Cultura //// 02.05.2011
Carta abierta a Casullo y Prividera, por J. Ciucci

Capital Federal (Agencia Paco Urondo) En el primer número de la revista En Ciernes ( http://enciernesepistolarias.
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De todo eso, sale ahora esta carta, que empiezo a escribir, como respuesta a esas cartas, a esa posibilidad de repensar hoy nuestra memoria.
 
Nicolás y Mariana:
 
Les escribo a los dos, sin saber si será solamente esta carta lo que compartan. Creo que no, que en el marco de lo que escriben (y viven) esta presente también la militancia de sus padres, un pasado que los une. Quería escribir una lectura critica de lo que dicen, y elijo hacerlo también en carta abierta, para poner en este gesto mi cuota de responsabilidad. El genero epistolar nos involucra de un modo más tajante con nuestras palabras.
 
Sus cartas no están juntas en la revista en que han sido publicadas, pero me llevan a pensar en lo mismo. El pasado reciente de la militancia de los ’70 esta ahí como tema, que luego retoma otros posibles destinos. Nicolás aborda la cuestión del recuerdo critico de la experiencia pasada, la posibilidad de quitarlos del museo para profundizar nuestra relación con esos espectros que nos acosan. No juzgar a los muertos, pero si “al espectro que desató la Tragedia”. Y ahí empiezan a molestarme sus palabras. Hay un lugar filial que permite decir ciertas cosas sin tener que pedir permiso a nadie. Madres, Abuelas, Familiares, Hijos: todos han formado esta conciencia social que tanto tarda en aparecer, en  sentir que el genocidio nos toca a todos. Pero quienes tan cerca están del horror pueden, parece, permitirse una relación más lacerante con ese pasado.
 
Tu película M, tus opiniones en periódicos y esta carta siguen ese devenir. Me molesta esa postura, me disgusta tu película, tu carta. Soy un setentista: nací en el ’80, mis viejos no militaron, ni tenían una visión demasiado positiva de los militantes (ahora ha cambiado su mirada, y no solamente en ellos). Quizás por eso en el enfrentamiento generacional, se arraigó en mí desde chico un interés profundo por esa década cercana y lejana a la vez; por ese tiempo de plomo, de cuentos tristes y extraños a la vuelta de la esquina. Mis lecturas, mi formación política pasó por recuperar personas, historias, memorias. Pero siempre como homenaje, reivindicación, alegría. Tengo presente al 25 de Mayo del ´73 mucho más que al 24 de marzo del ´76. Aunque todo es parte de lo mismo, hay una decisión política en donde uno acciona la memoria. Y no por fanatismos, ni por cargar con el espectro de los ausentes. Y vos, Nicolás, creo que para intentar desacralizar la memoria (algo que comparto), al mismo tiempo la terminas despolitizando. Porque siento tus criticas y lecturas demasiado post-modernas (y vos decís esto en alguna parte de la carta, no se si de vos o de otros), y entiendo que sea ese el sino de nuestra época. Pero no permite comprender lo que pasó y lo que pasa, en quienes decidimos continuar el relato trágico de una idea de progreso y revolución. Preguntas en tu carta: “¿Realmente creyeron poder dominar el cuerpo del peronismo inyectándole su sangre? ¿Realmente imaginaron que solo podríamos verlos como mártires o héroes?”. Y la respuesta es necesariamente afirmativa, no solo en ellos sino en nosotros. Y no es nostalgia, sino entender que una lucha nos atraviesa y reencarna en nuevas almas. Porque los padres de los padres de los padres continúan esta senda. Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria. ¿Son tus padres quienes comienzan este derrotero, o tus abuelos en una plaza bombardeada? ¿O los abuelos de tus abuelos, peleando en las luchas de liberación de la patria? ¿Hay algún camino nuevo que abrieron los ´70, o no fue más (y nunca menos) que intentar la segunda independencia?
 
También creo erróneo separar a Rodolfo Walsh de Victoria Walsh. Ella no siguió una lucha “de él”, y hasta es difícil saber si esa militancia no tuvo que ver con ella (podemos pensar también en el caso de Rodolfo Puiggros). Decís “esa hija que podría haber sido nuestra hermana, pero que se convirtió en el espectro del padre”. Es un juicio agraviante para semejante combatiente. Por eso este ejemplo que trabajas complejiza la línea padre-hijo en cuanto a los ideales y las luchas revolucionarias. ¿Qué generación puede atribuirse el derecho de la batalla?
 
Decís que la memoria o esta estancada en los museos, o es repetida de un modo acrítico. Citando a Marx sobre el pasado que tomamos prestado para pensar el hoy, decís: “como si nos hablara también del presente, frente a los poseídos imberbes que se cantan a sí mismos como “la gloriosa JP””. Y seguís con Marx, que dice que esas resurrecciones de los muertos sirven para glorificar las nuevas luchas, para exagerar en la fantasía la misión trazada, para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución. Pero (te parece) que no es ésta, no el peronismo, ni los imberbes de “la gloriosa JP”. Ni la de tantos que ni siquiera se asomaron al peronismo. El desastre montonero creo que nubla tu interpretación histórica, cayendo a veces en una liviana falta de respeto. Estos “poseídos imberbes” saben que el pasado tiene vistas del futuro, y no quedan congelados ni adheridos a él. Por suerte va siendo vieja esta historia, cierta parte de justicia va permitiendo que nuestros muertos no sean solo memoria, sino también acción política. Y no es tu generación ni la mía (si es que son distintas) las que lo hacen. Y creo por eso que suenan viejas  estas memorias. Y no por vos, ni por otros (o quizás por todos); sino justamente por la Historia que nos atraviesa, y a veces nos supera. Esa Historia que somos todos, este proceso histórico que esta en ciernes.
 
Y siguiendo esta lógica es que también encuentro viejas tus preguntas, Mariana. De una generación que no es la actual, que (creo) esta logrando recuperar ese pasado sin tus/nuestras dudas. Preguntas “¿Como asumir nosotros, nuestra generación, la responsabilidad de comprometernos con las escrituras de la memoria de los setenta sin ser considerados (o considerarnos) meros espectadores inocentes, ajenos, enjuiciadores e incluso, a veces, despolitizadamente académicos?” Son las dudas que arrastramos quienes nos acercamos a esa década, quizás ensimismados por la herencia. Discurrís sobre la cuestión del  legado, vos, participe de una herencia cercana y profunda. Compartís con Nicolás la cercanía de las ideas en carne filial; sus padres encarnando lo que para un (otro) nosotros es ideología. La pregunta vuelve a ser: ¿que tienen de distinto los ´70? ¿Que construcción hay que aun parece ser que estamos tan lejos? La muerte, esas y otras, no solo le pertenecen a los setenta. ¿Podemos ser espectadores inocentes de la Historia que aun se vive? ¿Es que el genocidio ha quebrado nuestro lazo con el pasado? ¿No estamos unidos a los bombardeados en la plaza, a los fusilados en Suárez o en la patagonia, a los muertos de las montoneras federales, o los de la semana trágica?
 
Nuevamente aparece esta sensación de post-modernia, post-historia. “¿Cómo “intervenir” con nuestra voz -formada básicamente bajo el “Nunca Más”- en una polémica motorizada por voces testigos militantes, por voces protagonistas?”, te volves a preguntar. Esta autoconciencia desplegada nos habla de tu hiriente inquisición, un volver sobre la no-sutura. En esto es todo viejo lo que decimos, porque el Nunca Más ya no representa a nadie, más allá de los que quieran enquistar la memoria. Hoy la ESMA parece ser memoria abierta, institución que se aleja del relato bienpensante radical; de esa mentirosa primavera de los dos demonios (hoy con Sabato muerto, autor responsable de aquel prologo endemoniado). “¿Dónde debe pararse nuestra generación que intenta pensar lo que no perdió pero imita y bordea y demora la pregunta por el sentido de esas palabras perdidas?” Creo que es en este ahora, en esta generación, donde debe pararse. ¿A quien le interesa nuestras perdidas, nuestras dudas, nuestras lecturas de esa generación? Supongo que solo a nosotros, que estamos ahora claramente entre dos momentos trascendentales de esta reciente historia. Y eso nos quedó viejo, se hizo viejo hace 5 años. Decís muy bien: “¿No es en cierto modo ése el camino (fotos, documentales, novelas, ensayos...) que nosotros fuimos siguiendo para acercarnos a esa época trágica de nuestra historia reciente?” Y podemos pensar en M, justamente de Prividera. Y en el 2007 conmovió un tanto el avispero memorial. Pero hoy, ya es viejo ese discurso. Aun si no ha logrado recuperar esa memoria critica nuestra generación, las próximas parecen haber superado esos momentos del dolor. ¿O es que solo fue trágica esa época? Volvemos a la gloriosa JP, que no son sus muertos, sino la vida que han hecho.
 
Y como decía antes, en este setentismo que me formó, reconozco ahora como viejo todo esto que discurrimos. Un tanto por la (parcial) justicia que estamos logrando. Por la sociabilización del legado político de los ´70. Por el reconocimiento que han alcanzado Madres, Abuelas, Familiares e Hijos. Por las discusiones de futuro que no paran de aparecer. Por la distancia histórica que ya podemos tener. Creo que no es tiempo ya de proteger esa memoria; parece estar abierta y expuesta al futuro que despierta.
 
Sus cartas me inquietaron, comparto alguna idea pero discrepo en ciertas líneas que intente explicitar. No sé si les interesara lo que tenia para decirles; no quise tampoco ofenderlos o trivializar lo que escribieron. Vuelvo a que creo que ya es pasado irredento todo esto. ¿A quien le interesan los ’90? ¿Alguien lee hoy la otra década infame, esa de los ’30? Sí, podemos decir, para seguir las discusiones contra los que quieren volver, pero ¿que luz encontramos en esos años? Si ni siquiera tuvimos una FORJA, ¿vale volver tan sólo para pelear con los dinosaurios? Somos una generación en entredichos, y como tal podemos ser puente uniendo ese pasado y este futuro, sin los lastres de lo que fue nuestro presente. (Agencia Paco Urondo)