Cultura //// 30.12.2018
Entre lo no dicho y la ausencia

Una reseña de Franco Dall' Oste sobre el libro "Un perro en la puerta de la casa velatoria" de María Soledad Fernández.

Por Franco Dall' Oste

Gracias a diversas fuerzas del destino me llegó la oportunidad de hacer la crónica de la presentación de la novela “Un perro en la puerta de la casa velatoria”, de María Soledad Fernandez, que fuera una de las obras ganadoras del 2° Premio Bernardo Kordon de Narrativa y, para ser sincero, una de las mejores novelas que leí este año. 

Soledad, que se recibió de médica y empezó a escribir hace 6 o 7 años, ya tenía cuatro libros publicados, sobre todo en ediciones de autor. Este libro, editado por Paisanita Editora, es una gran forma de cristalizar un trabajo escritural que -supongo- debe ser paciente y laborioso. ¿Por qué lo digo? Porque llegar a ese nivel de prosa me suena imposible sin trabajo, sin escribir todos los días y pulir una y otra vez la propia voz narrativa. Que Soledad me desmienta si no es así, pero en todo caso creo que, como dijo Edith Saenz en su presentación: “estamos ante una importante escritora”. 

¿De qué trata la novela? El título ya nos traslada a la escena inaugural: mirando un perro junto a la puerta de una casa velatoria. ¿Quién mira? Carolina, la protagonista y narradora. En un monólogo interno cargado de tensión, de opacidades y grietas, ella nos contará su tarde en el velorio de su padre. ¿De qué trata la novela? Coincido de nuevo con Edith: de lo no-dicho. Y quisiera ampliarlo: de la ausencia. 

Lo no dicho aparece desde un comienzo, en forma de un mensaje de texto: “Liberaron el cuerpo. El velatorio es en 54 y 18, a las 7. No llegues tarde”, y la narradora: “Mamá siempre tan dulce. No deja de aleccionarme ni siquiera en momentos como este”. Tensión. Tensión cargada de intriga, y todo construido sobre lo no dicho, sobre la ausencia. La ausencia del padre -una ausencia que se repetía en vida, pero que ahora se convierte en definitiva-, la ausencia de la madre, que no viene, que no llega; la ausencia de una causa de muerte (“ayer estaba bien”); la ausencia de lo que no fue, de que se ausentó de forma violenta, o lo que no se dijo ni se dirá. Hay una cortina que oculta, como un teatro, lo que pasa por detrás: Soledad juega con eso, nos esconde información, deja que los actores y escenógrafos pasen por detrás, manejando los hilos desde la oscuridad. 

Muchísimas cosas no sabremos, porque a su vez estamos en la mente de Carolina: desde allí intentaremos acceder a los personajes que la rodean, que la violentan, los culpables, los verdugos. Pero de todos, la madre es la espada de damocles que pende siempre sobre cualquier decisión que pueda tomar la personaje. Si entrar o no entrar, si ser o no ser, si querer o no querer, o si abortar o no abortar. ¿Qué vida debería tener? Esa no es una decisión que la personaje pueda tomar, o al menos eso nos cuenta ella: la madre es la titiritera de sus fracasos y frustraciones.

¿Pero cómo tramar toda esta tensión estéticamente? Creo que quizás esto es lo que me terminó de convencer de mi primer argumento: que este texto tiene un trabajo de obrero, cada ladrillo, cada palabra, está puesta con cuidado y decisión. En este sentido quiero rescatar el ritmo: oraciones cortas. Y punto. Incluso puntos. Arbitrarios. La autora nos va metiendo en esa mente neurótica, en su respiración misma, ¿cómo? Con puntos. Y los puntos mismos nos dicen que algo está mal, o al menos que hay mucho por detrás del velo del discurso: “Ese olor me despierta y me doy cuenta de que el perro está ahí. Observándome con atención”. 

Sí, la novela trata de la ausencia, pero también de la presencia: de la estructura, del patriarcado y los mandatos sociales. Y a pesar de estar dentro de la mente de Carolina, que todo el tiempo intentará destruir y culpar a su hermana y su madre, y de resignarse al silencio de su padre, el velo empieza a tener grietas. Vemos, a través del lenguaje, como si espiaramos a través de una pared rota, y nos damos cuenta que del otro lado también hay personajes carnales, seres violentados y estructuras que ascienden generacionalmente. Desde la abuela, la tía, el padre, la madre, hasta ella y su hermana, los mandatos y violencias patriarcales descienden como una tradición. Entonces uno logra humanizar a todas ellas, ver algo más, detrás del discurso de la misma Carolina. 

A veces pienso la literatura (ya sé que no soy el único) como la magia: una performance superficial que oculta, trama, las verdaderas lógicas para lograr un efecto en alguien que lee. Y cuando leo una novela como esta, siento que cada parte, cada engranaje, está predispuesto a lograr el efecto: el lenguaje, el ritmo, la construcción de los personajes, del narrador, incluso la brevedad de la novela en contraste con la extensión del título, todo juega un rol en la construcción de significatividad. ¿Y a qué lleva todo esto? A un final que me hizo lagrimear en medio del tren Roca. Lograr eso, lograr una experiencia corporal en el lector, además de existencial, me parece el logro máximo de cualquier escritor o escritora.