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Cultura //// 30.06.2019
Apuntes del regreso

La vuelta a la Argentina en 2004 inaugura una etapa prolífica de discos, ideas y actuaciones en vivo. Lejos de volver “con la frente marchita”, Juan Cedrón se quedó en Buenos Aires para compartir su música y su usina inagotable de música y poesía. Un paneo (incompleto, claro) por los últimos 15 años.

Por Mariana Fossati

 

Varias generaciones lo supieron una leyenda: el apasionado relato de sus padres, un disco dando vueltas y vueltas en el Winco, un CD de tapa roja donde Tuñón contaba las maravillas que luego él iba a cantar. Para los argentinos, el Tata Cedrón en París se volvió mito, recuerdo emocionado, poema de Juan Gelman hecho melodía. Fueron 30 los años de su exilio, casi media vida. Volvió, con pasaje de regreso, en 1984 para tocar con el Cuarteto en Obras Sanitarias y luego cada año para dar conciertos, pero en 2004 el Tata se convirtió en un vecino de Boedo. Y ahí nomás se puso a musicalizar a Homero Manzi y nos regaló “Palabras sin importancia”, con música suya sobre un poema que le acercara Acho Manzi. A los pocos días, en el Bar Tuñón, saludó diciendo “Aquí estoy de vuelta, país” y estrenó ese tango fatal que lo unía al vate de “Sur”:

“Escúchame, al pasar, indiferente

Como se escucha el ruido en la distancia,

Olvida las palabras que te cuente

Mis palabras no tienen importancia”.

 

¿Qué habrán sentido esos primeros testigos de la vuelta? Un público de jóvenes y veteranos conmovidos al unísono asistió a la noche fundacional en la que el Tata se quedaba, no estaba de visita, no tenía que volver, no había compromiso que lo anudara a París; había decidido quedarse en este país del que nunca se había ido. Y porque su canto y su guitarra siempre remitieron a la Argentina es que el exilio de 1974 fue una partida a medias, su emoción y su voz se quedaron cerca del Río de la Plata: con Tuñón y Olivari, en las palabras lunfas del Malevo Muñóz, en la cantata a los fusilados en Trelew con la que les contaba a los parisinos en versos de Gelman la atrocidad política argentina. Ya hace 15 años que el Tata volvió a formar parte de la geografía porteña y con él su forma de concebir el arte: indiferente a los mandatos comerciales, con una estética apegada a la poesía y la cultura nacional y siempre con otros: en yunta cómplice, haciendo tribu con aquellos que cinchan para el mismo lado.

Recién llegado, en 2005, editó el disco “Piove en San Telmo”, en el que musicalizó poesías lunfardas de Luis Alposta, Carlos de la Púa, Dante A. Linyera y Nacho Wisky. Retomaba así una de sus pasiones primeras: antes de que Rivero empezara a trabajar en su discazo “En Lunfardo”, el Tata musicalizó los poemas “Bandera baja” de Carlos de la Púa y “Ella se reía” de Cadícamo, que son -juntos, uno recitado y el otro cantado- el surco que inaugura el LP “Gotán”, la placa de 1967 del Trío Cedrón (el Tata, Praino y Stroscio).

Y como en el mundo cedroniano la poética tiene un parnaso bien definido, el segundo trabajo del Tata luego del exilio fue Orejitas perfumadas: una obra teatral musical, con la posterior edición de un disco, con letras del poeta Mario Paoletti que rescatan personajes e historias de la literatura de Roberto Arlt. El autor de Los siete locos forma parte de la vida del Tata desde su adolescencia, cuando vivía en Mar del Plata -en Camet exactamente-, a sus 15 años compartía esa pasión en largos debates con otro arltiano: su amigo desde aquellos días, Ricardo Piglia.

La producción artística de Cedrón puede parecer un eterno ir y venir entre ciertos mundos: la Buenos Aires de los ´30 y ´40 y sus habitantes, la poesía de los años ´60 y ´70, el universo cortazariano, el sonido de la típica, los payadores, la música de la orilla y el campo, lo canyengue, la política argentina, el lunfardo. Pero lo que hay en esta obra extensísima, inagotable y en constante crecimiento es un concepto estético y ético que no transa con modas ni tiliguerías. El Cuarteto Cedrón fue concebido por fuera del sonido piazzolleano imperante de los ´60, transitó unas cuantas modificaciones -de cantidad de integrantes o instrumentos- pero siempre resistiendo inalterable el paso del tiempo: un disco de este año mantiene el mismo sabor, aroma y corazón de aquellos primeros de los 60. La voz del Tata pasa de década adquiriendo más profundidad y fuerza, su expresividad es la de la juventud, pero se ha asentado y emociona casi a traición, cuando menos se lo espera.

Como una precoz celebración del regreso a la Argentina, La Chicana había grabado en el disco Un giro extraño (del año 2000) “Polka de la tarjeta de cartón”, uno de los poemas de Tuñón musicalizados por el Tata. Más tarde, en 2008 Jana Purita grabó el recién estrenado Orejitas perfumadas. Ese mismo año Lidia Borda encaró un bellísimo trabajo integral sobre la obra cedroniana: Ramito de Cedrón, otra voz femenina vino a demostrar que se pueden hacer propias esas canciones que de a ratos parecen tener un sello de autor tan indeleble que cuesta imaginarlas de otro modo. El regreso del Tata a la Argentina lo rodeó de aquellos que lo habían esperado tanto tiempo: artistas tangueros de las nuevas generaciones estaban decididos a recuperar el tiempo perdido y el público joven también.

En 2008 se sumaron a Palabras sin importancia otros poemas inéditos de Manzi que el Tata musicalizó en el disco Frisón, frisón, doblete para el sonoro nombre de ese caballo de trabajo, de porte imponente y estructura fortachona. Jura haber sentido orgullo y miedo por la gran responsabilidad que puso en sus manos Acho, el único hijo de Homero y gran amigo de Cedrón. En 1997 el Tata y Acho habían hecho juntos el disco Para que vos y yo, editado en Francia y Argentina, un cancionero entrañable que imagina un país verde y sentencia “la caja boba te pone al día” o propone “sacate el zapatón ponete el corazón”; y te hace entrar en una especie de lisergia criolla.

Como si fuera una usina inagotable de música y proyectos, el Tata sacó en 2009 un disco doble que incluye “Godino” –trabajo de sonido crudo y reo donde musicaliza a poetas como Luis Alposta con su canción de cuna al Petiso orejudo, Paco Urondo, Julio Huasi, Evaristo Carriego y Tuñon- y Corazón de piel afuera –canciones bucólicas y descarnadas en las que se mete de lleno en la obra del poeta desaparecido Miguel Ángel Bustos-.

Mientras tanto, ya instalado en Villa del Parque, el cantor repatriado revitalizó su mística en la verdulería de Cuenca y Álvarez Jonte. El lugar donde iba a hacer la compra diaria se convirtió en el teatro de sus conciertos: los días feriados al mediodía se armaba la milonga de los vecinos, se prendía el fuego para los choris, caían a recalar músicos y cantores y, por supuesto, tocaba el Cuarteto.

En 2013 fue reeditado el concierto del Cuarteto Cedrón de 1988 en el Olympia de París, con clásicos y tangos propios, es uno de los infaltables en la discoteca cedroniana. Las demás causas se llama el disco de 2015 en el que el Tata musicaliza a su hermana Rosita: poeta, ilustradora, sensible desde siempre y, hasta el momento, la menos conocida de esa familia de artistas. La música de la placa lleva al Tata a su infancia en Camet, cuando aquello era campo, sol de noche, andar en alpargatas y tiempo para aprender canciones que grabó en Velay. Música de tierra adentro (también de 2015): piezas elegidas del folklore argentino tamizadas por Cedrón, como “Juro amarte” de su amigo Jaime Torres o “Nostalgias tucumanas” de Yupanqui. Es un disco doble que viene junto a “Mojarrita porá. La música amontonada del mundo”, en el mismo tono pero con poemas musicalizados de Tuñón, Luis de Camoes –poeta del Siglo XVI-, Antonia García Castro o Carlos de la Púa, que se amontonan junto a clásicos como “El cachapecero” de Ramón Ayala o “La cachila” de Arolas.

Los discos y la música en vivo son dos constantes de estos últimos años. El 2016 fue especialmente movido: comenzó con un espectáculo que la compañía de Andrea Castelli y el Cuarteto Cedrón pusieron en escena, Arrabal salvaje, donde parte de la obra del Tata fue bailada. La milonga siguió con El puchero misterioso, espectáculo y kermese de nombre tuñonezco que compartieron con La Musaranga, una compañía de autómatas -esos muñecos y figuras que se mueven dándole vuelta a una manivela- que rodeó al Tata de marionetas, colores y fantasías. Ese mismo año, junto a la agrupación La Lija, una populosa orquesta, repusieron en Buenos Aires, después de décadas, “La cantata del gallo cantor”: la obra de 1972 con poesía de Gelman y música del Tata en homenaje a los asesinados en la Masacre de Trelew. En 2018, rodeado de libros, fotos, afiches y el recuerdo de sus hermanos, motorizó el ciclo de actuaciones en vivo Repatriación del Cuarteto, que se convirtió también en una excusa para celebrar la reedición de su obra discográfica completa (publicada por Lucio Alfiz), una producción vastísima que vio la luz en Europa y aquí durante 4 décadas y que finalmente puede escucharse en su totalidad en CD.

El año pasado Cedrón terminó de trabajar en otro proyecto que lo tenía fascinado desde hace tiempo: la musicalización de varios poemas de Héctor Pedro Blomberg. El autor de La pulpera de Santa Lucía, que creara en la década del 30 junto a Enrique Maciel el cancionero federal basado en un rescate de historias del rosismo, era un viajero intrépido y esa atmósfera portuaria y trashumante que lo hermana con Raúl González Tuñón está reflejada en su poética. El disco se llama Jamaica Marú, el nombre de uno de los tantos barcos que pueblan esas canciones.

Ahora mismo, el Tata anda musicalizando al poeta pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz y al olvidado Nicolás Olivari, contemporáneo de Raúl González Tuñón, cuyas obras sólo se consiguen en viejas ediciones. ¿Qué hubiera pasado si Olivari hubiese tenido la suerte de encontrarse con un Tata Cedrón, como le pasó a Tuñón? A veces me pregunto cuánto conoceríamos del poeta de “La calle del agujero en la media” si el Tata no lo hubiese ido a buscar, grabado las charlas que tenían, musicalizado sus canciones y editado el disco Cuarteto Cedrón canta a Raúl González Tuñón. Imagino la respuesta y escapando a la tentación soberbia de escribirla, me limito a agradecerle a Juan Cedrón porque las reediciones de la obra del poeta que quería ponerle gatillo a la luna llegan hasta nuestros días.

Las guías para conocer de primera mano el presente y la historia del Tata son el libro de la socióloga Antonia García Castro: Tango y Quimera, editado por Corregidor en 2010, y la propia voz de Cedrón, que cada viernes a las 21 –desde hace años- tiene su espacio en Radio Nacional Folklórica, allí se puede escuchar una selección de grabaciones del Cuarteto de la mano de su creador.

Hoy el Cuarteto Cedrón tiene cinco integrantes: el Tata en guitarra y voz, el histórico Miguel Praino –inseparable desde los comienzos- en viola, Josefina García en cello, Daniel Frascolli en guitarra y acordeón y Julio Coviello en bandoneón. Ir a ver al Cuarteto es llegar a un refugio: saber que la emoción puede estar encerrada en la botella de cerveza del pescador de Schiltigheim, que vas a reírte con alguna ocurrencia del Tata, que estará Miguel Praino con su mirada nostálgica y el sonido único de su viola, que en un poema de Gelman podés caer en un abismo tanguero y melancólico para salir con “Los ladrones” de Tuñón y que te vas a sorprender con lo nuevo y con lo que llegará.