Cultura //// 09.04.2011
La Familia Argentina: diario íntimo de la clase media, por S. Guarnaccia y M. Farías

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) La Familia Argentina es la única obra teatral que escribió el director Alberto Ure, a finales de los años ochenta. Con dirección de Cristina Banegas y actuaciones de Luis Machín, Claudia Cantero y Carla Crespo, se presenta por primera vez en Buenos Aires, en el Centro Cultural de la Cooperación.
Tolstoi decía que todas las familias se parecen en su dicha pero se singularizan en sus tragedias. ¿Qué tragedia singulariza a La Familia Argentina? Una arquitecta cuarentona descubre que el psiconanalista que fue su pareja durante diecisiete años y del que se acaba de separar, tiene un romance con su única hija, una muchacha de veinte, a la que además deja embarazada. Bajo esta mirada, la familia argentina es presentada como una familia incestuosa.

Ahora bien, una historia incestuosa puede ser motivo de escándalo o resultar verdaderamente corrosiva. Ésta última es la dimensión que adquiere el incesto en la obra de Ure, porque muestra cómo la “familia argentina” se carcome por dentro. Esa corrosión es el trayecto que va de las desdichas más o menos “comunes”, que los personajes dicen cargar sobre sus espaldas, a una serie de actos desmesurados que son indicativos de que se ha tocado un umbral. Pero una vez trasvasado el límite del incesto, los personajes sobrellevan de manera ambigua su vínculo con la familia, a tal punto que se aferran a la institución después de haber hecho todo lo posible para ponerla en crisis. Así, aunque separados, Carlos y Laura nunca dejan de comportarse como marido y mujer, y Gabriela nunca deja de ser la “hijita” que desde París envía a la madre fotos de su hija –cuyo padre es asimismo su padrastro-. Por eso la “Sagrada Familia” se sostiene a rajatablas, con la misma pasión con que se violan sus reglas.
De esta manera, lo que corroe no es el conflicto que se desata entre madre, padrastro e hija/hijastra, sino más bien su negación, lo que da lugar a una violencia incontenible: “todo el mundo grita, pero al final el olvido llega” –dice, ni bien empieza la obra, el psicoanalista. La frase dice bien que la violencia emerge del hecho de actuar como si no se hubieran violado las reglas. Por eso, si en palabras de Ure “violencia es jugar a que una herida no duele”, los personajes que transitan el escenario se han convertido en expertos jugadores.
Es justamente en esta dimensión donde los conflictos familiares permiten leer los conflictos políticos argentinos. De hecho, la pregunta “¿qué pasó para que la “familia argentina”, inicialmente feliz y compuesta por individuos más o menos exitosos, haya devenido una familia incestuosa, es decir, haya tocado lo intocable?”, está en sintonía  con una pregunta central de los años ochenta: ¿qué tuvo que pasar, en un país que solía pensarse como excepcional y cuyo destino de grandeza creía garantizado, para que sus trabajadores y sus jóvenes sean enviados masivamente a los centros clandestinos de detención? Pero si la trama de La familia Argentina dialoga con las preguntas de la “transición democrática”,  también dialoga con el modo en que esa sociedad pretende desembarazarse rápidamente de las preguntas que, por otra parte, no cesan de irrumpir. Así, si la dinámica del conflicto familiar le permite a Carlos recordar el caso de un paciente que era militante del ERP –llegado al consultorio porque comenzó a tener sexo con su hermana justo en la noche previa a un operativo militar (¿Monte Chingolo?), al que finalmente llegó tarde-, esa dinámica pretende ser prontamente neutralizada por esos mismos personajes. “¿Qué le dijiste?” –pregunta Laura a su marido, en referencia al paciente. “Simplemente –responde él- que alguien con ese tipo de sexualidad no puede ser analizado”. La expulsión del conflicto –“abortá”, le pide Laura a su hija- es el reflejo que los personajes mantienen intacto a lo largo de la obra.
El hecho de que Carlos violase al interior de su familia la regla por la cual expulsa del consultorio al militante no sólo es índice de que lo que pasa en la familia ocurre también en la sociedad sino que también reproduce su comportamiento respecto a las reglas familiares: las avala sin querer ser alcanzado por sus efectos. No muy distinto del comportamiento de importantes sectores de nuestra sociedad respecto a la dictadura; consentimiento con el golpe sin hacerse cargo de los efectos que ello suponía: la tortura, el secuestro y la desaparición.
Esa doble moral es atribuida en la obra a un sector específico de la sociedad argentina: nuestra clase media. Pero no se trata de una clase media clerical ni tradicionalista, sino de una clase media profesional y presumiblemente progresista. Así, La Familia Argentina pone en cuestión a ese tipo de “familia”, cuyos integrantes son los mismos que pagan la entrada por ir a ver la obra. Por eso no queda claro si las risas extendidas en el público son producto del patetismo de algunas escenas, o de la incomodidad que genera ese ambiente tan “familiar”.
Hecha no para producir identificación sino para instalar un cuestionamiento, La Familia Argentina exhibe a través de una historia familiar el itinerario de una clase social que se comporta en tiempos democráticos reproduciendo patrones propios de los años de la dictadura. Con una dirección perfecta, donde los silencios, las palabras y los movimientos duran exactamente lo que demanda la obra; y con actuaciones que van a fondo representando a personajes que no van a fondo, la obra de Ure impacta, en términos arltianos, como un cross en la mandíbula. (Agencia Paco Urondo)