Cultura //// 09.06.2019
Game of Thrones: reflexiones sobre el final menos deseado

"GOT es un antes y un después. No sólo por las escenas, los personajes, el despliegue, la recepción de la audiencia, el récord de premios Emmys y la complejidad del mundo creado, sino porque también nos ha puesto a discutir nociones complejas en el campo de la producción audiovisual". Por Francisco Hernández Piotti.

Por Francisco Hernández Piotti

 

Fue durante el cuarto capítulo de la última temporada. Ahí sentí dispararse por primera vez la alarma. Hasta ese entonces, Game of Thrones había sido para mí un universo perfecto, con una mística intacta, que me mantenía esperando con ansias que llegase cada domingo para convertir la transmisión del episodio en el mejor ritual posible. Pero supongo que en algún momento todo lo inmenso tiene que caer por su propio peso.
A una historia bien narrada la tienen que llevar adelante los personajes. No puede ser la trama quien los mueva a ellos, y menos a los empujones. Dicho de otra manera, una buena historia se narra sola, producto del accionar coherente de sus protagonistas; cuando se hacen evidentes las decisiones del guionista, es porque algo está fallando. La injerencia externa, con volantazos que nada tienen que ver con el devenir orgánico del relato, hace que la trama pierda verosimilitud y fluidez. Y en el cuarto capítulo, "The Last of the Starks", hay una escena a partir de la cual esta modalidad toma las riendas definitivamente.

Tras la fiesta de celebración por el triunfo contra el ejército de los muertos, se reúnen los líderes del bando "bueno" para determinar los pasos a seguir. En ese momento, haciendo caso omiso al consejo de Sansa, Daenerys decide que ese mismo día el ejército debe aprontarse para partir hacia Desembarco del Rey a pelear la guerra contra Cersei. Fue entonces cuando sentí al relato caer bruscamente desde el Olimpo al barro más mundano. Nadie, nadie, pero nadie en el universo Game of Thrones, por más ambición de poder que tenga, podría tomar una decisión como esa. Después de acabar la batalla más ardua de sus vidas, para la cual habían viajado durante días y trabajado a contrarreloj para fortalecer las defensas del castillo, más la noche de alcohol, la resaca post victoria y el dolor por los seres queridos muertos en combate, es imposible exigirles a las tropas empacar sus cosas para marchar otros quince días a pie en un invierno arrollador a fin de llegar y pelear otra guerra. No es verosímil. Y no estoy diciendo que la existencia de dragones y muertos vivos lo sea; hablo de credibilidad en términos diegéticos. Qué es posible y qué no dentro del mundo ficcional construido. En Game of Thrones puede haber dragones, pero no puede dejar de existir el cansancio. En esa escena no era Daenerys Targaryen dando una orden, sino los guionistas escondidos detrás del personaje, pidiendo una licencia porque se quedaban sin tiempo. Ese hecho instaló una certeza en la audiencia: ya no había margen para las pausas y los devenires a los que la serie nos tenía acostumbrados, había que amontonar toda la acción restante en los últimos tres capítulos, porque se había firmado que la última temporada contaría con tan sólo seis de ellos. A partir de ahí, la debacle.
Mi intención con este análisis no es tirar al tacho la que es, para mi gusto, la más emocionante serie de todos los tiempos (transmitida en vivo y en directo por miles de bares alrededor del planeta como si fuese un Mundial de fútbol, ¿recuerdan algún precedente así en la historia de la televisión moderna?). Mi objetivo es más bien reflexionar sobre la enseñanza que Game of Thrones puede dejarnos a quienes nos consideramos hacedores y/o consumidores de ficción. He aquí un dato de color: HBO les había propuesto a David Benioff y D.B. Weiss, guionistas de la serie, rodar la temporada final en diez capítulos, pero ellos, por motivos dudosos, desistieron y prefirieron terminarla en seis. Una resolución curiosa, puesto que hasta las dos últimas (la séptima tuvo siete), todas las temporadas anteriores venían contando con diez capítulos cada una. Tras algunos indicios que nos ha dejado el documental “The Last Watch”, emitido en directo por HBO el pasado domingo, podemos interpretar que el motivo fundamental que motivó a los realizadores a terminarla antes fue el cansancio. En ese caso, conociendo las cifras de recaudación por los derechos televisivos, habría que investigar por qué HBO y las productoras asociadas no dispusieron de los medios necesarios para resolver ese problema, ya sea incrementando el personal o mejorando la remuneración por las horas trabajadas. Como sea: si nos ponemos a analizar la serie en su totalidad, podemos encontrar incoherencias respecto a los minutos en pantalla de algunos sucesos narrados como, por ejemplo, el viaje a pie de Brianne y Jaimie. Si tenemos en cuenta que al final todo el aprendizaje y el vínculo entre ambos personajes serviría para la más mismísima nada, la travesía podría haberse relatado en un sólo capítulo y usar los miles de episodios invertidos en ello para construir un final decente. Pero no. Entonces debemos hablar del factor fundamental, en mi opinión, de cualquier composición artística: el tiempo.

En el final de Game of Thrones no es problema el qué. Genial si Daenerys Targaryen se vuelve "mala", o si Jon Snow termina nuevamente en la Guardia de la Noche, o si tirás a la basura toda la evolución de Jaimie Lannister para hacerlo retroceder a cero, o si Bran el Roto se convierte en Rey de Westeros. Mientras haya argumentos convincentes y la narración te vaya llevando a una resolución como esa, está perfecto. El problema es el cómo. Si no hay un devenir, si los sucesos no están respirados, si los hechos no decantan por sí solos, todo queda impregnado de olor a impacto barato y a efectismo de telenovela. Ese tipo de sorpresas inesperadas son la fórmula más sencilla para golpear al espectador, porque lo agarra con los pantalones bajos, como Tyrion cuando asesina a su padre mientras defeca. Por supuesto que Game of Thrones nos supo dejar cabeza abajo en temporadas anteriores dando giros violentos o asesinando protagonistas de manera repentina. Pero en esos momentos, lejos de sabernos engañados, sentíamos que los hechos encajaban perfecto; o bien porque el accionar de los personajes los hacía merecedores de esa suerte, o bien porque los indicios sembrados en los capítulos previos nos llevaban justificadamente a eso. En los plot twists del final, sin embargo, jamás se invita al espectador a participar de los acontecimientos; más bien se le eyacula en la cara una catarata de golpes bajos, justificados luego con diálogos banales y tirados de los pelos para hacerlos encajar a la fuerza. Si el objetivo es hacer un arte generoso con la audiencia (y no hablo de complacencia barata, sino de sana complicidad), se necesita tiempo. Una obra tiene que tener vida propia: respirar, fluir, decantar. La creación es más inteligente que las partes implicadas en ella. El gran compositor es quien le habilita a la obra los caminos necesarios para que brille, no quien la dirige caprichosamente hacia donde él quiere.

La humanidad está al borde de la sobredosis. Somos una especie incapaz de hacer silencio, de escuchar y de respetar procesos. La era de lo instantáneo nos lleva cada vez más al acelere, al frenesí insaciable, a arruinar proyectos hermosos por no respetarles el tiempo. Benioff y Weiss parecían ser la excepción. Pero no. Terminaron como el jugador de fútbol que gambeteó a todo el equipo contrario, eludió al arquero y, con el arco vacío, se apuró y la tiró afuera. Game of Thrones pudo haber sido una serie perfecta. Era una metáfora de la humanidad turbulenta y visceral, pero elevada por su despliegue poético: los escenarios, la musicalización, los efectos especiales, las actuaciones, la sensibilidad de los personajes, la complejidad de la trama y el timing (muy rupturista para lo que nos tenía acostumbrados el mainstream), le dan a la serie un alto vuelo cinematográfico. Pero, tras el arrebato del final, se tiñó de un gris mundano, que refleja que aún con todos los recursos a disposición, los humanos seguimos siendo capaces de traicionar nuestra propia belleza.

De todos modos, prefiero terminar este análisis quedándome con lo positivo. A pesar del final, sigo sosteniendo que Game of Thrones es un antes y un después en la historia de la creación humana. No sólo por las escenas, los personajes, el despliegue, la recepción de la audiencia, el record de premios Emmys y la complejidad del mundo creado, sino porque también nos ha puesto a discutir nociones complejas en el campo de la producción audiovisual: los paradigmas compositivos de la televisión versus el cine; la influencia de estos sobre el imaginario popular; las condiciones de la ficción como práctica ritual; la problemática del lucro en relación a lo sensible y lo poético, entre infinidad de otras cosas. En definitiva, y obedeciéndole a Jorge Drexler cuando nos propone "amar la trama más que el descenlace", hay que decir que el formato pantalla de Juego de Tronos ha llegado a su fin, dejándonos con un nostálgico vacío.
¿Podremos salir adelante? Seguramente. Si seguimos vivos es porque hemos sobrevivido a todos los finales.