamente esa forma la que me interesa destacar". Por Víctor Calero.

Foto: Daniela Amdan

Por Víctor Calero

El sano miedo a cumplir años

 

Investigo en Internet sobre la fobia al cumpleaños y encuentro que en la gran mayoría de los casos se asocia con la gerontofobia, es decir, con el miedo al envejecimiento, al paso del tiempo, a la muerte. Entiendo la asociación, pero no la comparto. Una cosa es el miedo a la muerte y otra muy distinta el miedo a una instancia de celebración. Intuyo que el miedo al cumpleaños no tiene nada que ver con el miedo a la muerte. Es otra cosa, es un miedo muy concreto a la celebración del cumpleaños, al ritual en sí mismo, a la obligación social de atravesarlo.

Me pregunto si no hay en este miedo una referencia oculta a una situación arcaica que estaría guardada en nuestra memoria genética. Una referencia demasiado perturbadora, demasiado obscena, un verdadero tabú cumpleañero. Entonces, para entender al fóbico de los cumpleaños tenemos que entender qué es lo que está codificado en los símbolos de esa celebración particular.

Podríamos empezar por hacer una historia del cumpleaños. Pero, curiosamente, son muy pocas las fuentes confiables que tratan el tema. Al parecer, la celebración del día del nacimiento es muy antigua, pero son relativamente pocas las sociedades en las que el festejo era una cuestión de individuos.

En general, se festejaban cumpleaños de dioses, líderes políticos y religiosos, no de ciudadanes comunes. Podemos arriesgar entonces que el cumpleaños, tal como lo conocemos, es un tipo de celebración moderna, privatizada e individualista cuya forma es heredera de una larga tradición simbólica. Es precisamente esa forma la que me interesa destacar.

Al menos en Argentina, y probablemente en muchos países latinoamericanos, una parte considerable de la población produce el ritual de la siguiente manera: un grupo de personas allegadas al homenajeado se reúnen en un lugar y un tiempo predispuestos para la celebración. Luego, se realizan una serie de actividades recreativas que pueden variar: deportes, juegos de destreza física o mental, búsquedas del tesoro y otros. Finalmente, llega el infaltable momento de soplar las velitas. En esto último quisiera detenerme.

La torta es el símbolo por excelencia del natalicio. Pero, por su fecundo potencial metafórico, son las características distintivas de la torta las que llamaron más mi atención. En primer lugar, es generalmente redonda. El círculo, es sabido, representa la comunidad. Además, como la comunidad, su composición es heterogénea. Hay muchas capas e ingredientes que parecen representar una colectividad diversa pero muy compacta, casi podría decirse que en estado orgiástico.

El cuerpo de la torta tiene su vida, efímera, pero vida al fin. Pasa de estar oculta y ser completamente intangible (el dedo en la torta es frecuentemente castigado) a ser puesta en el medio de la escena entre cánticos catárticos y el correspondiente fuego ritual. Su destino: el sacrificio y la ingesta colectiva. Aquí, idealmente, deberían participar todes quienes estén presentes, aunque ocasionalmente puede reservarse un pedazo para alguien que no haya podido estar.

Una vez deglutido el cuerpo sacrificial los y las comensales expresarán unos sentimientos cercanos a la culpa, típicos de estas ocasiones. Comentarán “que estaba muy rica”, pero también “que me excedí en la cantidad”, “que yo comí dos pedazos” y cosas por el estilo. Es, en el fondo, una culpa que surge naturalmente del crimen colectivo: haber descuartizado entre todes el cuerpo sacrificial. 

Esta hipótesis sobre el verdadero sentido del cumpleaños no salió de aire. Fue Freud quien, en Totem y Tabú, imaginó que las comunidades humanas habían surgido a partir de un crimen colectivo. Este “pecado original” habría consistido en el asesinato grupal del macho alfa (puesto por la naturaleza) para la inauguración de un régimen político organizado bajo un nuevo signo, el de la cultura.

Así, la situación de cumplir años tendría la carga simbólica suficiente para evocar ese crimen originario. Un pasado de sacrificios humanos y orgías comunitarias podría ser lo que hoy nos atemoriza de los símbolos que aparecen en un cumpleaños, en las fiestas populares y en otros rituales cotidianos.

La torta entonces sería el cuerpo que sustituye todos los cuerpos masacrados que la historia oficial oculta. Esos cuerpos cuyos asesinatos vinieron a sellar el pacto de la comunidad. Es el recuerdo de los horripilantes crímenes que hemos cometido como especie. Ahora sí podemos comprender porqué para algunas almas sensibles su cumpleaños no es tan feliz. Ellos ven lo que los demás no queremos ver: el horror de protagonizar un sacrificio.

Entonces, paradójicamente, el fóbico a los cumpleaños no tiene que recordar que el cumpleaños es una fiesta inofensiva, sino tratar de olvidar las experiencias arcaicas que el lenguaje ritual le trae al inconsciente. Lógicamente, para poder olvidarlas primero tiene que llevarlas a la consciencia. Ahí radicaría el desafío.

Pero no son todas espinas en lo que respecta a cumplir años. Por un lado, estas teorías sobre el origen de la comunidad política de los seres-no-tan-humanos están sumamente desacreditadas en la actualidad. Así, todo este oscuro sentido no sería más que el fruto de una hipótesis desaventurada. Por otra parte, si la teoría fuera cierta, tendríamos que estar agradecidos de que la sacrificada sea la torta, de que haya regalos, risas y gente querida a nuestro alrededor cada vez que llega el día en el que, tiempo atrás, nacimos.

*Esta nota contiene lenguaje inclusivo por decisión de su autor.