Cultura //// 02.09.2018
El fin del apocalipsis

"Ernesto Sábato fue, sin embargo, el adalid de la despolitización de la sociedad. Promotor del relativismo y profeta de una tragedia generalizada de la que no podíamos escapar.Incurrió en esa ingenuidad un tanto perversa de anteponer lo intelectual a lo real". Por Elías Alejandro Fernández.

Por Elías Alejandro Fernández

 

Ernesto Sábato fue el ideólogo de una generación. Alguien que representó una visión del mundo trágica en la que la esperanza era el único aliciente a un final apocalíptico que la humanidad viviría a causa de sus propias fuerzas ocultas. Esta filosofía, tan permeable al fin de las ideologías, ya no tiene cabida.

Ernesto Sábato nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, en 1911 y falleció en 2011 a dos meses de cumplir los cien años. Fue no solo el escritor de “El Túnel”, “Sobre Héroes y Tumbas” (considerada por muchos una de las obras más importantes de la literatura argentina) y “Abbadón, el exterminador”, trilogía que lo ubicó entre los clásicos del siglo XX, sino también de ensayos como “Uno y el universo”, “Hombres y engranajes” y “El escritor y sus fantasmas”, los que acompañados con su participación activa en los medios de comunicación, lo llevaron a ser el intelectual insignia de una época en la que el país ensayaba sus intentos democráticos tras décadas de alternancia con las fuerzas armadas.

Sábato fue, sin embargo, el adalid de la despolitización de la sociedad. Promotor del relativismo y profeta de una tragedia generalizada de la que no podíamos escapar. Incurrió en esa ingenuidad un tanto perversa de anteponer lo intelectual a lo real. La belleza del horror sobre la lucha por el bienestar. La iniciativa masificadora por sobre la acción verdaderamente transformadora. Luego de haber transitado como intelectual prestigioso tres de las dictaduras argentinas, cayendo siempre de pie durante todas ellas y, en ocasiones, justificando su existencia o tratando su accionar con una reprobación laxa y condescendiente, Sábato abrazó a las víctimas de una violencia que acabó justificando –según él- sin juzgarlos en la teoría de los dos demonios.

A su muerte, el diario El País de España lo trató como a "el último clásico de las letras argentinas", “la conciencia política contra la dictadura”, un “pesimista comprometido” que había trascendido las letras para ubicarse en el movimiento que protegería la democracia, mientras que algunos, como el historiador Osvaldo Bayer, lo denunciaron como un hipócrita, apologeta de los horrores de la dictadura que promocionó el mundial 78’ y transitó la última dictadura con una actitud de condescendencia reprobadora, criticando a Videla como si se tratase de un chico que hace travesuras.

Es que Sábato fue, sobre todo, la marca de una época en la que el apocalipsis sería una consecuencia lógica de un presente que había vivido el horror y reflexionaba sobre él. El discepolismo afirma que el mundo fue y será una porquería en el quinientos diez y en el dos mil también, cierra las puertas a la transformación y devuelve una suerte de “dignidad” moral a la persona “común”, que sobrevive por el caminito de en medio entre ladrones y corruptos. Ernesto Sábato se sube a esta sintonía y encara la estetización de la decrepitud humana, tal como parecen remitir sus pesadillezcas pinturas.

El escritor pregonaba un humanismo existencialista con olor a cristianismo que atacaba el progreso tecnológico y la ciencia racionalista por considerarla el factor que deshumanizaría para siempre a la especie. Mientras ejercía de voz disidente en los años del Menemismo, alertaba de un apocalipsis de corte mucho más espiritual que las miserias y exclusiones cada vez más numerosas que se vivían en el país. Una actitud similar se le reprocha (ocasionalmente como si fuera un dato anecdótico) cuando se recuerda la entrevista que tuvo con el presidente de facto Jorge Rafael Videla junto a Jorge Luis Borges, Horacio Esteban Ratti y el padre Leonardo Castellani, quien fue el único que hizo referencia a la desaparición del escritor Haroldo Conti. Sábato salió de la reunión afirmando que “Hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuo. En ningún momento el diálogo descendió a la polémica literaria o ideológica. Tampoco incurrimos en el pecado de caer en la banalidad. Cada uno de nosotros vertió, sin vacilaciones, su concepción personal de los temas abordados “.

Las contradicciones e hipocresías de su figura no pueden desmerecer una obra literaria considerada por muchos impecable, con relatos de un existencialismo sórdido y fuertísimas alegorías sobre el poder y la maldad. Pero su concepción del mundo tambalea en nuestros días por las mismas razones que ya no nos bastan las tiras de Mafalda para explicar el mundo: hemos sobrevivido a la muerte de las ideologías. Que no estaban muertas, sino tomando impulso.

Si bien el estallido de los relatos es cada vez más profundo, el fin de la era Sábato puede darse gracias y en contra del posmodernismo. La muerte de las ideologías no fue tal, sino más bien un paréntesis que no las devolvió con la potencia axiomática que habían tenido hasta la caída del muro, sino que preparó el terreno para un avance involuntario de propuestas críticas de la realidad. El término “populismo” deja de tener esa connotación negativa que lo asocia al engaño de las masas a favor de un perverso líder carismático -como pudiera denunciar alguien como Sábato- y vira hacia la reivindicación de los derechos e identidades del pueblo. Solapadas por el neoliberalismo de los 90’ y el regreso de los gobiernos populares de principios de siglo, las ideologías se reformulan todavía minuto a minuto en las redes sociales, se mueven hacia el futuro como la ola de un tsunami, imperceptible en el océano hasta último momento, cuando al fin arrasan con todo lo que hasta el momento había permanecido de pie. Que no tiene otra opción más que reconstruirse.

Acercarnos a nuestras complejidades es lo que nos permite desmitificar esa construcción de personajes tan plana, heredera (irónicamente) del existencialismo francés al que Sábato se encarama cuando decide apartarse de la ciencia. Ni siquiera la frialdad de la femme fatale se acepta ya tan plana e idealizada, como en las villanas de los años 60'. Nuestra generación busca dejar de demonizar (y por ende admirar) a las Alejandras y dejar de palmearles el hombro a los pobres Martines. Las familias que pierden una hija no salen en TV afirmando que dios protege a la niña, sino que son conscientes del nivel de violencia que existe, y no toman la violencia hacia la mujer como una anécdota de telediario.

Como intelectual orgánico, Sábato representa una idealización del mundo más ingenua y apocalíptica, con un fin que estaba siempre a mano y la aniquilación como único destino lógico del futuro. Más que un profeta del armaggedón, estaríamos frente a un ermitaño asustado de su propia visión del mundo. Un eterno pesimista, que incluso en las entrevistas que se le hacían a modo de homenaje admitía ser una persona triste y se declaraba “un mal esposo” mientras su histórica esposa, Matilde, asentía en cámara a pocos metros de él con sonrisa displicente como la gran mujer que estaba detrás del gran hombre. Un comunista desencantado por el Stalinismo que se definió como “anarquista cristiano” en sus últimos años, consolidando una moral del granito de arena que aún perdura en el sentido común y en plataformas como Change.org, en ciertas ONG’s o en la resignación civil frente a las injusticias del poder, que deja a la población congraciándose en su propia bondad y la dignidad de “no haberse metido jamás en política”, dando al César lo que es del César.

Mal que mal, el mundo tomó un giro hacia la politización. En la época que responde al posmodernismo, y con el advenimiento de los neopopulismos (en el recuperado sentido positivo de la palabra), el zeitgeist tiene algo de sentido ideal y militante. Más allá de la falsedad relativizadora que denosta cualquier postura ideológica (siendo ella misma una), al pesimismo que Sábato acarreó durante su larga vida y que fue un síntoma más del desencanto de las ideologías (que no están muertas, sino tomando impulso) se le contrapone hoy una práctica del mundo que, como no puede ser alegre porque la realidad se le interpone, es sardónica. La generación de la parodia, el consumo irónico y la neocomedia negra. Todo repite, todo pasa por el tamiz de los memes. Y Sábato, como adalid denunciante de la muerte, es hoy un profeta del apocalipsis incumplido.

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