Cultura //// 10.02.2019
La revolución eco-ecológica

La revolución que pretende que consumamos responsablemente tiene una dimensión material, fundada en tarifazos, despidos masivos, cierre de fábricas, cierre de comercios, precios impagables, etc., y tiene una dimensión simbólica, imponiendo consumos “orgánicos” y escenarios verdes o floreados.

Por Daniel Mundo

En la localidad balnearia de Pinamar se está llevando a cabo una revolución ecológica cuya magnitud me cuesta calibrar. No vislumbro si en ella se juega el futuro del planeta, o es una idiotez de los desquiciados ególatras que nos gobiernan. Vengo escribiendo desde la Agencia Paco Urondo distintas perspectivas de esta revolución silenciosa que vivimos. A esta revolución hoy le doy el nombre de ECO-ECOLÓGICA.

Como ya debe adivinar el lector, la llamo así porque no es una revolución propiamente dicha sino el eco de otra revolución que, por extraño que suene, nunca se produjo, y que no creo que pueda producirse. El recuerdo vivo de un hecho inexistente, digamos. Entre otros motivos, es un hecho inexistente porque ninguna revolución verde que no tenga como primer objetivo de asalto a las centrales eléctricas representará una alternativa real al capitalismo contaminante. Serán maquillajes y ajustes de compromiso. Ahora bien, que imagine lo que está pasando acá como el eco de un simulacro no significa que no tenga consecuencias hiperreales en la vida de la gente, que es lo que al fin y al cabo importa. La consigna extrema reza más o menos así: ¡SALVEMOS LA NATURALEZA! ¿Quién no estaría de acuerdo con semejante misión?

Primer punto ganado por la derecha, entonces: los que nos oponemos no encontramos argumentos para combatirlos que no sean ideológicos, es decir que casi ni convencen a los convencidos. En términos ideales yo también diría: ¡Salvemos a la naturaleza! En términos concretos no sólo me da lo mismo, sino que milito bastante en ese asesinato. Ok, no tiro el papelito pedorro en el piso, pero uso la luz todo lo que la electricidad me lo permite, no sé si se entiende. Considero la bici un medio de transporte y la utilizo para tal fin, pero no me da ninguna culpa cargar nafta cuando tengo la plata para hacerlo. Y así. Por otro lado, en la naturaleza nunca nada se destruye, sino que todo produce y se transforma. No podemos salvar a la naturaleza. Ni siquiera podemos salvarnos a nosotros mismos. Por lo menos en términos teóricos.

El partido de Pinamar, además, casi es perfecto para este tipo de revolución, que estoy seguro se propagará por el resto del país como pólvora caliente. Tal vez, no lo sé, cada localidad de nuestro pletórico país ya es una célula de esta revolución aparentemente imparable; tendría que hacer etnografía en otras regiones para chequearlo. Por lo pronto, acá, en Pinamar, está en marcha a todo vapor, como quien dice. El imaginario de Pinamar, tanto para los locales como para los extranjeros, la concibe como un lugar donde “se respira naturaleza”. Los árboles, las dunas y las calles de tierra que todavía quedan colaboran en ello. Obviamente me cuesta llamar “bosque” a una decena de árboles que rodea una mansión de vidrio y cemento minimalista, pero bueno, se lo imagina así. Todos entendemos automáticamente lo que dice alguien cuando habla del "bosque" de Cariló. La municipalidad se puso al hombro la ciclópea tarea de proteger este “bosque”.

Cuestiones tan banales como una vida anticonsumo y saludable, o el aliento de prácticas no contaminantes, o el uso de materiales reciclables y orgánicos para proteger un recurso escaso y no renovable como la naturaleza, o por lo menos que no se renovará a la velocidad que nuestra cultura lo requiere para perpetuarse, las hubieran debido tomar a su cargo la izquierda y el progresismo. Eran y son cuestiones que ponen en jaque las políticas económicas centrales del capitalismo. Tradicionalmente la derecha contaminó todo lo contaminable en pos de cumplir su objetivo más deseado: la productividad. La productividad capitalista no solo produce cosas y más cosas, produce también sentidos y más y más sentidos. Hoy la derecha está practicando políticas casi extremas en pos de proteger lo que todos deberíamos proteger de manera casi natural. Es absurdo pero real. Segundo punto ganado por el enemigo. Es decir, es obvio que al progresismo no le gustan las políticas de consumo ni las prácticas contaminantes, lo que no quiere decir tampoco que milite el ascetismo.

Durante el gobierno K tuvimos un ensayo de esta discusión sobre el consumo y la resolución que nos dimos es lógica: no se les puede pedir a los siempre postergados y explotados que renuncien a la gratificación inmediata de la marca de ropa o al usufructo de la última generación de aparatos inteligentes. La política trabaja con la realidad, no con los sueños. Ahora la derecha no sólo entabla la misma discusión, aunque desde una perspectiva muy distinta: vuelve al consumo una práctica de élite; ahora la derecha está comandando una revolución anticonsumo o pronaturaleza como nosotros no nos atrevemos ni a imaginar. Quiere que todos y todas cuidemos lo que ellos explotaron y explotan hasta su extenuación. Y nos están convenciendo de que es responsabilidad de todos. Y lo es, por absurdo que parezca.

La revolución que pretende que consumamos responsablemente tiene una dimensión material, fundada en tarifazos, despidos masivos, cierre de fábricas, cierre de comercios y precios impagables, etc.; y tiene una dimensión simbólica, imponiendo consumos “orgánicos” y escenarios verdes y floreados. Los maceteros gigantes que pusieron en las esquinas de mi casa en CABA están dando sus frutos.

En mi primera crónica de lo que está sucediendo en esta localidad balnearia hablaba de la transformación urbana que se llevó a cabo. Para resumirla diría que le hemos declarado la guerra al automóvil. ¡Enhorabuena! Relataré un par de anécdotas en las que espero se vean las primeras consecuencias de este enfrentamiento. Una amiga tan progre como yo iba manejando su auto por la avenida principal del pueblo que hasta el año pasado tenía tres carriles y que ahora amenazan con hacer peatonal. Mi amiga salía de la playa. Unos pasos adelante de su auto iba un peatón caminando por el medio de la calle, empujando el cochecito de un bebé. A los treinta o cuarenta metros de avanzar como quién dice a paso de hombre mi amiga le toca bocina. ¡¿Para qué?! El peatón empieza a insultarla a los gritos hasta que termina espetándole: “Metete la bocina en el culo porque esto es peatonal! ¡Pe-a-to-nal! ¡¿Lo entendiste?!” Literal. Al otro día iba yo con mi Gol al trabajo y siempre agarro por las mismas calles maníacas. Doblo donde doblo siempre y ahí me encuentro con una hilera de hombres que cubrían toda la calle. Tenían desde seis años hasta cuarenta, ponele. Avanzaban despacio pateando una pelota desganada. Desacelero. Me pongo al ritmo de sus pasos. Como son calles de tierra sin vereda, el auto y el peatón están obligados a usar el mismo espacio. Ninguno hizo ni el más mínimo ademán de correrse. Alertado por lo que le había sucedido a mi amiga me la banqué. Voy a confesarlo: no es lo mismo cumplir la función de automovilista que la de peatón, la psique cambia, aparecen instintos y deseos que no conocías en vos mismo. A la media cuadra y muy lentamente se fueron arriando hacia la derecha y me dejaron pasar. Literal.

https://www.infobae.com/politica/2018/05/11/pinamar-sera-la-primera-ciudad-libre-de-sorbetes-y-vasos-de-plastico-del-pais/

Puedo decirme: Mundo, no seas paranoico. Vos estarías a favor de lo que hace esta gente que anda descalza por las calles de tierra. Vos mismo lo hacés. Es verdad. Lo que pasa es que acá sucede otra cosa. Acá hay una especie de revanchismo, de bronca y resentimiento barnizado de buena onda y ecologismo. Lo que no deberíamos olvidar es que esta guerra a muerte entre el auto y el peatón la desataron los que andan en helicóptero. No sé si se entiende.

Si estacionás el auto en 45 grados, como era la costumbre hasta diciembre pasado, MULTA. Si estacionás el auto en una bajada de garage, aunque sea tu garage, MULTA. Si das o recibís bolsas de plástico que no sean biodegradables, MULTA. Si entregás sorbetes o “pajitas” para tomar la gaseosa, MULTA. Si contaminás las napas de agua como hicieron dos importantes popes de la región utilizando el caño de desagüe del centro del pueblo como viaducto por el que descargar los baños de sus mega hoteles de cincuenta habitaciones, MULTA. Si descubren que alguien entra al local de comidas con el dorso desnudo, MULTA. Si andas en moto sin casco, SECUESTRO del vehículo y MULTA. Si con tu cuatri pisás a un tipo que anda perdido por los médanos, como sucede todos los años, PRISIÓN y MULTA. Si regás tu jardín en el horario no habilitado, MULTA. Si tenés una pileta climatizada en la que se bañan treinta personas al mismo tiempo, no pasa nada, sólo pagás MULTA. Obvio que queremos que esa pileta se clausure porque el cloro contaminó el agua de pozo, sólo que este deseo lo tenemos mientras esa pileta no sea la nuestra. Cuentas claras conservan la amistad. Para ellos, SALVAR LA NATURALEZA significa perseguir al que arroje una latita de gaseosa en la orilla del mar, armar arreglos florales que parezcan una flora salvaje y pagar multas por cada infracción que cometamos o por cada gusto que nos demos. Cada quien pagará lo que se merece. Alguien podría llamar a esto políticas extorsivas de recaudación. Ellos, en cambio, imaginan que están educando al soberano.

Multaron a un auto por exceso de velocidad, pero el auto estaba siendo acarreado por la grúa en 2017: https://tn.com.ar/sociedad/autos-multados-porque-la-grua-iba-en-infraccion_825415

Lo que no vas a encontrar en los 25 km de vereda que estrenaron en el pueblo es un miserable tacho para tirar los residuos.