Cultura //// 02.12.2018
Ciudad blindada

Porque la ficción y la realidad no pueden dejar de pensarse como tensión de una construcción, presentamos "Ciudad blindada". Crónica literaria del G20, por Ramiro Gallardo. 

Por Ramiro Gallardo

 

Llegan los presidentes, el príncipe, las comitivas. Se hospedan en hoteles de lujo, disfrutan de los mejores caterings, pasean por la ciudad blindada en camionetas superpoderosas. Sus pares locales, chochos, prepararon todo para que los invitados se sientan cómodos, protegidos, relajados. Armaron zonas absolutamente invulnerables. Tienen experiencia, si de algo saben es de seguridad. Es que llevan casi dos años ensayando, probaron de todo: le dieron duro a maestros, estudiantes, mujeres, trabajadores, desalojaron grandes predios o pequeños hogares, persiguieron a tiro limpio a malvivientes, metieron a militantes tras las rejas, quemaron droga, deportaron a extranjeros. No se les escapa una. Son grosos.

Pero algo sale mal: dos chorros intentan afanarle a un diplomático canadiense. Este, indignado, advierte en su cuenta de Twitter que visiting journos beware: Just survived with minor injuries a mugging at the corner of Lavalle and Madero avenues — very close to where the shuttles will leave for the G20 summit. No security in sight.

En Casa Rosada bufan de lo lindo y todos corren de acá para allá buscando culpables o proponiendo planes alternativos. Como son un gran equipo no tardan en descubrir fisuras en el procedimiento original. Reconocen que se equivocaron. Los invitados los miran de reojo. El que usa peluquín hipster mete miedo. Para tranquilizarlo, lo llevan de paseo por la ciudad. Le muestran los mejores edificios, la Avenida de Mayo, el Palacio de la Papa Frita y el del Congreso, con tanta mala leche que justo cuando estaban por entrar al recinto del Senado a ver el fresco del Dios del Comercio, aparece la señora de la limpieza que salía del trastero, disimulado en una falsa columna. Sobresalto. La ponen contra la pared y le incautan el lampazo. Sofocado el posible acto terrorista, queda en jaque una vez más el plan maestro de la seguridad. Interrogan al encargado de mantenimiento, quien confiesa que el edificio está repleto de nichos falsos, puertas disimuladas, decorados que ocultan espacios desconocidos. “Hay que anularlos”, propone alguien. “Una idea brillante” afirma algún otro y, sin perder un instante –porque en eficiencia no les gana nadie–, ponen manos a la obra y destruyen nichos, pequeños recintos, bajo-escaleras y absolutamente todo lugar que resulte tentador para una célula terrorista. Desde la plaza se observa cómo el edificio cae a pedazos. Por suerte, a su arquitecto lo mataron hace más de cien años, una trágica historia mezcla de amores, cuernos e inmigrantes bajados del barco.

El episodio del lampazo enciende aún más la alerta.

Alguien se da cuenta de que ahí nomás, cerquita de la Rosada, un sinvergüenza cavó túneles, muchísimos túneles por los que podrían infiltrarse como hormigas los terroristas. No hay tiempo para trazar un mapa y bloquear las posibles entradas, se trata de una madriguera con demasiados vericuetos. Lo más sensato es dinamitarla, no pierden el tiempo. Al hacerlo, no calculan el vacío subterráneo que generan las explosiones, de manera tal que la Manzana de las Luces se hunde entera, incluyendo al Colegio del Nacional Buenos Aires.

“Excelente, dos pájaros de un tiro”, se felicitan. Van a dormir tranquilos, pero la noche es amiga de caras sospechosas, secretos de esquina, reuniones clandestinas de anarquistas, vándalos que atentan contra la paz y la civilización. Atentos a estos alborotadores que pululan amparados en la sombra, descubren el faro del edificio del Pasaje Barolo, encendido, dando vueltas alumbrando quién sabe qué, transmitiendo algún código secreto.

Envían un tanque.

Pero el faro está muy alto y el vehículo blindado no logra apuntar con precisión. Ayudándose con unos volquetes que encuentran por ahí logran ponerlo casi a noventa grados, pero por más que encorve al máximo sus ruedas de oruga no logra dar en el blanco. Dispara sin pausa durante horas hasta que por fin, cuando amanece, el faro se apaga. El edificio se conserva aún en pie, no así las construcciones vecinas de varias cuadras a la redonda, transformadas en montañas de escombros. Resiste, empero, la bóveda destinada a Dante en el subsuelo del Barolo: “todavía podemos traerlo”, comenta un funcionario de alto rango, orgulloso de su cultura y conocimiento de los mitos urbanos.

Pero no todo es alegría en este amanecer agitado: los episodios mencionados han levantado demasiado polvo. De yapa, un temblor agita Buenos Aires. No es demasiado intenso, pero alcanza y sobra para desparramar la polvareda. No se puede respirar y la visibilidad se vuelve prácticamente nula. Esto último altera las mentes cavilosas de los popes de la seguridad, que están en todo. No se les escapa ningún detalle. “Aspiradoras”, proponen, y salen a la calle. Aspiran y aspiran hasta hincharse como globos de colores. Flotan por el cielo de la ciudad, sonrientes. Desde allí pueden verlo todo. Nos protegen.