Cultura //// 24.02.2019
Deportivo Piglia

La puesta trabaja la continuidad como una laberinto onírico que pareciera no tener fin, pero que resulta altamente atrapante. Archivo Piglia de Ricardo Bartís es una suerte de feria espontánea recorrida por un público ambulatorio que puede, o no, detenerse en los diversos micro escenarios donde la acción se desarrolla en forma ininterrumpida.

Por Juan Cruz Guido y Jorge Hardmeier

Invitados, nos acercamos al Sportivo Teatral, en Thames al 1700. Pleno Palermo. El Sportivo es el espacio de experimentación, entrenamiento y producción teatral que Ricardo Bartís comanda hace más de tres décadas. En la vereda la gente habla, departe, se saluda. ¿Comenzó el encuentro? Un tipo habla con diversas personas. ¿Actúa? Se abren las puertas, nos saludan, ¿ha comenzado la obra? No sabemos pero aparentemente sí y entonces la diferenciación público – actores / actrices comienza a ser desmoronada. Ingresamos en la Feria del Teatro de Piglia. No hay escenario convencional, las tablas sobre donde los elencos suelen desarrollar la obra. Ni tampoco está presente el sector de butacas donde los espectadores suelen sentarse a contemplar la obra para rematar con los debidos aplausos finales. Nada de eso. La puesta es una suerte de feria espontánea recorrida por un público ambulatorio que puede, o no, detenerse en los diversos puestos, micro escenarios donde la acción se desarrolla en forma ininterrumpida, variando el texto seguramente, pues los actores dialogan con el público, intercambian opiniones, los interrogan, se interrogan, discuten. La división actor (“estrella”) y público (“sujeto contemplante”) ha sido derribada. La actuación de cada actor se torna personalizada para el público que ha detenido su marcha. El mismo director de la obra deambula entre los diversos puestos.

Los textos de Piglia interrogan al escuchante, pero por asociación libre del espectador, pueden resonar otros autores, seguramente porque Piglia era un gran lector. Resuenan Burroughs, literatura argentina, las lecturas políticas y, según la opinión de este espectador, principalmente, Macedonio Fernández – eje de esa gran novela de Ricardo Piglia que es “La ciudad ausente”-.  Esta puesta teatral es el paralelo al Museo de la Novela de la Eterna. Podríamos decir que es una suerte de Museo de Textos de Piglia teatralizados, un Museo del Teatro inacabable, que podría proseguir en forma infinita, como los diversos prólogos de la novela de Macedonio.

Artaud sobrevuela también la obra: el uso del espacio, la escenografía – que desmitifica la importancia sobrevaluada de la economía en la misma – el teatro “pobre” y la idea de que cada escena es única e irrepetible (“El teatro y su doble”).

            Hay parentescos con el fútbol, asociación que Bartis, el entrenados de este Sportivo, ha estudiado: cada jugador – actor ocupa un espacio pero a la vez, en cierto momento, debe improvisar y apelar a su talento, la relación con el público, el manejo de los objetos (en el caso del futbol la pelota, en el caso de Archivo Piglia los objetos de cada actor/actriz manipula) y el sentido lúdico de la tarea.

La puesta trabaja la continuidad como una laberinto onírico que pareciera no tener fin, pero que resulta altamente atrapante. ¿Hace cuánto tiempo convencional nos encontramos en esta feria? ¿Y los actores? El corte abrupto final nos devuelve a la “realidad”. Despertamos. Volvemos a donde empezamos. Thames 1700. Calor sofocante de Buenos Aires en verano.