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Cultura //// 09.02.2020
Cine de la memoria: La casa de Argüello

La semana pasada se estrenó el documental La casa de Arguello en el Cine Gaumont, estará unos pocos días más en cartelera. No queríamos dejar de compartir nuestras impresiones e invitarlos a verla. Un cine que sigue apostando a la búsqueda por la memoria, la verdad y la justicia. Por Miguel Martinez Naón.

Por Miguel Martinez Naón

 

“Casa paloma caída

en la noche de la sinrazón

de temblor, de pájaros

y de llanto de niños” (Nelly Ruiz)

 

Para hablar de esta película hay que contar una historia, hija de muchas historias. Para encontrar la punta del ovillo hay que comenzar hablando de cuatro mujeres, atravesadas por la historia de una familia, y de un país.

Nelly Ruiz, la bisabuela, nació en Santiago del Estero en 1922, fue poeta y cantora de bagualas. Se hizo maestra y junto a su compañero (un militante peronista, de la acción cristiana) se radicaron en Córdoba y tuvieron once hijos. La mayoría de ellos fueron militantes, algunos cayeron presos durante la dictadura de Onganía y fueron liberados en el 73 gracias a la amnistía dictada por el presidente Héctor Cámpora.

En la convulsión de esos años y ante la primera etapa del terrorismo de estado durante el gobierno de Isabel Perón y el accionar de los primeros grupos de tareas (la triple A) su hijo Sebastián fue secuestrado y desaparecido junto a su compañera Diana Triay, y Pablo fue asesinado en el Operativo Independencia. La casa donde vivían (en Arguello) fue dinamitada. Otro de sus hijos (el padre de Valentina, la directora) partió exiliado rumbo a México.

Con toda esta información Valentina Llorens decide viajar rumbo a la casa de su abuela para indagar acerca de su historia familiar. Ella misma lo define como “un impulso, una necesidad”. Esto sucede en el año 2000 en Córdoba, y desde ese entonces hasta el 2017 Valentina no abandonará su cámara y sus anhelos por sumar claridad a esta dolorosa trama familiar.

Este camino emprendido por ella se va constituyendo en un relato semejante a la itinerancia y la pasión que constituye a diario la vida de los hijos e hijas de los militantes diezmados por el terrorismo de estado en su búsqueda por la verdad.

Valentina es una joven que ha regresado del exilio en Suecia y en México y que sin proponérselo va hilvanando los recuerdos de una abuela que, desde su cotidianeidad, sus versos y sus cantares regresa al territorio dinamitado, allí donde los genocidas hicieron pedazos el hogar; allí donde sus hijos crecieron y luego tuvieron que huir. Nunca está de más recordar que quiénes cometieron estos crímenes se amparaban en la iglesia asesinando en este caso a sus semejantes, a militantes de la acción cristiana.

Cuenta Nelly que en Santiago del Estero, en su pueblo natal, hay un pajarito, el crespín, que no se deja ver: “llora pero no se deja ver”.

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En el año 2012 el Equipo de antropología forense reconoce los restos de Sebastián y Diana encontrados a orillas del río Matanza, y estos son exhumados y entregados a la familia. Dice Nelly, frente al juez Danil Rafecas: “Lloro con un ojo y con el otro río doctor, porque dios me está bendiciendo” Huesos armados en forma de humanos, sobre una mesa. Esto es lo que vemos a continuación.

Fátima, la madre de Valentina, aparece por primera vez en pantalla acompañando la ceremonia del entierro junto al resto de los familiares y amigos. Ella hablará después, tendrá extensos y resistidos diálogos con la hija, donde revelará aspectos familiares y situaciones brutales en su tránsito por la cárcel y el destierro.

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La cuarta mujer es la hija de Valentina, Frida, una niña nacida en el transcurso de este ilimitado rompecabezas.

La película nos concede la posibilidad de celebrar este reencuentro familiar, y aplaudir el ímpetu de Valentina por salir a filmar (aparentemente sin ton ni son) a una abuela que guarda en su memoria toda nuestra memoria como pueblo, y que en algún momento de su vida se vio obligada a visitar todas las cárceles del país visitando a sus hijos y cantando, aunque se lo prohibieran. Esto podría alentar tal vez a más de un espectador para salir con su cámara en busca de su verdad, pero a la vez exige de nuestra parte, como espectadores, volver a abrir los ojos sobre estos campos dinamitados donde antes había un hogar, una familia en plena existencia y en amplia dedicación por la paz y la solidaridad. Esos jóvenes (que hoy serían padres, madres, abuelos) fueron arrastrados a la muerte, uno por uno. Los hijos de Fierro cuyos hijos hoy ya son mayores que ellos desde el momento que los secuestraron, les negaron la posibilidad de llegar a viejos y vivir con sus nietos, como lo hace Nelly con Frida, abrazadas en esos mismos campos donde ayer solo hubo muerte.

Los responsables ya sabemos quienes son. Fue Lopez Rega, fue Videla, pero también fueron los Macri, y toda la iglesia cómplice que se ocupó en primera persona de delatar a todo militante cristiano que se enfrentara a la oligarquía y al club de la picana.

Ellos dinamitaron nuestra casa, nuestro país, encarcelaron a nuestros viejos y los obligaron al exilio.

Ellos son los que niegan hoy que haya 30 mil desaparecidos, y quieren hacerle creer al pueblo que nuestros reclamos y nuestras películas son un curro. Ellos son los que tomaron deuda con el FMI y hambrearon a nuestros niños. La abuela Nelly mira a la cámara y dice: al fin todo lo que vale tiene su costo, su costo humano. La película está montada sobre un material filmado en bruto durante años, es una experiencia muy bien lograda desde el punto de vista del montaje.

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Tal vez el espectador puede sentirse parte de este viaje, sumarse aunque sea un ratito a esa comunión familiar, tal como se refleja en la escena donde despiden los cuerpos de Fernando y Diana, donde cantan “las golondrinas”:

“Cuando se acorten mis días junto a mi sombra

Y mi alma traiga sangrando el atardecer

Yo levantaré mis ojos pidiendo al cielo

Volverte a ver, volverte a ver…”

 

Vayan a verla.

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