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Cultura //// 07.05.2017
Freud y la literatura, por Abelardo Castillo

Castillo analiza “la incapacidad esencial del psicoanálisis para llegar al centro del hecho poético”. Sin embargo, reconoce que después de Freud la literatura no se lee igual. 

Por Abelardo Castillo*

El delirio y los sueños en la “Gradiva”, de Sigmund Freud, suele ser el texto más visitado por los psicoanalistas que aspiran a develar los enigmas de la creación literaria, pero, en opinión, es el que mejor demuestra la incapacidad esencial del psicoanálisis para llegar al centro del hecho poético.

Psicoanalíticamente hablando, el propósito de Freud es fascinante, y hasta monumental. Va a analizar no ya la neurosis y la cura de un personaje de novela, sino los sueños de ese personaje: sueños inventados por Jensen. Vale decir, unos sueños no soñados por nadie. Si la creación poética es, como sin duda lo es, una operación espiritual análoga al soñar, el sueño del personaje de una novela es algo así como un sueño a la segunda potencia, “un sueño dentro de un sueño”, para emplear palabras de Poe. El análisis psicoanalítico de esa doble ilusión, de esa ilusión y su eco, es sin duda un propósito formidable. Freud no sólo lo acomete, sino que lo cumple. En el análisis de la Gradiva de Jensen no queda un resquicio. Todo resulta como si la historia de Zoe y Norberto; el disparatado, aunque posible, encuentro en Pompeya; la neurosis, la cura y hasta el casamiento final de estos dos acontecidos muchachos, fueran (son palabras de Freud) “la perfecta exposición de un caso psiquiátrico”. Lo único que se oculta al análisis freudiano es el valor de la Gradiva. Y al decir “valor” quiero decir su escaso, su casi nulo valor. Freud insiste demasiadas veces en que esta ficción es bella, es poética, es sorprendente; pero no se puede leer Gradiva sin sentir que, literariamente hablando, no hablando psicoanalíticamente o psiquiátricamente, hablando como debe hablarse de un objeto poético, la historia de Jensen es inverosímil. La realidad de una ficción poética sucede, como la realidad de los sueños, en un universo paralelo del que llamamos real, un universo que se rige por sus propias leyes y se ordena según su propio código. Y acá termina todo lo que la literatra y el sueño tienen en común. Donde empieza lo formal, lo diurno, empieza la verdad del arte. La Gradiva no es más creíble porque valga como exposición de un caso psiquiátrico, ni resulta inverosímil porque abunden en ella los elementos fantásticos. Mucho más patológica e imposible es La divina comedia, y nadie duda de su verdad poética, ni siquiera de su realidad. La Gradiva es poéticamente informe.

Se dirá que Freud no se propone un análisis literario, sino, precisamente, psicoanalítico. Precisamente.

Freud, tengo la impresión, se inclina a confundir la importancia literaria de un texto de ficción con su valor como testimonio psicoanalítico, lo cual, en último análisis, es exactamente lo mismo que juzgarlo por su contenido político o pedagógico. Esta sospecha se confirma cuando miramos su dictamen sobre Dostoievski. “Por lo que al poeta se refiere – escribe Freud no hay lugar a dudas … [Dostoievski] tiene su puesto poco después de Shakespeare. Los hermanos Karamázov es la novela más acabada que jamás se haya escrito. Por desgracia, el análisis tiene que rendir sus armas ante el problema del poeta” (Dostoievski y el parricidio). Dejo de lado ese modo adverbial, ese “por desgracia”, que podría figurar honrosamente en un ensayo freudiano sobre los adverbios fallidos; me limito a la opinión vehemente y taxativa de que Los hermanos Karamásov es la novela más acabada que jamás se haya escrito. No parece malicioso suponer que este juicio está contaminado por uno de los temas más evidentes de la novela, el parricidio. Los hermanos Karamásov, sin duda alguna, es una de las grandes novelas que se han escrito, pero seguramente no es la más acabada que se haya escrito jamás. Ni siquiera es la novela más acabada de Dostoievski, ni, en rigor, está acabada en sentido alguno.  Los hermanos Karamásov es la primera parte de una obra mucho más vasta, que interrumpió la muerte. Y si se piensa en Guerra y paz, de Tolstoi, o en el ciclo de La comedia humana, de Balzac, puede sospecharse que, al juzgarla, Freud no la mira desde la literatura, sino desde el psicoanálisis. Sin contar con que el giro “que jamás se haya escrito” tiene el inconveniente de abolir, por lo menos, a Gargantua y Pantagruel y a Don Quijote.

¿Cuál es entonces el legado estético de Freud, cómo se manifiesta su presencia en el arte y la literatura contemporáneos?

Con leer Totem y tabú, El malestar en la cultura, El porvenir de una ilusión, Dostoievski y el parricidio, los dos análisis de los recuerdos infantiles de Goethe y Leonardo, Una neurosis demoníaca en el siglo XVII, El poeta y la fantasía, El Moisés de Miguel Ángel, o esa prodigiosa obra de imaginación que es su “novela” sobre la novela Gradiva, con leer cualquiera de estos trabajos y sin necesidad de ir a sus textos fundamentales, se puede tener una idea aproximada del tamaño literario de este escritor y curador de almas.

Pero hay algo más, que es mucho más. Sin la palabra de Sigmund Freud sería casi inimaginable nuestro mundo espiritual. A partir de él, como a partir de Marx, ya no hay poesía impune. Freud ha modificado el presente y el pasado del arte. Enunciado el psicoanálisis, Hamlet asesinará infinitamente a su madre no sólo por vengar a su padre sino por celos y por amor; Electra y Orestes serán un poco más o un poco menos que hermanos; don Juan Tenorio ya ha comenzado a buscar no sólo mujeres, sino a su madre o a esa otra gran madre que es la protoforma fáustica; acaso, a Dios. Madame Bovary no es, ahora, sólo el yo de Flaubert, Madame Bovary soy yo mismo y ustedes, y sus sueños femeninos son también nuestros sueños. Odiseo, Eneas y Dante bajan y bajan al Infierno y vuelven de allá con algo distinto de lo que decían buscar.

* Texto incluido en Ser Escritor.