Cultura //// 20.08.2016
Exilios #1: Plaza Sant Felip Neri

Con esta nota inauguramos la columna quincenal del poeta Alberto Szpunberg.

Por Alberto Szpunberg
Sé cómo llegar, no se preocupen, pero siempre es a ciegas, como el primer día. Hay que subir por la callecita del Bisbe Irurita, que bordea la Catedral de Barcelona, y doblar a la derecha, justo por donde más huele a rancio, a velas mal apagadas, a confesionarios nunca redimidos, y hay que avanzar por ese pasaje donde uno extiende los brazos para mantener separadas las paredes aquejadas de gravedad, y así, sin perderse en el laberinto de algún grafiti, sortear la meada del último yonqui, y dejarse llevar por el empedrado que rueda desde hace siglos hacia el final, ahí, ahí, donde de pronto se ensancha un portal que da al mundo, y ciega la luz, no la luz sino el murmullo, no el murmullo sino el silencio, el parloteo del agua que brota siempre de la misma fuente a la que siempre vuelve, en el centro de la plaza, rodeada en círculo por altos muros, apenas techada por unos árboles que aún creen en el cielo y por eso crecen más alto que la iglesia, aunque nunca cubrirán el muro donde todavía se ven las marcas de los disparos, que antes de rasgar la piedra rasgaron la carne, y antes que la carne el silencio, excepto ese muchacho que todas las tardes, de cuclillas, se cuela entero por el tubo del dejiridú, tan grave su sonido pero incorpóreo como un hilo de aire que aún sangra ... "Todas esas muescas en la pared son los fusilamientos", me señala. Y es cierto, sigue siendo cierto: yo llegué a la plaza Sant Felip Neri en junio de 1977, desde una Buenos Aires que sangraba, y en el espejo de esa fuente, en el reflejo tembloroso de un rostro entre las lágrimas, descubrí lo que ahora ya sé y nunca olvidé ni olvidaré jamás. La pila que contiene el agua es un gesto inútil: la transparencia horada la piedra, incluso la del gesto más duro y desesperado. Por eso no hay otro lugar donde el silencio hable tan claro como en este desgarro que se reitera. ¿Escuchan? Estamos llegando. Esas son las campanas que doblan, y ya sabemos por quién, pero qué importa: en algún rincón del mundo, hoy es siempre todavía.