fbpx El artista maldito e incómodo | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Cultura //// 31.03.2019
El artista maldito e incómodo

"Es indudable que el artista no cumple el requisito hegemónico del estándar social impuesto. Ingresa a sus setenta años con la misma forma de encarar la vida y los ideales en alto. Su visceral antimacrismo se repite insistentemente, pero es obvio que va mucho más allá de la figura del actual presidente". Por Mariano Molina.

Por Mariano Molina

Aproximaciones

Hay que escribir sobre un artista popular, quizás el más importante de los que viven actualmente. Considero importante, entonces, dejar aviso que se van a expresar palabras y frases desde una experiencia significativa como es haber transitado el planeta redondo desde que el mínimo de edad lo permitió, lo que significa –al promediar la década de los cuarenta– que son las dos terceras partes de mi existencia. Una marca indeleble en las tantas vidas que atravesamos.

De este modo, meterse en los diálogos que propone “Recuerdos que mienten un poco” es aproximarse a detalles del largo transitar del Indio Solari y también recordar y reconocerse en la propia vida y la de innumerables amigo/as y compañera/os de ruta. A medida que el artista va relatando y describiendo experiencias, se presenta la vieja identificación, ya no en clave de idolatría, sino en esos motivos viscerales y razonados que nos permitieron empezar a caminar juntos en algún momento de nuestras biografías. Es probable que esas sensaciones no interpelen a quien sólo reconoce a la celebridad, lo que permitirá bucear de otro modo, seguramente también atrapante.

El libro propone un diálogo al que incorporarnos, con algo de esas conversaciones entre amigos y amigas que muchas veces son repetitivas y, en ocasiones, ya sabemos qué va a decir cada personaje en cuestión. Sin embargo, en las repeticiones nos acordamos de viejos debates y volvemos a las anécdotas, con frases ya leídas y diálogos inconclusos que van y vienen a lo largo de casi 900 páginas. Dentro de esa infinidad de caminos que se abren en el laberinto de la vida del Indio, es interesante rescatar la permanente capacidad para desmitificar al personaje que nunca se propuso ser una estrella de rock o algo similar. Indudablemente su camino estaba relacionado al arte por medio del dibujo, la poesía, la música o el cine, pero queda claro que la figura en que derivó su vida llegó casi de manera azarosa: “Me voy a ir sin entender qué pasó con mi vida, cómo es que terminé siendo el Indio Solari.”

Por otro lado, esta suerte de biografía tiene la virtud de mantener el espíritu que siempre ha identificado su trayectoria, alejado de la farándula y las superficialidades propias del género biográfico o lo que se espera de este. Si se describe una enorme cantidad de hechos desconocidos, casi siempre es en clave de la experiencia de vida y porque aporta un poco más a explicar el personaje y su historia. De este modo, se descubren las marcas del sufrimiento familiar a partir del golpe del año 55 por la identificación peronista del padre o el rescate de experiencias que ayudan a configurar el proyecto independiente, como la revaloración de MIA (Músicos Independientes Asociados) y de la familia Vitale. El acercamiento a militancias políticas, la incesante búsqueda de nuevas experiencias culturales, el reconocimiento a las amistades, la reivindicación permanente de que todo preso es político, la denuncia hacia la criminalización de la niñez y la adolescencia, y la constante bienvenida a entregarse a caminos desconocidos, son otras de las claves que se reconocen en el largo y diverso periplo Solari.

El artista se configura en una obstinación con la ruptura de las formas que la sociedad impone a partir de un sentido común conservador, las experimentaciones colectivas, los sueños de los años 60 y 70 en formato cultural o político; pero también en las múltiples formas de resistencia, búsquedas de refugios y creación espacios de autonomía, aún en las peores condiciones. La lucha contra el secuestro del estado de ánimo, es un sello inconfundible que se reafirma con cada relato.

Resultado de imagen para indio solari recuerdos que mienten un poco

La experiencia trascendente

El Indio atraviesa una cantidad inagotable de temas con decisión y sin esconderse. Uno de ellos es la relación con las drogas, donde tiene la osadía para poner el tema sobre la mesa con responsabilidad y sin demagogia. A veces intuyo que una mayoría de nuestra sociedad no se anima a hablar con tanta sinceridad o, directamente, niega la posibilidad del diálogo. La naturalidad con que se aborda el tema implica asumir su existencia, en clave de posibilitar el acceso a nuevas experiencias de vida y modos de comprender el mundo: “Las drogas tienen sentido en tanto responden a un contexto histórico, si las usás en busca de una experiencia trascendente, como hacían los antiguos cuando le formulaban una pregunta al oráculo. Son un estímulo válido, en tanto estás buscando una respuesta de la vida, de la naturaleza, de los amigos. Eso es lo esencial: no tanto el efecto químico, como lo que vos pretendes de esa experiencia”. Queda claro que no hay ningún culto del reviente o algo que se le parezca, sino una seriedad para atravesar diversos temas polémicos e incómodos que la sociedad no se anima a resolver desde hace tiempo.

La palabra descifrada

La poesía es la virtud artística por excelencia del Indio y se pone en juego a lo largo de toda su trayectoria. Durante años lo hemos escuchado afirmar lo innecesario de explicar las letras de sus canciones y en este libro lo repite. Pero a las pocas páginas, Figueras lo invita a realizar un repaso meticuloso por cada una de las canciones y el hombre acepta. De este modo, va descubriendo el velo a muchas de las canciones con palabras claves o frases a veces incompletas. Ir descifrando letras tiene un sabor raro. Es interesante y también una contradicción. Con esa dualidad a cuestas se transita gran parte del texto. ¿Se caen mis interpretaciones? ¿Se pierde la magia de lo que habíamos descubierto con amigos? ¿Está mal o bien? ¿Ganó en honestidad? Como es un gran gesto abrirse a algo de esa intimidad descifrada, debo admitir que no consigo una respuesta coherente.

Una comunidad

La irrupción de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota siempre ha sido mucho más que una simple propuesta musical. Desde los primeros instantes el mundo redondo se configuró alrededor de los encuentros en recitales y lo que cada una de estas convocatorias generaba en los cuerpos y los corazones. Tanto en la etapa previa a la salida del primer disco, como en el crecimiento de los años 80 y 90, la convocatoria a celebrar a Patricio Rey era un inédito espacio de libertad, reivindicación de luchas y cuidado del espíritu. Al rememorar cada uno de esos encuentros, podemos volver a recorrer los caminos comunes y reafirmar algunas decisiones de nuestras vidas. Junto al Indio muchas y muchos aprendimos a saber de qué lado estar y a reconocernos en infinidad de variadas situaciones.

En cada cita convocada se construía una comunidad y una experiencia libertaria. Ese hábito que va a continuar con el Indio en versión solista, contrarrestaba con las formas comerciales y cínicas del denominado mainstring del rock y la vida. A cada palabra que el Indio utiliza para rememorar las diversas trapisondas que sufrieron por armar un proyecto cultural independiente, vuelve en la memoria que ese proyecto -también- era sostenido por quienes no participaban del escenario, pero se sentían parte de la lucha. Porque es importante recordar que Los Redondos generaron ese fenómeno particular, donde desde abajo del escenario se empujaba a la banda a sostener las decisiones tomadas. En el barco de la independencia y la libertad se subían todas y todos, con exhortaciones mutuas a no claudicar. Por eso mismo se explica que el público peregrinaba por diversos lugares de la ciudad, el conurbano y el país, bancando situaciones y espacios muchas veces impropios de la cultura del rock oficial.

Y esa batalla llegaba hasta infinitos detalles. Un amigo me recuerda que, en el año 93, cuando entró al estadio de Huracán una enorme tela negra tapaba el cartel de Coca Cola de la publicidad estática: “ahí me di cuenta que esta era la banda que yo quería” rememora con emoción. En esos mínimos gestos no se destruía al capitalismo, pero se dejaba en claro la disidencia, el resguardo de la identidad y la constitución de una forma humana de socialización, en medio de un mundo cada vez más cooptado por las corporaciones.

Meterse de lleno en el largo viaje del libro es encontrarse con las preguntas y las respuestas que nos unieron a la largo del tiempo y reafirmarse en esas peleas que vuelven a reivindicar las palabras del Indio. Entonces, para quienes transitamos algo de esa experiencia es imposible no conmoverse en muchos tramos del diálogo, porque se vuelve presente el deseo de seguir compartiendo y viviendo esos espacios de libertad indescriptible que significaron los recitales redondos en años de mucha podredumbre y también de fiesta en tiempos de una bonanza más equitativa, ya con el Indio en versión solari.

 

Resultado de imagen para indio solari recuerdos que mienten un pocoHacerse cargo del dolor

Las tramas profundas de la vida del Indio se entienden a partir de la existencia de relaciones de cariño, incluso cuando sus letras griten sobre injusticias sociales y contra las violencias de las distintas formas del poder. De este modo, el Indio se muestra como un romántico exasperado, intolerante ante la difamación, con un sentido del honor que vale la pena atender y la permanente negativa a negociar con la traición. Todo esto, acompañado con humor, ironía y voluntad de disfrute.

Es indudable que el artista no cumple el requisito hegemónico del estándar social impuesto. Ingresa a sus setenta años con la misma forma de encarar la vida y los ideales en alto. Su visceral antimacrismo se repite insistentemente, pero es obvio que va mucho más allá de la figura del actual presidente. En realidad, es una vieja forma conceptual del mundo que se expresa en un modo de pararse ante la vida. Y eso no deja de ser una molestia, en el momento que no cumple la condición de viejo conservador una vez que ha logrado tener cierto dinero y status, según la mirada tradicional. Su palabra y su presencia incomodan porque traen el recuerdo de muchos y muchas que han huido a otros modos de vida y los motivos por los cuales terminaron comprando el pack completo con todos los adicionales.

La emoción atrapa y la angustia se presenta. Hay algo de aquello que naturalmente no volverá, pero no hay nostalgia ni romanticismo. Al decir del Indio, la vida va imponiendo sus tiempos, a la vez que el espíritu te avisa que –quizás– lo mejor está por llegar. Entonces, hay un agradecimiento infinito a la vida y a los amigos que permitieron ser contemporáneos de un artista que transformó nuestra existencia de un modo inconmensurable. Dejarse arrastrar por las sensibilidades, animarse a estar atravesado por el cariño, identificarse con las luchas sociales, pelear permanentemente por la libertad y no negociar nunca el estado de ánimo, incluso en tiempos tan hostiles, son enseñanzas que nos hermanan. Ahí radica una búsqueda humana que viene desde muy lejos y que el Indio Solari logró contagiar desde los márgenes culturales y políticos de una sociedad que todavía parece no entender cómo sucedió lo que sucedió y sucede.

Finalmente, se van a encontrar con un libro honesto de un artista maldito. Y van a poder (re)descubrir un ser sensible que interpela con insistencia saber en qué lado de la vida cada uno se atreve a pararse, aún con los riesgos que implica esas decisiones. Una persona que te interroga sobre el principio del placer, la posibilidad de abrirse a experiencias conmovedoras y creyendo que hay que hacerse cargo del dolor de los demás, cómo se pueda. Todas preguntas cruciales para la existencia, todas respuestas necesarias e imprescindibles que llevan la vida. Esa potencia lo convierte en la referencia ineludible para una generación que tuvo la fortuna de conmoverse a partir de sus propuestas artísticas y que se encuentra eternamente agradecida por esa experiencia.